Opinión

La velocidad del cambio

Paz, la propietaria de la Perfumería Cibeles. Fotografía. Pablo de la Peña.

Esta columna es un homenaje al comercio tradicional que resiste como una luz encendida en mitad de la prisa, en especial a la perfumería La Cibeles, en la calle Concejo desde 1941. Y a Paz, su propietaria, que sigue custodiando detrás del mostrador no solo perfumes y jabones, sino también una manera cercana de entender el comercio.

Hay una edad extraña en la que uno deja de entrar en las tiendas y empieza a entrar en los recuerdos. Sucede sin aviso, como suceden las cosas importantes. Una mañana cualquiera atraviesas una calle y descubres que donde antes había una mercería ahora venden fundas de móvil; donde un zapatero rescataba las suelas de zapatos gastados hoy luce una franquicia idéntica a otras veinte, y donde una librería olía a papel, madera y conversación, ahora una cafetería de marca sirve cafés con nombres en italiano y oferta de WiFi gratuito.

Entonces ocurre algo todavía más desconcertante: empiezas a echar de menos comercios cuyos nombres creías olvidados para siempre. De repente recuerdas a Ultramarinos Enrique Prieto, a los Almacenes Jesús Rodríguez, a la Joyería Paulino, a la La Feria o a Siro-Gay…

Ahí comprendes que eres irremediablemente mayor.

No porque te duelan las rodillas o las caderas, sino porque comienzan a dolerte más otras ausencias diminutas. Esas pérdidas pequeñas que antes pasaban desapercibidas y que, un día, sin saber por qué, empiezan a rebrotar en la memoria como viejas canciones.

Uno descubre que tiene cierta edad cuando ya no habla de lo nuevo, sino de lo que hubo antes en cada esquina.

-Aquí estaba Summa, donde compraba los discos.
-Ahí estaba el Siglo XX donde mi madre compraba los cortes de tela para los trajes.
-En este local estaban los modernos Almacenes Olmedo.
-Aquí en Paulino revelaba los carretes de fotos.

Y lo más desconcertante es que los jóvenes ya no escuchan esos nombres con la misma mezcla de ternura y distancia con la que nosotros escuchábamos hablar a nuestros abuelos de los jardines de la Plaza Mayor, por ejemplo. Ellos viven en otro mundo que ya no es el nuestro.

Las ciudades también envejecen, aunque se empeñen en disfrazarse de modernas. El comercio de Salamanca, por ejemplo, empieza a parecerse peligrosamente al de cualquier otra ciudad. Uno camina por ciertas calles y ya no sabe bien si está aquí, en Valladolid o en el pasillo de un aeropuerto. Las mismas cafeterías de estética idéntica, las mismas tiendas donde todo parece pensado para gente muy joven, muy rápida y muy delgada, las mismas cadenas impersonales en las que nadie conoce a nadie y los dependientes cambian cada mes, donde es exactamente igual entrar en un local de Salamanca que en otro de cualquier ciudad del mundo.

Frente a eso, el pequeño comercio tenía algo imperfecto y profundamente humano. La dependienta sabía quién eras antes de que hablaras. El tendero preguntaba por tu madre. Había libreros capaces de recomendarte un libro solo con mirarte la cara y perfumerías como La Cibeles donde el tiempo parecía avanzar más despacio, como si aún quedara espacio para conversar sin mirar el reloj.

Aquellos negocios no vendían únicamente productos. Vendían confianza. Rutina. Cercanía. Construían una identidad invisible. Eran una manera silenciosa de pertenecer a un lugar.

Ahora compramos más rápido, más barato y seguramente con más comodidad. Pero también más solos. La modernidad posee esa habilidad extraordinaria para convencernos de que ganar velocidad compensa perder alma.

Y tampoco se trata de ponerse solemnes ni de convertir cada persiana bajada en un funeral. El tiempo transforma las ciudades igual que transforma a las personas. Es ley de vida. Lo verdaderamente extraño es otra cosa, es la velocidad con la que olvidamos. Porque al final no desaparece solo un comercio. Desaparece una manera de mirarse entre vecinos. Una memoria mínima compartida. Una conversación pequeña. Un tipo de humanidad que internet, por mucho que lo intente, todavía no ha conseguido reproducir del todo.

Quizá hacerse mayor consista precisamente en eso: en empezar a comprender que las ciudades no están hechas solo de piedra sino también de costumbres. Y que el día en que echas de menos una tienda que ya nadie recuerda, en realidad no estás pensando en el comercio.

Estás pensando en la vida que había alrededor de él. Estás pensando en tu propia vida.

Miguel Barrueco Ferrero, Médico y profesor universitario jubilado


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