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Opinión

El Mariscal Pardo de Cela

 

– Vamos a ver que nos revelan los humos mágicos sobre este personaje. ¿Cómo dices que se llama?

 

Y al esparcir unos polvos sobre aquel braserillo salieron de él unos vapores rojizos, que pronto produjeron el efecto buscado:

– ¡Veamos! Sí… ¡Aquí viene…! Pedro Pardo de Cela, tuvo el título de Mariscal de Castilla. Sí… Este título era, por entonces, cuando mandaban los Reyes Isabel y Fernando, que se lo otorgaron, e incluso antes, el de lugarteniente del Condestable, pero desde el emperador Carlos vino a llamarse Maestre de Campo; hoy sería algo así como Jefe del Estado Mayor.

«En tiempos de don Enrique, el Doliente, hubo una gran revuelta en Galicia, la de los Irmandiños, en la que este personaje se limitó a engrandecer su patrimonio a costa de unos y de otros, en parte debido a su matrimonio con doña Isabel de Castro, hija del primer conde de Lemos y prima del obispo de Mondoñedo, que la cedió su patrimonio como dote.

 «Fue un hombre de fuerte carácter, que se granjeaba muchos enemigos, sobre todo entre el alto clero. Al morir el rey doliente tomó partido por doña Juana, pero cambió de bando cuando vio su causa torcida. Con el reinado de los Reyes Católicos se enseñoreó del Valadouro, desmandándose con algunas fechorías en el cobro de impuestos y otros abusos. El clero de Mondoñedo le reclamó los bienes que había tomado del anterior obispo, su familiar, declarando guerra abierta al Mariscal. Para poner orden en la región los Reyes enviaron una partida de la Santa Hermandad que tuvo que asediar los castillos de la Frouxeira y de Castro de Oro.

«Estando en este último el Mariscal optó por rendirse en condiciones favorables para él, pero no se cumplieron debido a la presión del obispo de Mondoñedo, consiguiendo que lo sentenciaran a muerte por traición a la Reina.

«Y aquí viene la parte de su historia que le hizo famoso, pues hasta aquí su vida fue un reflejo de lo que hicieron muchos nobles gallegos; como consecuencia, por orden de los Reyes fueron demolidos los castillos opuestos a la Santa Hermandad, incluyendo el de la Frouxeira.

«El caso es que en la Plaza Mayor de Mondoñedo, delante de la catedral, se levantó un vistoso cadalso para que todo el mundo pudiese ver la justicia de la Hermandad y del Obispo.

«Pero mientras, durante el juicio, doña Isabel de Castro había ido a la itinerante corte y consiguió el perdón por escrito de la gran Reina Isabel. A toda prisa volvió a Mondoñedo, llegando a vislumbrar la villa mindoniense sin saber que en esa misma mañana ejecutarían a su esposo.

«Pero sus enemigos estaban preparados y la entretuvieron con problemas burocráticos en el puente de Ruzos.

«Hasta que –¡de pronto!– sonaron las campanas de la catedral, tocando a muerto. ¡La sentencia se había cumplido! Desde entonces aquel lugar se llamó « Ponte do Pasatempo«.

«Y dicen que cuando la cabeza del Mariscal cayó al suelo, cercenada por el hacha del verdugo, aún tuvo fuerzas para decir «Credo, credo, credo…»

«Y esa es la historia que nos dicen lo humos… ¿Qué te ha parecido?

– Pues muy interesante… Pero no hacía falta todo esta pantomima de los humos… ¡Que soy perro viejo en estos asuntos y supongo que todo este saber lo guardas en tu prodigiosa memoria! ¡A que sí!

– Ya veo que a ti no es fácil engañarte y no lo volveré a intentar. ¿En qué más te puedo ayudar?

– ¿Qué sabes del yelmo del Mariscal?

– ¿Del yelmo? ¡De eso no tengo ni idea!

– ¿Y conoces a alguien que pueda informarme?

– Déjame pensar… Sí… Cerca de Mondoñedo hay una bruja –meigas las llaman por allá— que seguramente podrá orientarte. Se llama… Lucinda. ¡Dile que vas de mi parte!

Una vez satisfecha su curiosidad, Catorcena pagó a Rosamunda con su trabajo. En un santiamén le llenó el establo de leña para el invierno y le arregló todos los desperfectos de la vivienda. Y mientras Pepiño se reponía, salió de caza y volvió con unos cuantos conejos y también alguna perdiz, que la vieja curandera supo cocinar primorosamente. Y al calor de la sobremesa nocturna, Catorcena la preguntó:

Rosamunda, tú  que eres una persona tan inteligente y que seguramente habrás viajado mucho… ¿qué opinas de eso que me han contado, de que el lago inundó un poblado y que, a veces, se oyen las campanas sumergidas de su iglesia, anunciando desgracias?

– Pues mira, Catorcena, te voy a dar mi opinión, que no he dicho nunca a mis vecinos ni a nadie. ¡Yo no creo que haya habido nunca tal pueblo, ni una inundación milagrosa debida a la intervención de un ente vengativo…!

– Y entonces… ¿cómo crees que se ha formado el lago?

– Escucha y aprende. Todo lago se forma por una barrera que retiene sus aguas e impide que las de un río sigan normalmente su cauce. Habrás visto que la barrera de este lago de Villachica la forma una masa enorme de grandes bloques pétreos, con cantos y tierra entre ellos. Y también hay otras en las escarpadas laderas de este valle. ¿Cómo se ha acumulado todo ahí? ¡Desde luego los hombres no han podido hacerlo! ¿Gigantes, tal vez? ¡No creo en eso!

«Y, por otra parte, aquí, en Ribadelago y sus alrededores hay unos arañazos alargados impresos en la roca desnuda, como si unos gigantescos cuchillos los hubieran hecho al pasar… Me contó un viajero, que había estado en tierras lejanas, que había visto algo parecido en un país con grandes montañas, que llaman Helvecia, o algo así… Y que esos bloques los transporta un río de hielo hasta donde éste se derrite…

«Y digo yo si los bloques de aquí no habrán sido llevados por otro río de hielo en tiempos pasados, del que sólo queda ese rastro y los arañazos como testigos de su movimiento…

-¡Me parece  muy convincente eso que dices…!

Y así, entre cacerías, que llenaron la despensa de Rosamunda para todo el invierno, y entrañables coloquios nocturnos, Pepiño recobró la salud y pudieron despedirse de la sabia curandera al cabo de pocos días…

– ¡Adiós, adiós, amigos! Y tú Catorcena, ¡acuérdate de darle mis saludos a Lucinda, cuando llegues a Mondoñedo! ¡Adiós!

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