Opinión

El Yelmo

 

Aquella tarde Catorcena y Pepiño reunieron todo lo que creyeron necesario para su viaje y búsqueda dentro de la Cova do Rei Cintolo. Catorcena siguió el consejo de Lucinda, diciendo a Pepiño que en su interior estaba el Yelmo del Mariscal Pardo de Cela, pero nada sobre sus propiedades mágicas.

No fue nada fácil encontrar la entrada a la cueva. La frondosidad de helechos y arbustos hizo necesario, en ocasiones, abrir a machetazos el camino. Por fin llegaron. Al entrar fueron recibidos y acompañados por el aleteo de una infinidad de murciélagos, inquietos por la invasión de su oscuro recinto. Sus excrementos alfombraban profusamente el suelo hasta muy adentro, con un olor muy penetrante y desagradable. Penetrando hacia el interior se vieron rodeados por un entorno que nunca habían imaginado: por todas partes colgaban del techo carámbanos pétreos de todos los tamaños y formas y el suelo estaba sembrado de pináculos y torrecillas de aspecto ampuloso y mórbido. En muchos casos se unían formando columnas de grosor variable. Siguieron un cauce de barro rojizo, muy irregular y meandriforme, que discurría por varios pasillos. Había grandes cavidades, muy amplias, cuyo techo no podía alumbrar la antorcha. En muchos sitios había bloques y escombros de carámbanos pétreos rotos, evidentemente caídos del techo… (1)

Pero lo que más les sobrecogió, aparte de las maléficas sombras que proyectaba la antorcha, fue la presencia de varios esqueletos humanos. ¿Quiénes serían? ¿Buscadores de tesoros del reino de Bría? ¿Fugitivos de la Justicia o de la Inquisición? Sin duda se les acabó la iluminación y no encontraron la salida. Al lado de uno de ellos había unas renegridas monedas con las imágenes regias indefinidas…

Esto les hizo meditar que también ellos podían perderse, al desdoblarse e intrincarse tanto los pasillos, por lo que decidieron continuar la exploración el día siguiente, en que llevarían madejas de hilo, como si fuesen Ariadna en el Laberinto.

La búsqueda subterránea resultó larga y tediosa. Y llena de dificultades, pues a la escasa visión que proporcionaba la antorcha se sumaban los peligros de caer por algún pozo imprevisto, en cuyo fondo resonaba el discurrir del agua.

Al cabo de tres días de infructuosos recorridos que terminaban siempre en estrecheces o desplomes, penetraron por un angosto pasillo casi cerrado y dieron al fin con el gran bloque que tenía grabada la cruz aspada. Al lado había un esqueleto humano, una bolsa muy deteriorada que se hizo polvo al tocarla y unas barras de hierro como ganzúas.

– ¡Pobre hombre! Seguramente le mató Conrado para evitar que dijese donde estaba el Yelmo

– No. No es así. Si hubiese sido como tú dices esperaría a estar cerca de la salida. No. Más bien creo que volvió más tarde movido por la codicia. Pero las fuerzas le fallaron y murió de agotamiento

Ahora es cuando hicieron falta las de Catorcena. Aunque le costó hacerlo, movió el bloque y, con ayuda de las ganzúas del muerto, pudieron dejar el hueco abierto. ¡Allí estaba el Yelmo del Cielo o del Mariscal!

No era como lo esperaban. No se trataba de un casco de guerra, con protecciones para nariz y orejas. Era, más bien, un casquete esférico, a modo de bonete, con reborde y un pequeño roscón, estrellado, como único adorno. Dos orificios, diametralmente opuestos, servían para poner una cinta o algo para sujetarlo.

Muy contentos por haber finalizado la búsqueda, salieron de la cueva y regresaron a Mondoñedo. Pepiño buscó a Senén mientras Catorcena fue a la casucha de Lucinda.

La encontró muy desmejorada, pero se animó al recibirle.

– ¡Al fin llegaste con el Yelmo! ¡Ya sabía yo que lo encontrarías! ¡Vamos a probarlo ahora mismo! Veamos… Lo primero es la unción de la sangre. ¡Ah, mira! ¡Ya estaba preparado para ello! ¿No ves este pequeño punzón en el centro de la coronita? ¡Meteré yo primero el dedo y luego, tú!

Lucinda buscó en un baúl un cofrecillo en el que tenía, bien envuelto, una plaquita de metal oscuro, estrellada, muy pulida en su centro: el Espéculo.

Después de pincharse los dedos en la rosquillita, encajaron en ella el Espéculo y lo giraron un poco para que no se desprendiese, poniéndose Lucinda el Yelmo en la cabeza. Al cabo de un rato se lo pasó a Catorcena.

– ¿Qué ves? ¿Todo igual? No. No. ¡Fíjate en ese espejo de la pared!

Al acercarse vio que no se reflejaba su imagen.

– Si te quitas el Yelmo te verás. ¡Ahora, descuelga el espejo y vamos fuera de la casa!

     ……………

  – » ¡Ooooooh!

Con el Yelmo puesto Catorcena vio, dentro del espejo, no su imagen reflejada, sino un paisaje parecido, pero diferente. Muchas casas desaparecían, mientras que otras eran más sucias y cochambrosas. Los bosques de las montañas cercanas estaban también cambiados, sin ningún claro ni casas entre los árboles. En el cielo, las nubes no eran las mismas…

– ¿Qué pasa al otro lado del espejo? ¿Qué ocurre?

– ¿No te das cuenta? ¡¡¡EL YELMO TE PERMITE VER OTRO TIEMPO A TRAVÉS DEL ESPEJO!!!

 

 (1) Nota del autor: Recuerdo a mis lectores que durante 46 años fui Profesor de Geología en la Universidad de Salamanca. Conozco, pues, la terminología espeleológica. Pero Catorcena, no.

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