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Opinión

El valor del esfuerzo

 

En el último artículo de La Crónica de Salamanca, te comentaba un estudio en el que se analizaba cómo la variabilidad individual influía enormemente en los resultados finales de cualquier actividad.

No podría estar más de acuerdo.

Por mucho que yo me ponga a aprender mecánica de coches, por ejemplo, es muy probable que no pase de los conocimientos básicos.

Me podré esforzar y aprender, claro, pero no es algo en lo que vaya a destacar.

Ni es una disciplina que me interese especialmente, ni tampoco tengo unas grandes aptitudes para aprenderla.

Así que considero muy interesante descubrir qué áreas nos resultan más atractivas y encima tenemos facilidad para ellas. Porque son esas exactamente las que vamos a disfrutar más aprendiendo.

Sin embargo, esa relativa facilidad para ciertas materias o disciplinas, puede resultar de lo más engañosa.

Tal y como decía Mozart:

«La gente comete un tremendo error cuando piensa que mi arte me ha llegado con facilidad. Nadie ha dedicado tantísimo tiempo y pensamiento como yo a la composición».

Es decir, que por mucha facilidad que tengamos en un ámbito, eso se quedará en apenas nada si no le dedicamos una cantidad ingente de horas. No nos queda otra.

Yo tengo mi propia anécdota Pero dónde crees que vas, alma de cántaro, que lo corrobora.

Es lo que tiene cumplir años, que vamos sumando aciertos y errores.

Hace unos años empecé a estudiar alemán. Hice un intensivo de verano y como me fue bien, creí inocentemente que con aquellos conocimientos y sin el esfuerzo de todo un año de preparación, podría entrar en segundo curso.

Me presenté al examen de acceso y efectivamente aprobé, pero fue un gran error.

El primer día de clase me di cuenta de que era la alumna que menos sabía del grupo. Había pasado de destacar en el intensivo a ser el último mono porque mis compañeros tenían detrás muchas más horas acumuladas.

Si quería estar a la altura, tendría que hacer un esfuerzo mayúsculo.

Años antes había cometido el mismo error con el italiano pero multiplicado. En aquella ocasión aún fui más osada y después de un curso intensivo de primero, me presenté para entrar a tercero.

¿En qué estaría yo pensando?

Total, que entré a tercero, sí, pero el primer día me di cuenta de lo mismo: todos mis compañeros hablaban por los codos y yo era la que menos sabía, estaba a años luz.

En ambas situaciones tuve que trabajar el triple que mis compañeros porque me llevaban años de ventaja.

Tenía relativa facilidad para aquello, sí, pero la facilidad no nos evita pasar por la curva de aprendizaje. Y encima tuve que recorrerla en tiempo exprés.

La lectura positiva de mi actitud soberbia ante las lenguas fue que una vez uno le coge el ritmo a trabajar como un profesional del estudio, no hay quien lo pare.

Así que aquello acabó bastante bien, pero no recomendaría seguir ese proceso porque no disfruté del aprendizaje como podía haber hecho a un ritmo más tranquilo.

Tener facilidad para algunas materias ayuda. Todos tenemos facilidad para algunas disciplinas, es cuestión de encontrarlas.

Pero que nadie se equivoque. La excelencia en cualquier área es solo producto de una dedicación de miles de horas a esa temática.

Aunque nos pese, no podemos llegar a ella de otra manera.

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