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El año en el que Salamanca se transformó

Enrique Cabero recuerda cómo se desarrolló la Capitalidad Europea de la Cultura de 2002

La música de Patti Smith, Lour Reed, Oasis, Radiohead o The Cranberries. Las esculturas de Rodin, que salieron de París rumbo a la Plaza Mayor de Salamanca, el patio de Escuelas Menores y la sala de exposiciones de Santo Domingo. Producciones escénicas como ‘Luces de bohemia’ de Valle-Iclán o coproducciones cinematográficas de ‘Octavia’, de Basilio Martín Patino. Y así, una larga lista de actos culturales que llevaron a Salamanca en 2002 a ser, junto a Brujas, el epicentro de la cultura europea.

Alba Familiar / Ical.- La designación de la ciudad charra como Capital Europea de la Cultura para 2002 en 1998 fue un momento crucial para la ciudad. Una “ocasión para transformarse”, tal y como recuerda, 20 años después y echando la vista atrás, el que fuera el coordinador del Consorcio, Enrique Cabero. La capitalidad proporcionó a Salamanca esa “autoestima de ser consciente de que puede organizar acontecimientos importantes”, algo que recuerda Cabero con nostalgia y alegría, y define como “bonito”, al poder mencionar este legado que ha dejó un título tan importante para la ciudad dos décadas después.

“Un acontecimiento de este tipo es una ocasión única para que la ciudad diga qué quiero ser de mayor”, reconoce el coordinador del Consorcio. Y esta transformación llegó, especialmente, en torno a dos dimensiones. Por un lado, la cultural, ya que Salamanca “tenía una carencia muy grande de edificios culturales”. Con un solo teatro público, el Teatro Juan del Encina de la Universidad, donde se desarrollaba la programación cultural, la ciudad tuvo que invertir un gran esfuerzo de gestión, además de financiación externa, para poder dotarla de buenas infraestructuras que dieron paso a una programación cultural de ciudad.

Con ello, llegaron la Sala de Exposiciones de Santo Domingo, la inauguración del Teatro Liceo, que contó con la presencia de la Reina Sofía, el Centro de las Artes Escénicas y de la Música (CAEM), el museo Domus Artium 2002 (DA2) y el Pabellón Multiusos Sánchez Paraíso, que dos décadas después ha servido de vacunódromo durante la pandemia. “Eso sí que no lo habíamos pensado”, alega Enrique Cabero, quien sigue considerando en la actualidad, ante las dudas que levantaron, necesarios estos edificios. “Lo son porque nuestra ciudad no tenía nada. Era así de duro”, relata, afirmando que “no fue ningún exceso como en algunas ciudades se ha hecho”, acciones que han sido criticadas por la Comisión Europea. “Aquí no lo ha criticado nadie, lo que era criticable es que no lo tuviéramos”, sentencia.

Por otro lado, esta capitalidad otorgó a Salamanca la dimensión de ciudad de turismo cultural, algo de lo que carecía. Muy atractiva para estudiantes, la capital del Tormes estaba lejos de atraer al segmento de población característico de las ciudades turísticas, recuerda Enrique Cabero, afirmando que fue una definición que después de 2002 quedó implícita en el título de la ciudad.

Mediante un plan de excelencia turística, gestionado por el Ayuntamiento con la colaboración del Gobierno de España y la Junta de Castilla y León, se dotó a la capital de una infraestructura de 22 hoteles que dio pie a abrir una nueva vía: la de los congresos. Sumado a las más de 1.100 eventos, con un presupuesto que rondó los 30 millones de euros solo para la actividad cultural y promocional, se contabilizó la participación directa de 1,4 millones de personas, y hasta tres millones de visitantes a la ciudad. “Salamanca ha cambiado mucho, más de lo que nos damos cuenta. Y en este tipo de servicios nos hemos modernizado mucho”, añade Cabero.

Un trabajo a contrarreloj

El Consorcio Salamanca 2002 fue la entidad encargada de gestionar la programación, además de la comunicación y de la imagen, que dio paso a la Fundación Salamanca Ciudad de Cultura y Saberes que continúa su trabajo 20 años después. La labor de principios de siglo fue una carrera a contrarreloj para lograr tener listas todas las infraestructuras. “Una diferencia grande de esta capitalidad con otras es que normalmente, cuando una ciudad consigue un nombramiento, ya tiene una red de edificios culturales en funcionamiento. Aquí era al revés”, afirma Cabero, mientras recuerda cómo se estaban construyendo los edificios a la vez que desarrollándose la programación. Algo que califica de “gran dificultad”, ya que debían estar en pleno funcionamiento en las fechas en las que habían establecido la programación. “Si va a venir la Reina Sofía y no se encuentra el edifico acabado, habríamos hecho un gran ridículo”, rememora con humor.

“No daba tiempo a tener vértigo”, señala el coordinador del Consorcio, mientras recuerda que conocía experiencias de otras capitalidades previas en donde los edificios se habían inaugurado cuatro o cinco años después, y había quienes afirmaban que en Salamanca pasaría lo mismo. Tras años de espera por este ansiado título, en la cabeza de Cabero rondaba la siguiente pregunta: “¿Podremos, ahora que lo hemos conseguido, hacerlo bien?”. Y así lo responde 20 años después: “Ahí la ciudad demostró que, si quiere, puede hacerlo”.

Refiriéndose al secreto del éxito, Enrique Cabero lo atañe al esfuerzo de consenso, y de generar un “proyecto que es de ciudad”, no de ningún partido político, de una organización, ni siquiera de una institución. Así, destaca la unanimidad política, social y económica durante el consorcio, en el que la implicación del Ayuntamiento, Diputación, Junta de Castilla y León, Administración General del Estado, la Universidad de Salamanca y Caja Duero llevaron a cabo un programa que logró prosperar de manera exitosa.

Ante este acontecimiento tan “querido” por la población, según Cabero, “lo más destacable es la gran implicación ciudadana”. “Eso hay que subrayarlo y agradecerlo. Son los grandes protagonistas en su participación, en su promoción, en el recuerdo y en el cariño”, recuerda el coordinador al echar la vista atrás.

El legado de 2002

La designación de Salamanca como Ciudad Europea de la Cultura dejó un legado más allá de la ciudad. Así, se creó a nivel internacional un modelo de análisis del impacto económico que hubo durante ese año en la ciudad, del que nació el sistema de beneficios fiscales para los acontecimientos de especial interés general, que acabó convirtiéndose en una ley general presente en la actualidad.

Además, gracias a la implicación posterior de la ciudad, a través de las propuestas lanzadas en base a su experiencia se ha llevado a cabo una normativa para esta titulación “más exigente y detallada”. Como detalla Enrique Cabero, en la actualidad se marcan unas pautas de cara al futuro que hace 20 años no existían, pese a que Salamanca siguió una serie de criterios que no fijaban las normas.

Poniendo la mirada en la actualidad, el coordinador del Consorcio afirma que “sí se ha mantenido una actividad cultural de ciudad distinta a la que había”. Existen instrumentos de gestión, de iniciativa cultural e instalaciones, pero Cabero asegura que no se ha explotado todo el potencial de la ciudad. “Salamanca tiene que seguir creciendo, el interés que dota en materia cultural la Fundación Salamanca Ciudad de Cultura es importante, y tiene que seguirse impulsando”, recalca.

Con la afirmación de que la ciudad ha mantenido el nivel que se le exigía, hace hincapié en que no debe de servir para “mirarnos el ombligo. “Yo creo que Salamanca es una ciudad ideal, de cultura, universitaria, patrimonial y de turismo cultural. Reúne todos los requisitos, y eso ha sido el resultado del trabajo, no solo de las instituciones, sino de la ciudadanía, de la iniciativa empresarial, organizaciones sindicales y sociales, que han creído en el modelo de una ciudad como esta”, señala. Unas características que, 20 años después, “siguen en la mente de todos”, y que forjaron las bases para que la excelencia dotara de autoestima a la capital del Tormes e hiciera que la ciudad diera ese gran paso para ser referencia europea y mundial.

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