Lo que parecía que se iba a solucionar en unos días se ha convertido ya en un propósito firme, para desesperación de propios y extraños.
El reloj de la piscina climatizada de Garrido se estropeó hace dos meses, se retiró y no se ha repuesto. Uno nuevo costaría entre 200 o 300 euros, nada comparable con el valor inestimable del servicio que presta.
Los usuarios, sobre todo los de cursos y actividades programadas, no saben cuándo entrar y, sobre todo, cuando están en el agua, si tienen que salir o no. Siempre les va a avisar el monitor, pero eso era algo que controla instintivamente el usuario.
Y los que van a natación libre pierden la noción del tiempo que llevan en el agua, y solo su fatiga puede indicarles que va siendo hora de salir.
Puede parecer una nimiedad, pero su trasfondo es aún peor, porque denota e abandono de las instalaciones y la falta de compromiso de la empresa que explota las piscinas municipales, que está de salida y con el contrato caducado, pero no hay nadie dispuesto a cogerlas, porque no son rentables. Mientras tanto, el Ayuntamiento sigue transfiriendo fondos a esta empresa, que no quiere gastar ni siquiera en un reloj. El que venga detrás, que arree. O mejor aún, el dicho popular sobre lo que me queda en el convento.



















