En medio de una crisis humanitaria, Cuba se debate entre la resistencia o la caída del sistema político y económico que ha primado en la isla por más de 67 años.
La captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 dejó a los cubanos en una situación energética precaria, pues según BBC Mundo: «…durante años, el petróleo de Venezuela fue el principal sostén del sistema energético cubano, con el envío de unos 100.000 barriles diarios en la cumbre de la alianza entre Hugo Chávez y Fidel Castro a inicios de este siglo».
A su vez, se enfrentan a la amenaza de un golpe militar por parte de su vecino más poderoso. Donald Trump tiene claro que Cuba es la próxima, como ha asegurado recientemente.
Vivir entre dos mundos
A oscuras, en situación de supervivencia, viven millones de cubanos esperando que se haga el milagro de la abundancia para ellos.
Lejos, en una realidad diferente, no es extraño escuchar un acento caribeño por las calles salmantinas, que te corte el pelo un cubano, que te sirva el café una cubana con toda la amabilidad que los caracteriza.
Sonrisas que, en la intimidad de un teléfono nocturno se convierten en lágrimas solitarias, en clamores divinos, en impotencia y rabia por la otra mitad del corazón que dejaron cuando se fueron.
Ninguno se mantiene inerte cuando les preguntas por el destino de Cuba. Y casi ninguno quiere que se digan sus verdaderos nombres por miedo. Miedo a la represión que ejerce la Seguridad del Estado (órgano de inteligencia y contrainteligencia cubano) contra los disidentes, a no poder entrar a su país si algún familiar se enferma.
En ese caso está María Luisa Rodríguez Ríos (hemos cambiado su nombre por razones obvias), agente de seguros desde hace un año en Salamanca: «No quisiera una guerra en mi país, pero en este punto de la historia nos agarramos a un clavo ardiendo, y quiero cualquier cosa que salve a mi gente, porque la desesperación es tanta, que ya la línea del bien y del mal se pone borrosa. Tú no sabes lo que yo admiro a los españoles, que, con sus defectos y virtudes, tienen un gran país del que sentirse orgullosos, un país que pueden enseñar a cualquiera que venga. Nosotros somos unos desterrados, vagamos sin rumbo para donde caiga el avión, como solemos decir. Solo ese que está allá arriba puede hacer que esto termine, y nuestro momento es ahora. Si finalmente no sucede nada, quedaremos destruidos generaciones de cubanos. Si es que se puede estar más destruido siendo unos supervivientes de ese sistema. Yo abogaría porque fuésemos reconocidos como supervivientes, y todo lo que nos hicieron, como crimen de lesa humanidad»
Alejandro Martínez Sánchez, otro cubano radicado en Salamanca, camarero, responde al punto de las lágrimas: «Imagínate tú, tengo una niña de 6 años, o sea, tengo media alma en Cuba, y ya no me importa si entran los Delta Force, con tal de que mi hija pueda dormir por las noches».
Además, ¿tú has visto cómo está Cuba? Aquello parece el escenario de una guerra, los edificios se caen a pedazos por falta de mantenimiento, y entonces tú ves con tus propios ojos cómo los viejitos que entregaron su vida a esa Revolución, buscan comida en los basureros, mientras que los dirigentes tienen vidas de opulencia. «Siento una tristeza tan grande por todos esos cubanos que se fueron de este mundo con el pesar de no regresar a su tierra, y con el corazón en la boca cada vez que veo una llamada de allá, porque me imagino escenarios catastróficos, en los que yo solo puedo enviar dinero, porque no hay ni guantes para una operación, ni algodón, ni gasas, ni medicinas, ni nada. Nos hicieron creer que les debíamos todo, y todos los servicios que en su momento funcionaron, fueron pagados con el sudor de la frente de nuestros padres, que trabajaban de sol a sol y cobraban salarios simbólicos que no les daban ni para comer. Cuba tiene que cambiar, y si Dios quiere seremos la generación que verá caer la dictadura cubana», explica.
Otra camarera cubana, en el mismo bar, nos escucha y expresa: «Tenemos tanto miedo por el destino de Cuba, somos un pueblo tan humillado. A veces algunas personas me dicen en tono despectivo que me vaya a mi país si tanto lo extraño, y en ese momento siento un dolor tan grande, porque la realidad es que yo no tengo a dónde volver, mi país está en ruinas, cuando ves las fotos son las mismas de un lugar en guerra, y no son las bombas, ha sido la mala gestión del gobierno por más de seis décadas, y los cubanos de verdad, los que hemos nacido y crecido en Cuba, sabemos que no es el bloqueo, que son ellos. Han tenido 67 años para demostrar que realmente saben llevar el país, y siempre se repite la misma historia de miseria y escasez. Y nadie nos oye, es desesperante, tampoco lo podemos gritar, por favor, no pongas mi nombre».

Octavio Ruiz Álvarez, un médico cubano emigrado, también accede a hablar, después de mucho pensarlo: «Salí de Cuba a una misión en Venezuela, de allí deserté. Me levanté una madrugada, con una mochila al hombro, y hui en silencio, para no ser descubierto por mis compañeros, que muchos eran de la Seguridad del Estado, y nos vigilaban. Luego de eso, emprendí una travesía que me cambió la vida, atravesé la selva, vi gente morir en el intento de llegar a mejor vida, crucé el Río Bravo, y vi madres perder a sus hijos por las fuertes corrientes. Yo llegué sano, pero el Gobierno de Cuba me penalizó a 8 años de destierro, ¿me escuchas?, fueron ellos, no los Estados Unidos».
Nadie hace esto por placer, la gente huye de una dictadura que asesina todos los sueños posibles de tener una vida diga. El mundo tiene que saberlo. «Luego por azares de la vida terminé aquí en Salamanca», puntualiza el médico.
Los españoles a veces no son conscientes de lo que es poder vivir en tu país. Tienen algo tan bonito, que es la familia, el hogar natal, los amigos de toda la vida. «Los cubanos cuando nos vamos lo hacemos renunciando de forma forzada a todo eso. Y llevamos haciéndolo durante 67 años, la justicia tiene que llegar, y tiene que ser ahora”.
Soñar con una Cuba libre
Todos hacen alusión al momento presente, porque nunca antes se habían dado tantas condiciones para la caída del régimen.
Recientemente, el Secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, de padres cubanos, y que se ha tomado el tema de la libertad de Cuba como algo personal, se dirigió al pueblo cubano para dar explicaciones sobre por qué la situación de precariedad que viven, no es responsabilidad del embargo económico impuesto a Cuba por parte de los Estados Unidos: «La verdadera razón por la que no tienen electricidad, combustible, ni alimentos es porque quienes controlan su país han saqueado miles de millones de dólares, pero nada ha sido utilizado para ayudar al pueblo».
Rubió señaló que hace 30 años, Raúl Castro fundó una empresa llamada Gaesa. Esta empresa es propiedad de las Fuerzas Armadas y está operada por ellos, y cuenta con ingresos tres veces superiores al presupuesto de su gobierno actual. Hoy, mientras los cubanos sufren, estos empresarios tienen 18.000 millones de dólares en activos y controlan el 70 por ciento de la economía de Cuba.
Obtienen ganancias de hoteles, construcciones, bancos, tiendas, e incluso del dinero que sus familiares les envían desde Estados Unidos. Todo, todo pasa por sus manos. «De esas remesas ellos retienen un porcentaje, pero de las ganancias de Gaesa nada llega a ustedes», puntualiza Rubio.
Con la sensación de no ser escuchados, de peregrinar por el mundo sin justicia y sin país, todos, al final de la conversación, encomiendan a Dios el destino de su añorada isla y desean despertar algún día con la noticia de que extirparon el mal que los acecha durante toda una vida.
Cuando veas a un cubano, recuerda estos testimonios y piensa que detrás de esas máscaras de prosperidad hay siempre una historia de escasez, un trauma provocado por el sistema, un ejemplo de supervivencia.
Algunos pocos, sobre todo los que viven allí, se aferran a un proyecto que les dio sentido, mientras que la totalidad de los entrevistados residentes en Salamanca concuerdan en que un cambio de régimen es innegociable.
Cuando se pregunta que imaginen una Cuba diferente, recuperan, entre lágrimas, la sonrisa, cierran los ojos, y sueñan con cómo sería tener un país.
Por: Ana Valdés






















