Hace quinientos años, el fraile dominico Francisco de Vitoria tomaba posesión de la Cátedra de Prima de Teología de la Universidad de Salamanca, considerada en el siglo XVI la más importante del Imperio, iniciando así un magisterio que iba a cambiar el rumbo de la historia del Estudio salmantino y a poner los cimientos de la Escuela de Salamanca y del Derecho Internacional.
Con la concesión hoy del doctorado “honoris causa” a título póstumo a Vitoria, la Universidad de Salamanca pone en valor, “con orgullo y con gratitud”, el legado de uno de sus profesores más ilustres, cuya voz a cinco siglos de distancia sigue siendo, para el rector Juan Manuel Corchado Rodríguez, “asombrosamente actual”.
“Todo en estas piedras nos habla de él: el aula donde dictó sus ‘relecciones’, sus autógrafos guardados en la Biblioteca General Histórica, los frescos del aula que lleva su nombre, la lámina de este Paraninfo con los maestros ilustres, la placa que en el cuarto centenario, en 1926, se dedicó a su memoria. Faltaba, sin embargo, un gesto. Faltaba que esta Universidad dijera, con todas las letras, lo que el corazón sabía desde hace siglos”, subrayó el rector durante el emotivo acto.
Durante su intervención, el rector resaltó la vigencia del legado intelectual de Vitoria y lo hizo, en apariencia, sobre la base de dos pequeñas cosas: utilizó la obra “Suma” de Santo Tomás, frente a una gran oposición de los intelectuales de la época, como base de toda la enseñanza, y, la segunda, su docencia en las aulas se basaba en el dictado de las lecciones. “Empezó cuidando a sus estudiantes y terminó cuidando a la humanidad entera”, subrayó Corchado, quien recordó que de las aulas salmantinas salió “una forma nueva de pensar el mundo”.
“Vitoria y los suyos renovaron la teología, pusieron los cimientos del derecho internacional, formularon las primeras teorías modernas de la economía e incluso hicieron ciencia”, enfatizó ante un abarrotado Paraninfo con más de 200 doctores.
Entre sus enseñanzas, el rector resaltó la defensa de la libertad “el hombre fue creado en libertad” y que “por derecho natural todos los hombres son libres” y recordó que a quienes solo veían enemigos, escribió que “el hombre no es un lobo para el hombre; la naturaleza estableció cierto parentesco entre todos los hombres”. Esta frase es la que precisamente ha quedado inmortalizada en el Vitor descubierto en el Claustro bajo de las Escuelas Mayores, junto al Aula Francisco de Vitoria.
Ideas propias de toda democracia
Corchado Rodríguez explicó que de las aulas salmantinas arrancan también ideas que siglos más tarde se reconocerán como propias de toda democracia: “Sostuvo, que el poder no baja del cielo sobre un solo hombre, sino que nace del pueblo (“todo el poder del rey, escribió, viene de la república”). Y a quienes justificaban cualquier guerra, les dejó tres reglas de oro: “antes de la guerra, buscar por todos los medios la paz; durante ella, hacerla sin odio y por la sola justicia; y, después de ella, usar del triunfo con moderación. Y defendió que los indios de América eran verdaderos dueños de sus tierras, libres por naturaleza, y que nadie, ni el emperador, ni el papa, podía despojarlos de sus dominios”.
E imaginó, en pleno siglo XVI, cuatrocientos años antes de Ginebra, algo muy parecido a las Naciones Unidas: “El orbe, dijo, que en cierta forma constituye una república, tiene poder de dar leyes justas y convenientes a todos”.
También tuvo palabras para recordar su faceta docente y la veneración que le profesaban sus discípulos; “Sus lecciones, que él nunca llegó a publicar en vida, viajaron por el mundo en los cuadernos de sus alumnos y se imprimieron una y otra vez en Lyon, en Salamanca, en Ingolstadt, en Venecia, en Colonia. Maestros formados en estas aulas como Domingo de Soto, Melchor Cano, Domingo Báñez, Bartolomé de Medina y, tantos otros, llevaron a las Indias el espíritu que florecía en estas piedras. Por eso este homenaje es también el suyo”, apostilló el rector.




















