Acudí al reclamo del amigo, no al del autor, cuyo rostro y escritura todavía desconocía. Creía dirigirme a la presentación de un libro; sin embargo, la tarde fue mudando, casi sin ruido, en una intensa y luminosa reunión de afectos. Los actos multitudinarios tendrán sus fulgores, pero encontrarse con apenas una veintena de personas en torno a una obra suele deparar una rara dicha: el encuentro deja de ser ceremonia y se vuelve pequeña brasa compartida. Vivir consiste en elegir sin descanso, y yo, hace unos días, al escoger pasar la tarde en la librería Santos Ochoa de Salamanca, recibí la oportunidad de conocer a José Chamorro, el escritor que presentaba el magnífico libro titulado El viejo artesano.
Mi amiga Inés Pérez de la Cruz, maestra jubilada —si es que alguien puede jubilarse de enseñar—, solía decir que vivir es ir cerrando un abanico: cada decisión, cada preferencia, cada camino elegido pliega una varilla más. Pienso, por ejemplo, en la profesora de historia Ana Carabias, otra persona sabia, jubilada ya y entregada solo al aprendizaje, aunque al aprender continúe alzando la bandera socrática de la humildad del verdadero docente, cuyo mayor tesoro consiste en saber cuánto le queda aún por saber. Nuestra existencia se va trenzando con esas opciones diminutas y decisivas; entre ellas, también, la manera de pasar una tarde.
Aquel jueves en Santos Ochoa, además de encontrar a José Chamorro, pude re-conocer a Fernando Beltrán Llavador, adalid de Thomas Merton en nuestro país durante los últimos lustros —y no era casual, pues el silencio late como un hueso luminoso en el libro de Chamorro—. Fernando presentó la obra con palabras hermosas: herméticas quizá para el profano, pero limpias y transparentes para quien ha aprendido ya dónde arde lo esencial de la vida. El otro presentador fue el teólogo y amigo querido Xabier Pikaza. Pocas veces la sabiduría se sienta ante nosotros vestida con una humanidad tan sencilla y, en Xabier, esa claridad humilde nunca defrauda.
En estos días de entronización de la inteligencia artificial —una coronación que, por ahora y en no pocos casos, parece consistir más bien en desplazar el esfuerzo humano y relegar el trabajo a una penumbra secundaria—, escuchar a un autor afirmar que no siente haber escrito el libro, que no se considera tanto su dueño como su transmisor, no deja de conmover y sorprender. Cuando tantos pretenden hacer pasar por propio el sudor ajeno de la máquina, llega José Chamorro y habla de escritura inspirada, de tradición recibida, de esa sabiduría perenne que seguimos necesitando como agua en una vasija antigua. El libro está dedicado —e inspirado— en una persona especial, de esas cuya aparición en nuestra vida desplaza el eje secreto de los días.
Lo cierto es que, como presentación, fue una presentación extraña: no en vano comenzó con uno de los ponentes dándonos a conocer a quienes ocupábamos la sala y agradeciéndonos la asistencia. Desde ese instante, todo fue llenándose de color, de energía y de luz, como si alguien hubiese abierto una ventana dentro de otra ventana. Hablaron los presentadores, habló el autor y hablamos también nosotros. Se conversó sobre poesía, escritura, silencio, naturaleza recorrida con la conciencia de lo viviente, aprendizaje, vida, manos que hacen cosas —como las de los antiguos artesanos—. También flotaba allí el encuentro íntimo de cada persona con aquello que concede felicidad y sentido. De algún modo, terminó compartiéndose en público una experiencia de vida. La intimidad de estos actos, a la que antes aludí, empujaba a ello. Y, en medio de todo, un autor que rehúsa presumir de escritor: un Bartleby de la renuncia, dispuesto a ser solo cauce para que otros encuentren sentido.
Llegado un momento, tras una pregunta lanzada al aire por uno de los presentadores —en una tarde en la que muchas preguntas quedaron suspendidas como pájaros bajo un sol tibio—, el autor decidió concluir así la presentación. Más tarde, ya en casa, pude comprobar que todos los capítulos del libro terminan de la misma manera: con una pregunta ofrecida al lector como una pequeña llave, para que la lectura prosiga abriendo las puertas interiores de cada uno de nosotros.
Al cabo, aquella tarde fue un descubrimiento o, mejor aún, un regalo inesperado: un libro, un autor, un presentador, un amigo entrañable de décadas y otros nuevos nacidos allí, en esa hora precisa, y también preciosa, como si la conversación los hubiese encendido. Pero quizá lo más valioso del obsequio fue constatar que, en tiempos de tanto desencanto en el ámbito de la enseñanza, cuando tanto le cuesta a un docente levantar la mirada y confiar en que alrededor existe todavía algo por lo que merece la pena seguir enseñando, pude ver que la esperanza educativa no se ha apagado mientras haya profesores que, como José Chamorro, escriben un libro nacido no del curriculum vitae personal, sino de sus propios interrogantes y de la preocupación por cómo guiar a los alumnos, tan extraviados hoy y tan necesitados de alguien que les sacuda por dentro, igual que ocurría en los días de Sócrates.
El viejo artesano se ha escrito para eso y, con toda certeza, el porvenir de quién sabe cuántos jóvenes ahora indecisos dependerá de que ese libro llegue a sus manos.
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