La generación del chupito: estos son los mimbres del futuro

Rubén Cacho / ICAL. Ignacio Dancausa, tras ser nombrado presidente nacional de NNGG en el XVI Congreso Nacional de Nuevas Generaciones del Partido Popular
Rubén Cacho / ICAL. Ignacio Dancausa, tras ser nombrado presidente nacional de NNGG en el XVI Congreso Nacional de Nuevas Generaciones del Partido Popular

Ignacio Dancausa, nuevo líder nacional de las Nuevas Generaciones del Partido Popular y político crecido bajo el paraguas de Isabel Díaz Ayuso, ha proclamado que: “Fachadolid será el inicio de la edad dorada de las Nuevas Generaciones”.

La frase tiene todos los ingredientes de la política de nuestro tiempo: provocación, guiño a los propios, búsqueda del titular y esa calculada voluntad de escandalizar que algunos confunden ya con tener personalidad política.

Pero detrás de la ocurrencia hay algo bastante más preocupante. Dancausa es el mismo dirigente que en 2023 anunció que Nuevas Generaciones negociaba ventajas para sus afiliados en locales de ocio nocturno: listas exclusivas, acceso preferente, descuentos e invitaciones a copas y chupitos. El objetivo, según explicó entonces, era “poner en valor” el carné de la organización.

Quizá pocas imágenes resuman mejor la distancia entre cierta clase política emergente y los problemas reales de su propia generación. Mientras miles de jóvenes no pueden emanciparse, el carné del partido abre la puerta de la discoteca. Mientras pagar una habitación se convierte en un lujo, se negocian descuentos en copas. Mientras una generación encadena precariedad, alquileres imposibles y expectativas menguantes, algunos de sus supuestos representantes descubren las ventajas de convertir la militancia política en una tarjeta VIP. Puede parecer una anécdota. No lo es. Es una forma de entender la política.

La política como club. La militancia como pertenencia. El carné como ventaja. Los nuestros primero. Y ahora llega la “edad dorada”. La pregunta es: ¿la edad dorada de quién?

Desde luego, no parece que sea la de los jóvenes que necesitan décadas para reunir la entrada de una vivienda. Ni la de quienes, aun trabajando, siguen viviendo con sus padres. Ni la de quienes contemplan cómo el ascensor social se avería mientras se les pide paciencia, esfuerzo y espíritu emprendedor.

La edad dorada, por ahora, parece reservada a quienes han descubierto que la política puede ser una extraordinaria carrera profesional si uno sabe elegir bien el padrino, el eslogan y el enemigo. Porque Dancausa no surge de la nada. Su ascenso está estrechamente ligado al ecosistema político de Isabel Díaz Ayuso. Representa una nueva hornada de dirigentes educados en una fórmula que ha demostrado ser electoralmente rentable: simplificar, polarizar, provocar y convertir cada asunto en una batalla cultural.

La política deja así de ser el difícil arte de gobernar sociedades complejas para convertirse en una competición permanente por el aplauso de la propia grada. No importa tanto convencer como movilizar. No importa tanto explicar como provocar. No importa tanto resolver como señalar. No importa tanto gobernar como ganar el siguiente combate en las redes sociales. Y el sistema recompensa ese comportamiento.

La provocación genera titulares. Los titulares proporcionan notoriedad. La notoriedad abre las puertas del partido. Y el partido abre las puertas de las instituciones. Así se construyen carreras políticas en la era del algoritmo.

Durante años se decía que las juventudes de los partidos eran escuelas de formación para futuros dirigentes. Uno imaginaba que allí se aprendía economía, derecho, administración pública, negociación o gestión.

Ahora, viendo determinados perfiles, cabe preguntarse si algunas no se han convertido en academias de tertulianos con cargo público. Se aprende a colocar el mensaje. A identificar al enemigo. A fabricar una polémica. A conseguir un vídeo viral. A no conceder jamás un centímetro al adversario. Y, sobre todo, a entender que en la política contemporánea el ruido puede ser mucho más rentable que el conocimiento.

El problema es que quienes hoy compiten por conseguir seguidores mañana pueden administrar presupuestos de miles de millones de euros. Quienes hoy hacen carrera con una ocurrencia mañana pueden decidir sobre hospitales, colegios, vivienda o servicios sociales. Y entonces descubriremos que gobernar es bastante más difícil que conseguir aplausos en un congreso de juventudes.

El caso Dancausa resulta especialmente revelador porque encarna una transformación más amplia. La política se está llenando de dirigentes cuya principal habilidad consiste en representar perfectamente a su tribu. No necesitan convencer a quien piensa diferente. Ni siquiera necesitan escucharlo. Solo necesitan mantener excitados a los suyos.

En ese modelo, el adversario deja de ser alguien con quien se discrepa y se convierte en un enemigo al que hay que ridiculizar. El matiz es sospechoso. La duda, una debilidad. El acuerdo, una traición. Y así vamos fabricando una generación de políticos perfectamente preparados para la confrontación y quizá mucho menos preparados para la convivencia.

Isabel Díaz Ayuso ha convertido esa estrategia en una marca política extraordinariamente eficaz. Y Dancausa parece haber aprendido bien la lección. La propia Ayuso celebró su ascenso con un significativo “no cambies”. Tal vez ahí esté precisamente el problema. Quizá alguien debería pedirles que cambien. Que cambien la política del eslogan por la política de las soluciones. Que cambien la provocación permanente por alguna idea sobre cómo puede independizarse un joven sin heredar una vivienda. Que cambien las guerras culturales por políticas capaces de mejorar la vida cotidiana. Que cambien los privilegios del carné por derechos para todos.Porque el futuro de una generación no puede reducirse a una batalla de consignas entre políticos profesionales.

Los jóvenes españoles no necesitan una 'edad dorada' para Nuevas Generaciones. Necesitan poder pagar una casa. Necesitan salarios que permitan vivir. Necesitan servicios públicos que funcionen. Necesitan oportunidades que no dependan del apellido, del patrimonio familiar o del carné que lleven en el bolsillo. Y necesitan, sobre todo, una política adulta.

Una política que no trate al ciudadano como un hincha. Una política que no convierta cada debate en una pelea de bar. Una política donde el talento para provocar no sea la principal vía de ascenso. Porque lo verdaderamente inquietante de Ignacio Dancausa no son sus descuentos en discotecas ni sus juegos de palabras con 'Fachadolid'. Lo inquietante es que pueda representar perfectamente el tipo de dirigente que nuestro sistema político está premiando. Joven, sí. Nuevo, quizá. Pero heredero de todos los viejos vicios: el aparato, el padrinazgo, la lealtad al líder, la política como carrera y la pertenencia al partido como pasaporte hacia el poder.

La estética es nueva. El mecanismo es antiquísimo. Antes se repartían cargos y favores en despachos con humo. Ahora se construyen carreras entre congresos, vídeos virales, guerras culturales y publicaciones en redes sociales. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿Quién está pensando en los ciudadanos mientras los políticos piensan en su próxima promoción?

Dancausa anuncia una 'edad dorada'” para Nuevas Generaciones. Puede que tenga razón. Quizá vengan buenos tiempos para quienes sepan moverse dentro del partido, dominar el algoritmo y provocar al adversario adecuado. Para el resto, para los jóvenes que trabajan, pagan alquileres imposibles y contemplan cómo el futuro se aleja cada año un poco más, habrá que esperar. Eso sí: si enseñan el carné correcto, quizá les hagan descuento en el chupito.

Con estos mimbres estamos construyendo el futuro. Y lo preocupante no es la cesta. Lo preocupante es quién terminará llevándosela.

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Sobre el autor

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Chenche Martín Galeano

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