Hay un instante, a comienzos de julio, en que el verano deja de verse y empieza a oírse. Antes incluso de que el calor termine de instalarse, el aire ya se ha llenado de conversaciones elevadas varios tonos por encima de lo necesario, motores impacientes, verbenas, petardos y altavoces que parecen competir por conquistar cada rincón del espacio común. El verano irrumpe como una orquesta sin director donde cada cual interpreta su propia melodía convencido de que sonará mejor cuanto más alto lo haga. Vivimos estos meses como si el decibelio se hubiera convertido en una nueva forma de soberanía: quien más ruido hace reclama, aunque solo sea por unos minutos, un pedazo mayor del mundo.
Resulta curioso que el ruido del verano sea, al mismo tiempo, democrático y despótico. Lo producimos todos y lo padecemos todos. Comienza con los pasacalles que despiertan una ciudad que todavía bostezaba, continúa en las terrazas donde cada conversación intenta imponerse a la de la mesa vecina y se prolonga en verbenas que estiran la noche hasta confundirla con el alba. Da la impresión de que hubiéramos aceptado, sin apenas discutirlo, que la alegría solo puede expresarse a gritos.
La escena se repite con una precisión casi ceremonial en playas, ríos y piscinas. Los altavoces Bluetooth libran batallas que nadie gana. Cada grupo levanta un muro invisible de música alrededor de sí mismo, como si el sonido delimitara un territorio. Y, mientras tanto, el rumor de las olas, el vuelo de una gaviota, el agua resbalando entre las piedras de un arroyo o el roce del viento entre los pinos dejan de ser el paisaje para convertirse en un simple ruido de fondo. Hemos llegado al extremo de conseguir que sea la naturaleza la que parezca estorbar.
Sin embargo, sospecho que ese no es el verdadero problema. El ruido no es la enfermedad; apenas es el síntoma. La pregunta incómoda es otra: ¿por qué nos resulta tan difícil permanecer en silencio?
Quizá todos hayamos vivido alguna vez ese instante. Amanece en un pueblo todavía medio dormido. Durante unos segundos solo se escucha una persiana que se abre lentamente, el canto de un mirlo, una escoba sobre la acera o el primer cubo de agua que un vecino arroja frente a su puerta. El mundo parece respirar con serenidad. Pero basta que un altavoz empiece a sonar para que ese frágil equilibrio desaparezca, como si el silencio fuera una rareza que hubiera que corregir cuanto antes.
Hemos aprendido a pensar en el silencio como una ausencia, cuando quizá sea una presencia demasiado intensa. En cuanto desaparece el estruendo exterior, emerge otro mucho más difícil de soportar: el que llevamos dentro. Donald Winnicott escribió que una de las mayores conquistas de la madurez consiste en aprender a estar a solas. No hablaba del aislamiento, sino de algo mucho más exigente: la capacidad de permanecer con uno mismo sin necesidad de escapar inmediatamente hacia el ruido, la prisa o cualquier distracción.
Tal vez por eso el verano nos incomoda más de lo que estamos dispuestos a reconocer y lo ahogamos en ruido. Durante el resto del año la velocidad nos protege. El trabajo, las obligaciones y las prisas levantan un muro eficaz contra nosotros mismos. El verano, en cambio, ensancha el tiempo. Y cuando el tiempo se ensancha, también lo hace el silencio.
Entonces aparecen las preguntas aplazadas, los recuerdos que creíamos definitivamente olvidados y esa vaga inquietud que sentimos cuando descubrimos que ya no tenemos ninguna excusa para dejar de escucharnos a nosotros mismos. Quizá llenamos el mundo de sonidos porque tememos lo que el silencio pueda revelarnos.
No se trata de convertir el verano en un monasterio. Las fiestas populares, las risas de los niños, las conversaciones interminables al caer la tarde y la música compartida forman parte de su alegría. El problema comienza cuando confundimos celebrar con invadir, convivir con imponerse y disfrutar con ocupar todo el espacio sonoro disponible.
La semana pasada escribía en estas mismas páginas que la felicidad suele esconderse en las pequeñas cosas del verano: una conversación sin prisas, la sombra de un árbol, un libro abierto mientras cae la tarde. Empiezo a pensar que todas ellas comparten un mismo secreto: ninguna necesita levantar la voz.
Porque quizá el problema nunca fue el verano. Ni las verbenas. Ni las terrazas. Ni siquiera los altavoces portátiles. Todo ese estruendo solo revela una dificultad mucho más profunda: hemos olvidado cómo habitar el silencio. Y, sin embargo, tal vez no exista hoy un acto más libre. La verdadera soberanía ya no consiste en hacerse oír, sino en conservar un lugar donde todavía sea posible escucharse a uno mismo, porque solo quien sabe guardar silencio termina escuchando de verdad la vida que transcurre a su alrededor y también la que late dentro de sí.
Por. Miguel Barrueco Ferrero, médico y profesor universitario jubilado
Las pequeñas cosas del verano vía: @la-cronica-de-salamancaes https://t.co/D3wOz0xAvb
— Miguel Barrueco Ferrero (@BarruecoMiguel) July 11, 2026
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