“La justicia no es un regalo de los gobiernos, sino una conquista de los pueblos que se niegan a mirar hacia otro lado".

La historia de los derechos humanos se encuentra en su punto más crítico. Parece ser que hemos enfocado el primer cuarto del siglo XXI en planificar una demolición controlada frente a todo el marco legal creado para proteger la dignidad humana. El informe anual 2025/26 de Amnistía Internacional no solo es un reporte de los abusos presentes en el mundo, sino también una radiografía de un sistema global que agoniza, marcado por la impunidad de sus agresores y la hipocresía de las potencias. Entre el estruendo de la guerra en Oriente Medio y el silencio de los organismos internacionales, la realidad es aterradora. La premisa “Nunca más”, establecida al fin de la Segunda Guerra Mundial, se ha convertido en una noción vacía y sin sentido, mientras que la barbarie y la fuerza bruta reclama su poder en la geopolítica contemporánea.

Los ataques contra objetivos civiles y los crímenes de guerra se han venido normalizando. Amnistía Internacional ha sido tajante en denunciar la continuidad de actos genocidas y políticas de apartheid que están reduciendo a cenizas a toda la población palestina. De igual manera, la ofensiva liderada por Israel en el sur del Líbano ha sido calificada por Amnistía Internacional como una destrucción deliberada. Los intentos fallidos de tregua han generado la destrucción deliberada de más de 10 mil estructuras civiles, hogares fragmentados y familias enteras desplazadas. Así mismo, el ataque liderado por los Estados Unidos contra una escuela en territorio iraní, un acto motivado por la búsqueda del poder geopolítico y económico en la región, resultó en la muerte de más de un centenar de niños. Estos actos no configuran errores tácticos, son crímenes de guerra, cometidos bajo el amparo del derecho al veto en las Naciones Unidas.

Mientras tanto, en Europa, han pasado casi 5 años desde la invasión rusa en suelo ucraniano, siendo intensificados los ataques contra objetivos civiles, así como destruyendo infraestructura eléctrica y redes de agua, con el fin de quebrar a una nación y someterla con hambruna y frío. Esta brutalidad se repite en el conflicto en Sudán, el cual, tras más de mil días de guerra civil, ha entrado en la fase del “olvido” para las instituciones internacionales, constituyéndose en el conflicto que más víctimas de desplazamiento forzado ha dejado en el mundo, acentuado por homicidios masivos y el uso de armas suministradas por intereses extranjeros, que solo buscan ejercer poder sobre pueblos destruidos.

La crisis que atraviesa la humanidad no es accidental. La secretaria general de Amnistía Internacional, Agnés Callamard, ha sido enfática en definirla como el resultado de un diseño deliberado:

 “Estamos presenciando un ataque depredador contra el derecho internacional. Los Estados ya no solo violan los derechos humanos, sino que intentan reescribir las reglas para que sus crímenes sean legales. En 2024 y 2025, el mundo permitió que la impunidad se convirtiera en la norma. Si no actuamos ahora para frenar esta marea de odio y autoritarismo, el 2026 será recordado como el año en que la humanidad abandonó oficialmente la idea de la justicia universal".

La protección de los derechos humanos no puede depender de la voluntad política, debe ser el resultado de la vigilancia y la participacion ciudadana. Los defensores del medio ambiente, la red de solidaridad feminista, el colectivo LGBTIQ+, aquellos defensores de la dignidad humana, son por hoy los únicos capaces de sostener los escombros del derecho internacional. Es tarea de la sociedad civil marcar una nueva ruta ética, donde el respeto por la vida humana sea por fin universal.

Por: Juan David González, defensor de los derechos humanos.

 

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