Dejar de fumar

No quiero fumar, pero tengo que descubrirlo

Este no es un blog de autoayuda al uso. Tampoco es un texto de consejos médicos. Ni siquiera es una conversación entre médico y paciente. Son, por encima de otras cosas, las reflexiones personales de una fumadora impenitente de cigarrillos, Lira Félix Baz, y de un médico, Miguel Barrueco, que trata de ayudar a los fumadores a dejar el tabaco como jefe de la Unidad de Tabaquismo del hospital Clínico de Salamanca.

 

Seguimos contándoos lo que fueron los días previos a dejar de fumar.

Soy demasiado joven para encontrarme tan mal. Cada mañana al despertarme sentía miles de agujas clavándose en mi garganta. Mi lengua recorría el paladar y éste se encontraba más espeso cada día y algunos, adquiría una consistencia grumosa.

La sequedad en la boca era agobiante. Me producía una sensación de ahogo, que comenzaba a preocuparme. Sabía muy bien de donde procedía todo aquel malestar en mi boca y garganta. Lo reconocía, intuía la causa, pero no hacía nada por cambiar la situación.

Bien es cierto que cada vez era más frecuente el escalofrío que recorría mi cuerpo cuando pensaba en lo que le estaba introduciendo y en especial a mi garganta. Algunas mañanas me costaba articular palabra, no porque mi cerebro veraneara, si no porque resultaba doloroso que el aire de los pulmones pasara con fluidez a través de mis cuerdas vocales y luego por mi garganta y conseguir que finalmente saliera airoso y sonoro por mi boca.

La carraspera era mi compañera hasta bien entrada la mañana. Solo se  disipaba después de haber ingerido varios vasos con líquido caliente. Tengo que decir que no encendía el primer cigarrillo hasta el café de media mañana, pero a partir de ese momento el movimiento mecánico de introducir la mano en el bolso, palpar y encontrar, primero el paquete de tabaco y después el encendedor, que siempre reposaba en el fondo y nunca daba con él a la primera, era constante. Uno tras otro, hasta que llegaba la hora de acostarme.

¿Cuántos podían ser a lo largo del día? Diez, doce, catorce…, veinte cigarros. Dependía de muchos factores y casi todos me parecían muy válidos para no pensar siquiera en porqué me fumaba un cigarrillo.

Eso sí, siempre he tenido muy claro que el tabaco no es sabroso. No es dulce. No es apetitoso. Me explico: muchos de los fumadores dicen: ‘Yo no abandono el tabaco, porque a mí me gusta fumar’. ¡Mentira! Es mentira y sí se dice esto, solo existe una razón para dar veracidad a esta afirmación: que la lengua está tan atrofiada que ya no distingue ningún sabor.

Seamos sinceros. No nos gusta, en el sentido propio de la palabra, fumar a nadie, por lo que he dicho antes. No es dulce como un caramelo o un pastel; ni sabroso, como una carne jugosa; ni apetitoso, como una rodaja de sandía en verano. El sabor del tabaco es una mezcla entre amargo y ácido. El humo no se puede morder y aún así se mastica.

Parece mentira, pero es cierto. El humo al mezclarse con la saliva deja una película, una especie de masa, que te tragas. Y eso sabe mal, por mucho que los fumadores queramos justificar lo injustificable.

Tuve una profesora en el colegio que fumaba y que siempre nos decía: ‘El día que me levante inteligente lo dejo’. Me pregunto si ahora, en los colegios, son tan evidentes para los alumnos los profesores que fuman. Espero que no. Al menos no tanto como cuando iba a la escuela. Yo no me levanté una mañana inteligente y dije: lo dejo. No, no fue tan sencillo. Tomar esa decisión lleva su tiempo, más si cabe cuando yo lo había intentado dejar en otras ocasiones. Algunas con mucho éxito, llegue a estar sin encender un cigarrillo durante cinco años. Pero volví. Ahí, radicaba mi angustia. Dejaba temporalmente el hábito, pero no la dependencia. 

Continuará…

Este blog está protegido por los derechos de autor. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este texto.  (SA-79-12)


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Un comentario

  1. Como nunca fui fumador, no puedo opinar por mí mismo. Pero si sé que mi hermano Pepe lo paso muy mal los últimos diez años de su vida y también me viene el recuerdo del profesor Luis Carlos García de Figuerola, Catedrático de Petrología, que tenía el microscopio en su despacho y había que limpiar de vez en cuando los objetivos coloreados de nicotina. También tuvo muy mal final. Y muchos más… No es quiera ser agorero ni aguafiestas, pero…

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