Dejar de fumar

Las volutas del humo de ese cigarrillo…

Este no es un blog de autoayuda al uso. Tampoco es un texto de consejos médicos. Ni siquiera es una conversación entre médico y paciente. Son, por encima de otras cosas, las reflexiones personales de una fumadora impenitente de cigarrillos, Lira Félix Baz, y de un médico, Miguel Barrueco, que trata de ayudar a los fumadores a dejar el tabaco como jefe de la Unidad de Tabaquismo del hospital Clínico de Salamanca.

Siempre hay un momento en el que un fumador quiere dejar el tabaco. Aprovéchalo, porque es como los trenes… (5º Post)

Hay muchos signos que nos indican que debemos dejar de fumar, unos son muy contundentes y, por lo tanto, definitivos y otros son más sutiles y, por lo tanto, menos efectivos. Es más, suele ocurrir que ante una señal de querer dejar de fumar, salte como un resuello otro letrero, que a primera vista parece más fiable, pero es un lobo con piel de cordero, es engañoso y te espeta a la cara: Si no te enciendes un cigarrillo puede que no hagas bien tal o cual trabajo o actividad.

Momento delicado, no me cabe ninguna duda, porque mi mente de fumadora que es muy persistente, tozuda y tenaz contraataca arrinconando la idea de dejar de fumar. Un cigarrillo no era el combustible de mi existencia. Eso lo tenía claro, pero creía que necesitaba la nicotina como el vivir. Era ambivalente, unas me iban y otras me venían.

Bromeaba o me autoengañaba constantemente con una frase de Groucho Marx. ‘Dejar de fumar es fácil. Lo dejo todas las noches’. 

A mitad de la década del siglo XX un estudio señalaba que el goce del tabaco había que interpretarlo casi freudianamente, y que acaso no fuera más que una reminiscencia del hecho de tener algo en la boca, tomando como precedente el pecho de la madre, el biberón o el chupete. Aunque claro, hoy en día sabemos que eso son memeces. Muletillas graciosas, anécdotas facilonas o salidas airosas en una conversación de café con el humo de un cigarrillo como atmósfera del momento.

Lo que me hace recordar un bar antológico, el Rick’s American Café, de ‘Casablanca’, donde el humo formaba parte del atrezo de los decorados. Donde se fumaba a un ritmo tan alto que las volutas ovaladas eran un personaje más de la clásica película. Y donde por cierto, Humphrey Bogart devoraba un cigarrillo tras otro, pareciendo aún más interesante, pero claro la realidad es otra. El actor murió de cáncer de pulmón.

Hablando de actores que han fumado muchísimo en el cine y que le pasó factura en su vida privada, Clark Gable, que no dejaba el purito en ‘Lo que el viento se llevó’, murió de una cardiopatía isquemica, al igual que Bod Fosse, el coprotagonista de ‘Cabaret’, con Liza Minnelli. Acompañan al protagonista de ‘El halcón maltés’ muerto por cáncer de pulmón, Walt Disney, Robert Mitchum, Yul Brinner o Steve McQueen, entre otros grandes de la época dorada del cine.

Salgamos de la sala de butacas, pero no dejemos a los fumadores que han pasado a la historia, entre ellos Otto von Bismarck que no dejaba de ponderar las excelencias del tabaco y decía: “Cuando se empieza una conversación que, según el caso, puede conducir a un altercado violento, es mejor fumar mientras se tiene el cigarrillo entre los dedos, se le da vueltas y se procura no dejarle caer, se observan los movimientos materiales del interlocutor y adquirimos calma moral sin que se debilite en nada nuestra actividad mental. Este humo azulado que sube formando espirales, y al cual dirigimos la vista, sin quererlo, nos recrea y nos predispone a la conciliación”.

Es indudable. A Bismarck le gustaba el tabaco y lo defendía tanto que si hubiera sido al contrario, lo habría llamado veneno. Así de cruel puede ser el tabaco. Siempre encontramos las mejores excusas para seguir tragando su humo. Sí realmente el tabaco favoreciera, seguro que no se abusaría de él. Es más, si fumar fuera un mérito, una virtud o un valor hoy en día no fumaría nadie.

Continuará…

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