Dejar de fumarGeneral

Pisé la Unidad del Tabaquismo, ya no había vuelta atrás

Este no es un blog de autoayuda al uso. Tampoco es un texto de consejos médicos. Ni siquiera es una conversación entre médico y paciente. Son, por encima de otras cosas, las reflexiones personales de una fumadora impenitente de cigarrillos, Lira Félix Baz, y de un médico, Miguel Barrueco, que trata de ayudar a los fumadores a dejar el tabaco como jefe de la Unidad de Tabaquismo del hospital Clínico de Salamanca.

Siempre hay un momento en el que un fumador quiere dejar el tabaco. Aprovéchalo, porque es como los trenes… (11º Post)

No soy muy dada a pensar que va a pasar mañana y no es por temeridad, no, si acaso por pereza. ¿Para qué voy a imaginar algo que, por lo general, termina siendo todo lo contrario? Mantengamos la duda o mejor, dejémonos sorprender con lo que nos espera a la vuelta del recodo. La mañana que tenía que acudir por primera vez a consulta de la Unidad del Tabaquismo del hospital Clínico de Salamanca estaba expectante.

Faltaban dos días para la festividad de Los Reyes, pero en mi casa ya habían dejado alguna cosita y quise acudir a mi primera visita con el médico del tabaquismo de estreno.

Este encuentro con mi salud bien merecía una prenda nueva, como París una misa, que le diría el duque de Sully cuando su rey, Enrique IV, se convirtió al catolicismo para que Felipe II le dejara reinar en Francia.

Durante el trayecto, desde mi casa hasta la consulta, pensaba en una frase del escritor escocés Walter Scott: ‘El que sube por una escalera, debe comenzar por el primer peldaño’. Mi primer peldaño era ponerme en manos del médico.

Eso no quita que pensara en cómo sería el médico que me iba a tratar. Bien es cierto que caminaba con una ventaja, mi amiga la periodista me habían hablado muy bien de él. De lo cercano que era, de lo implicado que estaba y cómo te escuchaba, primera premisa necesaria para ayudarte. Pero claro, cada uno cuenta la feria según le va en ella, aunque también hay otro refrán que asegura que ‘algo tendrá el agua, cuando la bendicen’.

En estas andaba yo cuando una bocanada de aire caliente me despertó. Estaba entrando por la puerta del hospital. Miré, busqué, apreté el botón del ascensor y este me llevó hasta la tercera planta. Allí localicé la consulta y toqué a la puerta.

Ya no había marcha atrás, ¿o sí? Había comenzado a caminar y como me dijo un empresario muy importante del sector del turismo en una entrevista: “No se mira para atrás, ni para coger impulso, cuando me entierren pediré que los pies vayan por delante”.

Vamos, con confianza, entereza y valor. Mis vacilaciones no venían por la Unidad del Tabaquismo, que no conocía, porque, como he señalado, era la primera vez que me ponía en manos ajenas para intentar dejar de fumar, sino por mí misma.

No había mucha gente en la sala de espera y me acerqué hasta la puerta que indicaba las dependencias de la Unidad del Tabaquismo. Llamé y me preguntaron que si yo era yo con una sonrisa. Le dije que sí y me pidieron que esperara un momento.

Llevaba un libro, siempre que acudo a un lugar donde no sé cuento tiempo voy a estar sentada meto un libro en el bolso. Lo cierto es que no leí prácticamente nada, porque enseguida comenzaron a asaltarme pensamientos que me veía incapaz de impedir.

Mis intentos no eran uno, ni dos, ni tres…, eran ya seis las veces que había dejado de fumar y había vuelto a recaer, por tanto me enfrentaba a mi séptima intentona, pero era la primera vez que pedía ayuda. No sabía si haberlo dejado seis veces y haber recaído otras tantas era una pesada losa que iba a lastrar mi nuevo intento, o por el contrario era una ventaja. Aunque bien pensado, es tarde para arrepentirse, pero nunca para volver a comenzar. ¿Qué me iban a ofrecer? ¿Cómo sería? ¿Me costaría? ¿Resultaría más fácil? ¿Qué pócima mágica o exorcismo me iban a realizar para que al salir de allí ya no quisiera fumar? No tardaron mucho en llamarme. Entre en la consulta y volvieron a recibirme con una generosa sonrisa. No está mal el comienzo, pensé. Siempre es un regalo. Este gesto tan simple logra que te relajes y expreses tus dudas con más facilidad.

Este primer regalo a modo de sonrisa provenía de la enfermera. Ella me relajó,más aún cuando comenzó a hacerme las preguntas de rigor. Los años, la fecha de nacimiento, la dirección, el teléfono… Y de pronto se presentó: “Hola Lira, yo me llamo Amparo’. La miré y le dije: ‘Tienes el mejor nombre que se puede tener, porque cuando venimos aquí lo que queremos es que nos amparen’.

Continuará…

Este blog está protegido por los derechos de autor. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este texto. (SA-79-12)


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Un comentario

  1. El trabajo de su enfermera es fundamental. A mí su ánimo y talento para entenderme me dieron el gran empujón. Cuando me dieron el alta, no quise irme de allí sin darle un gran abrazo.
    Mi reconocimiento y agradecimiento a los dos.

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