Aventuras de una fumadora y su médico

¿Cuál es tu cigarro favorito?

Este no es un blog de autoayuda al uso. Tampoco es un texto de consejos médicos. Ni siquiera es una conversación entre médico y paciente. Son, por encima de otras cosas, las reflexiones personales de una fumadora impenitente de cigarrillos, Lira Félix Baz, y de un médico, Miguel Barrueco, que trata de ayudar a los fumadores a dejar el tabaco como jefe de la Unidad de Tabaquismo del hospital Clínico de Salamanca.

Siempre hay un momento en el que un fumador quiere dejar el tabaco. Aprovéchalo, porque es como los trenes… (23º Post)

Al ir pasando los días, los terribles ataques, que como ya he dicho duraban 10 segundos, pero que al principio era muy frecuentes. No sé especificar el tiempo entre uno y otro, puede que uno cada hora, quizá cada hora y media. Se fueron haciendo cada vez más espaciados y cortos en el tiempo, pasando a ser de cinco segundos y dejándome respirar a lo largo de la jornada. Pero había un momento del día que me preocupaba.

Todo fumador tiene un cigarrillo especial, por lo que sea. El de después de comer, el primero de la mañana, el de tomar café. No sé, cada uno tiene ese cigarrillo suyo que es muy particular. El mío era el de última hora del día: a eso de las once o doce de la noche. El cigarrillo con el que bajaba el telón y despedía el día. Ese momento era muy especial para mí. Solía, mientras fumaba, hacer balance de lo que había acontecido, mientras le daba caladas largas e intensas al cigarrillo. Ahora, así escrito, resulta ridículo, pero yo me tenía montada una película en mi mente o era el propio Endriago el que cada noche, cual tramoyista, lograba que por mi mente pasara esa bucólica e incierta escena, ficticiamente placentera. Porque resulta que la realidad es otra, sí existe un cigarrillo malo, pero malo de verdad es éste, el último del día. Ese cigarrillo era el peor de todos y no digo con ello que los otros fueran buenos. Me explico: Me iba a la cama con el humo en la garganta.

Fue dejarlo y las incursiones en mitad de la madrugada a la cocina a beber agua comenzaron a cesar. No inmediatamente, pero sí al décimo o decimoprimer día. Eso sí, las agujas en la garganta y la sequedad en la boca al despertarme por la mañana continuaban intactas.

Lo apunté y seguro que Miguel me daba una explicación razonada y razonable para esta cuestión. Los días transcurrían y mi mezquino compañero de viaje, Endriago, cada vez dormitaba más en su madriguera. Podía con él, no era insufrible. Las punzadas duraban escasos segundos y las ganas de bajar a comprar un paquete de tabaco eran cada vez menores. Era toda una triunfadora. Como dijo Thomas Hobbes: La guerra no consiste sólo en la batalla sino en la voluntad de contender.

Seguía apuntando en el cuaderno verde las sensaciones y me iba sorprendiendo que cada vez aparecieran más treses y doses en las cuadrículas. Los primeros días, cuando Endriago rugía con más fuerza, los protagonistas eran los cuatros. No obstante quería saber si mi percepción era cierta o quizás supravaloraba la situación. Me preocupaba especialmente volverme agresiva con los demás, aunque realmente tampoco nadie me había dicho nada al respecto, pero quizás es que eran indulgentes conmigo. En todo caso no fumaba, las cosas iban bien.

Con esa alegría desbordante acudí a mi segunda cita con Amparo y con Miguel.

Continuará…

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Un comentario

  1. Hoy no se me ocurre nada, querida periodista. ¿Tendré yo algún tipo de mono? Creo que sí: ¡el verano que se acaba!

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