Opinión

Mi 2CV

 

¡Sin coche! ¡Estoy sin coche!

Bueno… ¡Y qué! -diréis

 

¡Tantos años. tantos, con el fiel compañero de un volante, y ahora…! ¡Aquí estoy! ¡Sin él! Parece como si me hubiesen cortado un brazo. Una pierna, no. Precisamente ahora es cuando más siento que tengo dos para andar y andar…

Porque la vida sigue y hay que tirar de ella como sea… Y me pongo a recordar…

Mi primer amor mecánico, allá por el 67, fue un 2CV. Puntualizo: era un Azam 4, algo más potente pero menos que el 6, todos ellos con la misma carrocería clásica. Había aprendido a conducir en un «600», el utilitario más visible por las ciudades y carreteras de España en aquellos felices años. ¡Y me cambié a su gran rival! ¡No tuve ninguna ocasión para arrepentirme! ¡Mi 2CV! Lo compré a plazos, con aquellas dichosas letras que te traía a casa un señor, el cobrador, y tenías que ir a pagar al banco. Era el único momento triste que nos daba, porque te recordaba todos los meses lo pobre que eras. ¡Pobre de dinero, porque de ilusiones estaba uno lleno! ¡Y nos arreglábamos como podíamos!

28Al 2CV había que ponerle una «bufanda» cuando llovía mucho o hacía frío; en verano no había forma de sujetar la media ventanilla, que te golpeaba el codo si lo sacabas fuera. Tendría muchos defectos, no corría mucho, pero… ¡gastaba tan poca gasolina! ¡Y era tan barata por entonces!

No se calaba, de modo que apenas usaba el embrague, causando –recuerdo– la admiración de mi querido maestro, Antonio Arribas, cuando montaba a mi derecha. «¡Qué se te va a calar!- gritaba, asustado. ¡Pues no! ¡No se calaba!

¿Y aparcar? Por entonces en Salamanca no había problema; había sitio por todas partes y no existía la dirección prohibida. Pero… ¿y en Madrid? Pues también era muy sencillo para aquel bendito coche. Lo metías de cualquier modo en el hueco entre otros dos, te bajabas, lo levantabas con las manos por detrás, y lo colocabas bien. ¡Pesaba tan poquito! A veces, cuando subía algún puerto y soplaba un fuerte viento, pensaba que había que haberle metido algún adoquín en el maletero para que no saliese volando. En varias ocasiones casi me arrancó la capota de lona, hasta que la cambié por una fija.

¿Y cuando patinaba en el barro? Una vez, cerca de Babilafuente, me deslicé más de 500 m; si frenaba me iba a la cuneta. Menos mal que el recorrido era recto y llano. Creo que era el coche ideal para aquellos tiempos y caminos, surcados por las huellas de los tractores, que frecuentemente los hacían intransitables después de las lluvias. En varias ocasiones me tuvieron que sacar del atasco. ¡Simplemente empujando con el hombro! Otro algo más pesado hubiese necesitado una grúa u otro vehículo para remolcarle.

15¡Mi 2CV! Aún recuerdo su matrícula, M-609.322. Mejor dicho, no puedo olvidarla porque aquel coche fue para mí como si me hubiesen puesto alas. Algún problema me dio con su gran defecto, diría que el único que tenía: que se salía la cruceta cuando se metía en un bache algo más profundo, de aquellos que tanto abundaban por las  carreteras y caminos españoles de entonces. En varias ocasiones tuve que dejarlo y buscar ayuda en el pueblo más cercano, e incluso dormir en él. Siempre con mi esposa, que me acompañaba en mis pesquisas geológicas cuando podía. Hacíamos de aquello una fiesta, comiendo en los bares lo que había, generalmente unos huevos fritos, y buscando alojamiento. ¡Aquellos inolvidables paseos nocturnos por los pueblos! ¡Éramos jóvenes y aquellos problemas eran para nosotros un regalo! ¡Mi esposa, mi compañera de ilusiones! ¡Más de una vez, con el volante en las manos, Pili pisaba el acelerador mientras yo empujaba en el barro!

Tengo que reconocer que aquel coche no era potente. ¿Recordáis, queridos alumnos, cuando teníais que bajar y empujar, subiendo alguna cuesta? ¡Mis queridos alumnos! ¡Qué miedo debisteis pasar! Porque yo no veía bien. Mejor dicho, veía muy mal, con aquellas lentes de culo de botella que me acompañaron hasta el 90! ¿Os confesabais antes de emprender la marcha? ¿Tuvisteis pesadillas por la noche? Y sin embargo nunca sufrí accidentes… Meterme en los baches sí. ¡En todos! Pero mi problema mayor era conducir de noche, aunque tenía a Pili, que me iba indicando si me acercaba demasiado  a la cuneta o al centro, si había algún ciclista delante, si había que ir a 40… ¡Sus ojos fueron mi vista nocturna! ¡Que hubiese hecho sin ella!

26-5212¡Mi 2CV! Apenas me duró cinco años. Cuando compré el R12 tuve que aprender a pisar el embrague y a aparcar. ¡Qué diferencia! Al poco tiempo, unos días más tarde, ya no eché de menos a mi anterior cabalgadura.

¡Pero ahora sí! ¡Mi 2CV! ¡Fueron mis primeras alas, con las que –tan joven– me sentía libre como el viento! ¡Aquellos cinco años, en los que llegaron mis hijos…! ¡Si casi parece que nacieron en él!


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4 comentarios

  1. Querido Emiliano,

    Se ve que los rigores estivales no te apartan de la escritura. ¡Gracias por tus tres noticias de hoy! : Los apuntes sobre los refranes, las anotaciones sobre la guerra y este recuerdo del entrañable 2CV.

    Estuve el viernes con nuestro común amigo Santiago Jiménez quien me dió unos magníficos poster de setas para la Sala de las Tortugas, así que cuando quieras quedamos y te los doy y de paso nos tomamos un café y charlamos un rato.

    Un fuerte abrazo y hasta pronto,

    Emilio

  2. Hola Emiliano,
    Gracias por traer a la memoria esos tiempos pasados de tecnología 2CV. De gratísimos recuerdos para muchos y abundantes avatares…
    Un fuerte abrazo

    David

    1. Son las lentejas de Napoleón, querido amigo. ¡LA JUVENTUD! Pero si pudiera, yo tendría ahora mismo un 2CV

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