Opinión

Ocurrió en Wurzburgo

 

Grabados de la Lithographia Wirceburgensis, de Behringer.
Grabados de la Lithographia Wirceburgensis, de Behringer.

Wurzburgo! Ignoro la razón por la que esta bella ciudad germana está hermanada desde 1980 con la no menos hermosa Salamanca. No sé, tampoco, qué tienen en común; quizás algo relacionado con sus antiguas Universidades.

 

Pero un día –ya llevaba yo bastantes años en «Roma la Chica»– me enteré de la noticia y de los fastos y dedicatorias que estaban dedicando a la antigua Herbípolis. Imagino que muchos no sabían nada de su historia y hechos, pero a mí sí me sonaba su nombre. ¡Recordé que Wurzburgo es la famosa ciudad de la broma de Behringer!

Muchos os estáis preguntando que qué broma y quién era ese Behringer. ¡Pues os vais a enterar! (Si seguís leyendo, por supuesto).

Hay que remontarse a finales del siglo XVII y comienzos del siguiente. Entre guerra y guerra, Europa caminaba lentamente en el conocimiento científico, al que se dedicaban con ahínco numerosos sabios. ¡SABIOS, SÍ! Es lógico que no supiesen tanto como los que vinieron después, pero intentaban buscar explicaciones sobre todo fenómeno natural que veían, plasmando su pasión en libros. No podemos ni debemos reírnos ni menospreciarlos, porque eran lo más de su época. El tiempo barrió sus erróneas ideas, pero su discusión fue el germen de la Ciencia actual.

Entre aquellas «novedades» que tanto llamaron la atención estaban los fósiles. Aunque no eran tan nuevas, pues ya eran conocidos desde la remota antigüedad clásica en el mundo grecorromano.

Grabado de la Lithographia Wirceburgensis, de Behringer.
Grabado de la Lithographia Wirceburgensis, de Behringer.

Ya desde entonces eran considerados como «juegos de la Naturaleza», o como intentos de vida fallida desde lo inerte, sin el Soplo Divino. Se daban, muchas veces, interpretaciones erróneas, como aquello de que las calizas con  orbitolinas cercanas a las Grandes Pirámides egipcias eran «restos de lentejas» del menú de aquellas masas ingentes de obreros que las construyeron. A lo que se objetó que eso no era así, pues en Grecia también las había, sin los gigantescos monumentos.

Entre tantas equivocaciones hubo grandes pensadores que intuyeron la verdad, argumentando que si había fósiles marinos, semejantes a los actuales, en lo alto de las montañas, era porque en el mar se habían formado y luego cataclismos telúricos las habían levantado. Otros pensaron simplemente que eran testimonios del Diluvio Universal.

Esto me recuerda una anécdota que me contó mi gran amigo Santiago Jiménez, que actualmente lleva adelante su Museo de Ciencias Naturales de Arnedo, en La Rioja. En cierta ocasión comentaba a un pastor, allá en su querida tierra riojana, el origen marino de los fósiles que estaban excavando, y el buen hombre le preguntó: ¿Y cómo llegaban hasta aquí los barcos?

Pero ya va siendo el momento de empezar a hablar de Wurzburgo. ¿Qué ocurrió allí?

Hacia 1720 Johann Bartholomaeus Adam Behringer era profesor en la Facultad de Medicina. Era muy popular entre sus alumnos por su afición a los fósiles, de los que decía eran una obra divina para probar la fe del hombre. Frecuentaba los alrededores de la ciudad buscando ejemplares para su colección de Historia Natural.

Un día le informaron de que en una cantera abandonada estaban saliendo extrañas piedras «figuradas». Al llegar al sitio tuvo la fortuna de encontrar una lámina de caliza litográfica en la que estaban impresas unas extrañas formas caprichosas, enterrada entre derrubios. Los hallazgos se repitieron durante mucho tiempo, dándose la circunstancia de que la mayoría de las veces que Behringer visitaba la cantera sus esfuerzos resultaban infructuosos. El profesor decidió publicar estos descubrimientos en un libro que tituló Lithographia Wirceburgensis en 1726.

Pero lo que no sabía el profesor Behringer es que aquellas formas en sus piedras figuradas, que tanto entusiasmo le habían ocasionado, ¡¡¡habían sido esculpidas en la roca por los mismos alumnos, y que el día anterior a sus visitas habían sido colocadas estratégicamente para que él las encontrase!!!

Grabados de E. Haeckel.
Grabados de E. Haeckel.

Hasta que un día, no se sabe si cansados de la terrible broma, tallaron junto a las figuras por descubrir el nombre del profesor. Os podéis figurar la cara, la angustia de aquel hombre al comprobar que durante años había sido el objeto de tan cruel escarnio y que, además, había gastado una fortuna en publicar aquellas figuras. Durante el corto y triste resto de su vida compró todos los ejemplares de su libro para destruirlos y que su memoria quedase borrada.

Cuando falleció en 1738, su viuda, una dama al parecer muy avispada, comprendió el negocio que tenía entre manos y vendió los escasos ejemplares que no quemó su marido, difundiendo la verdadera historia de aquellos hallazgos para conseguir un elevado precio. Os podéis figurar el que tendrán hoy.

Algunas de aquellas piedras figuradas con aquellos falsos fósiles se conservan hoy en el Museo Teyler, de Haarlem. Recuerdo haber leído en una revista científica, hace muchos años, que se había encontrado un ejemplar de la Lithographia Wirceburgensis que no estaba catalogado.

Grabados de E. Haeckel.
Grabados de E. Haeckel.

Puede que os sorprenda la candidez de este famoso profesor Behringer, víctima de una de las más famosas bromas de la Historia de la Ciencia. Pero tenéis que poneros en su lugar y en su época, en la que las Ciencias Naturales estaban dando sus primeros e inseguros balbuceos modernos. El lado positivo es que a partir de entonces la literatura científica, especialmente la paleontológica, fue más escrupulosa con la figuración de los ejemplares estudiados, haciéndolos más realistas que antes. Se llegó con ello a verdaderas obras de arte en el grabado, tanto en Botánica como en las otras Ciencias Naturales. Quizás la cumbre de este Arte se alcanzase con Ernst Haeckel (1834-1919), quien, por cierto, fue estudiante en Wurzburgo.


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2 comentarios

  1. Querido Emiliano,

    Efectivamente, tienes razón. He pasado un buen rato leyendo tu comentario de hoy.

    Haeckel es también conocido por sus árboles filogenéticos, esos iconos de la evolución que, en su mayor parte son imágenes inventadas así como por esquemas en los que se mostraba que las fases iniciales del desarrollo embriológico son comunes en los distintos grupos de vertebrados. La imagen, repetida hasta la saciedad en libros de texto, estaba más conforme con sus ideas que con la realidad. Así, con unas cosas y otras, el profesor Haeckel también fue clave en la introducción del darwinismo en Alemania, una operación fundamental para el concepto de supremacia aria de desastrosas consecuencias sociales.

    Así podríamos decir que en el mundo académico las bromas tienen lugar en los dos sentidos, del alumno al profesor y del profesor al alumno. Por lo general, las primeras son más inocentes.

    1. No está nada mal que tú hayas añadido esto, que por lo general, no saben los que no han estudiado Paleontología o Biología. Lo que más sorprende es que un naturalista sea al mismo tiempo el autor de tan numerosos y bellísimos grabados.

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