Opinión

El Santo Patrón de los feos

 

– Buenas tardes. ¿Qué tal se pasó el día?

Hoces del río Duratón, desde el Priorato de San Frutos. Sepúlveda (Segovia).
Hoces del río Duratón, desde el Priorato de San Frutos. Sepúlveda (Segovia).

– Buenas tardes. Bien. Muy bien. Esta mañana resolví el asunto aquel… Luego le estuve dando vueltas a lo que hablamos ayer y rebusqué unas viejas fotos de cuando visité el Priorato de san Frutos, en la segoviana Sepúlveda… ¿Lo conoce? ¿Noo? Pues merece la pena darse una vuelta por allí. Hay unas ruinas románicas, bien conservadas, sobre un meandro encajado en las Hoces del Duratón. ¡Qué paisaje! Bueno, pues recordé que desde arriba me pareció que había como unas cuevas en el escarpe. Pensé que si alguna vez fueron habitadas, el agua no les faltaría, pues no tenían más que subirla con un cubo y una cuerda. Pero ¿y la comida? ¿Cómo les llegaba? Eso suponiendo que hubiesen sido eremitorios. ¿Sabe usted algo de este lugar?

– No. No lo conozco. Sé, claro, que san Frutos y sus hermanos Valentín y Engracia son los patronos de Segovia, pero poco más. ¿Y dice usted que el Priorato estaba alejado de Sepúlveda? Es posible que hubiese anacoretas fuera del templo. Pero las cuevas también puede que fuesen almacenes de algo; o refugio ante la morisma. ¡No tengo ni idea de un posible eremitismo en esa zona! Pero puede que existiese. Por cierto, hace poco me invitaron a visitar unos conjuntos de cuevas en Arnedo, lo que me ha interesado porque no sé nada del eremitismo riojano. ¿Por qué no se anima y me acompaña?

– Bueno. ¡Acepto la invitación! ¿Y de lo que me dijo ayer sobre ermitaños en Francia…?

– Pues verá usted. Aunque no estoy yo muy seguro de si lo que le voy a contar es una manifestación eremítica o no. Se trata de la vida de un santo muy querido en el norte de Francia y en Flandes, san Drogón…

– ¿Quién…?

– ¡Ya suponía yo que no había oído hablar nunca de él! ¿Quiere que le cuente su historia?

– Me gustaría muchísimo.

– Pues… la fama de este hombre comienza incluso antes de su nacimiento, que fue en el primer cuarto del siglo XII. Resulta que su madre murió antes del parto y el futuro Santo llegó al mundo al practicarla una cesárea…

– ¡Caramba! Entonces será el patrón de las parturientas.

-¡No, no! Ese es san Ramón Nonato.

– ¡Ah, sí! Aquél del que se dice: «Las mujeres cuando paren / se acuerdan de San Ramón, / pero qué poco se acuerdan / cuando están en la función«.

Imagen de San Drogón en la iglesia de Sebourg (Francia).
Imagen de San Drogón en la iglesia de Sebourg (Francia).

– Si acaso, puede que lo sea de las comadronas. Bien. Pues es el caso que los niños del lugar -¡pobres inocentes!- le martirizaban de palabra diciendo que él había matado a su madre al nacer… Eso creó en la criatura un fuerte complejo y no es de extrañar que al crecer decidiese dedicar su vida a la oración, para expiar su culpa. Ya joven, pastoreó al servicio de una viuda, mostrando un cariño, inusual para su época, por los animales. Con tanto rezo, llegó a preguntarse el ama si el trabajo estaría atendido…

– ¡Vaya! ¡No me irá a decir que los ángeles ayudaron, como a San Isidro!

– Pues así fue. Le vigilaban el rebaño mientras él rezaba. También se dice que tenía el don de poder estar en dos sitios al mismo tempo. Al cabo de unos años aquel pastor sintió la llamada de las peregrinaciones a Roma; hizo nueve y llegó a hablar con el Papa entonces reinante, Dios sabe de qué. Esta fase de su vida se cierra por una desagradable enfermedad, una «rotura de intestinos», como decían entonces.

– O sea, una diarrea crónica.

– Más o menos, eso debió ser. El caso es que Drogón no se quiso dejar curar…

– Pues apestaría…

– Claro… Pero hay que tener en cuenta que en aquella época, en que nadie en toda la Cristiandad se lavaba, oler mal debía ser lo habitual…

– Es verdad… Bueno, pues ya que no pudo ser el patrono de las parturientas, ya tenemos algo de lo que sí pudo serlo…

– ¡Me está usted resultando muy ocurrente! ¿Eh? ¡Pues sí! Drogón es el Santo Patrón de algo… ¡DE LOS FEOS! Porque acompañando a lo dicho sufrió una deformación muscular en todo el cuerpo y quedó convertido en un monstruo. Pero ello no hizo que decayese su fe y construyó con sus propias manos una especie de barraca de piedras, exenta a la iglesia de Sebourg, de la cual no salió nunca más, y desde donde podía ver el tabernáculo del templo.

– ¡Jesús! Pues el olor debía sentirse en diez leguas a la redonda. ¿Y cuanto tiempo vivió en esas «higiénicas» condiciones?

– ¡Más de cuarenta años!

– ¡Cuarenta años sin salir de una choza maloliente! ¡Eso sí que es un milagro!

– Pues así es. La gente iba a verle, atraída por su fama.

– ¡Y se marcharían al instante, espantadas por su olor!

– Daba consejos y bendiciones. Pero murió al cabo, y por decisión de las autoridades, es decir del conde de no sé qué, se dispuso que llevasen sus restos, que ya empezaban a ser troceados como reliquias, a otro lugar. Pues bien, ya estaba lo que quedaba del cadáver sobre un carro cuando ocurrió otro milagro. ¡No hubo forma de que las bestias lo moviesen, testimoniando la voluntad divina de que el Santo permaneciese allá donde vivió sus últimos cuarenta años! Las peregrinaciones se intensificaron, sobre todo después de la curación del conde, enfermo del riñón, que después de orar fervorosamente en la pequeña ermita-santuario que hicieron sobre la choza, arrojó tres piedras del tamaño de una nuez…

– Pues entonces también podría haber sido el patrono de los urólogos, o, mejor, de sus pacientes.

– ¡Hay que ver lo socarrón que es usted!

-No, que va. Es que me choca esta historia. ¿Y se venera aún a este santo?

– Sí, sí. Es más, yo mismo asistí una vez a la fiesta, allá en la frontera franco-belga. Creo recordar que es por abril.

-¿Y cómo es? ¡Porque como sea como me estoy imaginando…!

– Pues seguro que se equivoca. Es como todas: bailes con trajes regionales, procesión, romería, comida en el campo y algún cohete…

– ¡Vaya, menos mal! Esta historia me ha recordado otra que escuché en cierta ocasión, en Asturias. ¿Se la cuento?

– ¡Claro! Pero mañana, que se está haciendo tarde…

 


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