Opinión

Makeda

 Oyó usted algo de Makeda?

– ¿El pueblo toledano? Sí. Estuve una vez visitando su castillo.

            – ¡No, hombre, no! ¡Makeda con K, no con Q!

– Pues… no.

            – Es el nombre que le dan a la Reina de Saba. ¿A que sí sabe algo de ella?

– ¡Como no! Desde niño me fascinó, como a todos, la sabiduría de Salomón y el viaje que hizo esta mujer para conocerle. Y luego está aquella película que protagonizó la bellísima Gina Lollobrígida

            – Bueno pues eso sólo es una parte de la leyenda que pude leer estando en Roma, que supongo querrá conocer ¿A que sí?

– ¡Por supuesto!

            – ¡Pues vamos allá! Según los escritos que leí, no todos los israelitas fueron al Éxodo con Moisés. En Egipto quedaron los que tenían su vida bien organizada, los artistas, artesanos, médicos y gentes de valía profesional reconocida. ¡Ah, y las prostitutas, que también las había! Moisés se llevó sólo a los esclavos liberados…

– ¡No me diga…!

            – Tiempo después, se supone que al llegar la noticia del maremoto del Mar Rojo que acabó con las tropas egipcias, aunque yo creo que bastante más tarde, ocurrió un gran «pogromo» con los que habían quedado.

– ¿Algo parecido a la «noche de los cristales rotos» nazi?

            – Sí. Sería algo así. El caso es que se les persiguió y condenó a ser arrojados al Mar Rojo desde la «Roca de la Venganza». Únicamente los que estaban bien protegidos se libraron de aquella condena, que no pudo cumplirse porque, estando de camino, una tempestad de arena les hizo perderse y una gran mayoría fue abandonada a su suerte en el desierto. A esto lo llamaron «el Día del Milagro» y, en su recuerdo, en las ceremonias se arrojaba un puñado de arena al aire.

– ¿Y donde fueron?

            – Se asentaron y prosperaron en Axoum, en la meseta de Symiena. Pero a los tres siglos de estar allí no creían en Jehová. Adoraban a un dragón al que alimentaban los sábados con corderos. Pero un orfebre llamado Anguebo marchó a Tebas, donde conoció a un sacerdote israelita, Azarías, que lo reconvirtió. A su vuelta a Axoum casó con la hija del Patriarca y a la muerte de éste, le sucedió.

– ¡Que fascinante! ¿Y qué pasó?

            – Se dice que Anguebo mató al dragón y volvió a este otro pueblo israelita a la antigua fe de Abraham. Pero hizo algo más que la reforma religiosa. Conquistó con gran astucia los territorios vecinos y mandó embajadas a Egipto, con fines comerciales.

– ¡Así que mató al dragón! ¡Como san Jorge! ¡Qué obsesión con los dragones! ¡Ni que hubiesen existido alguna vez!

 

La Reina de Saba en la fachada de la Catedral de Ciudad Rodrigo.
La Reina de Saba en la fachada de la Catedral de Ciudad Rodrigo.

           – ¡De eso ya hablaremos, ya! Se trataría, probablemente, de algún cocodrilo sagrado, que los sacerdotes de aquella religión cambiarían en secreto de vez en cuando a espaldas del crédulo pueblo… ¡Pero sigamos…! La hija de Anguebo, llamada Mammete, fue educada como una princesa en Tebas, donde cambió su nombre por el de Makeda, que quiere decir «la siempre virgen». Una vez en su reino, a la muerte de su padre, reorganizó el ejército y conquistó la Arabia Feliz, trasladando la capital a Saba.

– ¡Así que ya tenemos aquí a la mítica Reina de Saba!

            – Así es. Estableció contactos con Salomón y finalmente, le visitó. Parece ser que intentaron crear una especie de Confederación israelita, que llamarían Habech, origen de las palabras Abyssim y Abisinia. Con Salomón tuvo un hijo, Menelik, que quiere decir «para que se parezca a Él».

– ¿Y llegó a funcionar esta Confederación?

            – No. Fracasó por el espíritu cada vez más intolerante de los sacerdotes de Jerusalén, que posteriormente cambiarían la Historia a su favor. Makeda volvió, defraudada, a Saba, llevándose a Menelik, y dicen que también el Arca de la Alianza. Con el tiempo Menelik volvió a Abisinia, a Axoum, abriendo una larga dinastía de reyes.

– Y todo esto ¿es histórico?

            – Pues verá usted. Así figura en el «Libro Sagrado» de la Iglesia Ortodoxa Etíope, el –aguarde que vea mis apuntes– Kebra Nagast, que recoge tradiciones seculares recopiladas en el siglo XIV. Todo emanando de la fascinación que siempre rodeó a la bíblica Reina de Saba, con sus famosos pies deformes y su aura exótica. Algo parecido a lo que se ha mitificado sobre Cleopatra. Pero, que yo sepa, no se han encontrado antiguos documentos escritos en Abisinia. Ni en Petra, la capital del reino de los sabateos…

– Cuando me lo estaba contando me parecía estar oyendo una novela fantástica. O mejor un excitante guión cinematográfico. Quizás con el tiempo se aclaré esta cuestión de su verosimilitud. ¡En fin, ya veremos, que dijo un ciego…!


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2 comentarios

  1. Querido Emiliano,
    Hoy tus queridos contertulios nos han traido una historia bien remota y exótica.
    Hay que ver qué obsesión con matar dragones a lo largo de la historia, deberías preparar una antología de todos aquellos guerreros que se han enfrentado con el dragón a lo largo de la historia.

    Por cierto, ¿el Arca de la Alianza no debería estar en aquellas fechas en el Templo de Salomón?

    Un abrao y hasta pronto,

    Emilio

    1. Querido Emilio: lo de los dragones da para mucho, efectivamente. Y lo que dices del Arca de la Alianza también me chocó. ¿No hizo Salomón su Templo para albergarlo? ¿Por qué dicen que se lo llevó Makeda a Saba y luego Menelik a Abisinia? Salomón, que era tan sabio… ¿no les daría gato por liebre? ¡Quién sabe…!
      Un abrazo

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