Opinión

El botijo de Roa

 

No me resisto a contaros algo que me ha ocurrido hace unos días.

 

Estaba yo tomando un café con un buen amigo, Antonio, cuando le comenté que a mí me gustaba con miel mejor que con azúcar. Y la conversación derivó hacía la calidad de los productos que se vendían en los supermercados, bastante escasa por lo que respecta a aquella.

Me dijo Antonio que a él se la traía un conocido de no sé dónde, que la producía él mismo –quiero decir sus abejas– y que era de fiar.

Como le pregunté si no podría traerme a mí un tarro y me contestó que no había inconveniente, me eché mano a la cartera y le presente un par de billetes de cinco euros, para que me lo gestionase.

-¡Hombre! -dijo Antonio– Ya me lo pagarás cuando te lo traiga. ¡No faltaba más!

– Mira, Antonio. -le contesté— Es que me gusta pitar

– ¿Y eso qué tiene que ver con la miel?

Y entonces le conté aquel dicho –ya lo hice en otra ocasión a mis queridos lectores– de uno en un pueblo, que un día tuvo que ir a la capital por motivos que no hacen al caso. Y según iba hacia la plaza para coger el coche de línea se encontró con un paisano que le espetó:

– ¡Oye, me he enterado de que vas a la capital! ¿Me puedes traer un pito?

El viajero le dijo que bueno y siguió su camino, pero, a poco, se tropezó con otro que también le pidió que le trajese un pito.

Y después otro más, pero este tercero le dijo:

– ¡Hombre, Fulano! Por lo visto, vas a la capital. ¡Toma estas pesetas y hazme el favor de traerme un pito, si haces el favor!

A lo que nuestro protagonista le dio una palmadita en el hombro y le contestó:

¡TÚ PITARÁS, AMIGO! ¡TÚ PITARÁS!

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Mi amigo Antonio soltó la carcajada y, de seguido, me dijo que este chascarrillo le había recordado una historia que le había ocurrido a su padre, hacía casi cien años, contándolo siempre que tenía ocasión. Os la voy a relatar a vosotros, queridos lectores míos, con la sana intención de arrancaros una sonrisa.

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1-1Es el caso que el padre de Antonio (no me dijo su nombre, así que le llamaremos Baltasar), vivía en Roa, provincia de Burgos, sobre el río Duero, y tenía una huerta que cuidaba con esmero. ¿Conocéis Roa? Allí murió el gran cardenal Cisneros cuando viajaba a recibir al nuevo rey Carlos, y allí ejecutaron vilmente al heroico Empecinado.

Lo que le producía aquella huerta lo solía cargar en un burro y lo llevaba a Gumiel o a San Llorente, pueblos situados a unas dos leguas del suyo.

Un día un vecino le dijo que, aprovechando el viaje del día siguiente a San Llorente, le trajese un botijo. Parece que los de esta población tenían fama de buenos. ¡Pero no se echó la mano al bolsillo!

Fue Baltasar a vender su cosecha y, a la vuelta, cuando iba por la mitad del camino se acordó del dichoso botijo.

¿Y qué le digo yo ahora a mi vecino? – pensó- ¡Ah! ¡Ya sé!

Ya en Roa, se encontró con el pedigüeño, o mejor peticionario, o  simplemente, con su paisano, que le preguntó si le traía su encargo.

– ¡Ay, no sabes cuánto lo siento! ¡Cuando íbamos por el camino, el borrico metió la pata en un agujero, dio unos traspiés y el botijo se cayó al suelo, haciéndose mil pedazos! -contestó Baltasar.

– ¡Vaya por Dios! ¡Menos mal que no te lo había pagado!

A lo que Baltasar respondió:

– ¡PUES MENOS MAL QUE NO TE LO HABÍA COMPRADO!

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Terminaré diciendo que Antonio no quiso coger mis diez euros para la miel. ¿Pitaré o no pitaré?


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6 comentarios

  1. Pitarás, amigo Emiliano. Tu no eres como el Baltasar de la historia. Tienes buenos amigos.

    Un abrazo y que disfrutes la miel…

    1. ¡La sonrisa es lo más gratificante! Yo siempre he dicho que si las llevásemos por la calle el mundo sería mejor.
      Un abrazo, amigo mío

  2. Pues sí, como eres un escritor todo terreno, en tus distintos artículos combinas el humor, la ironía, el análisis científico, la ternura, la poesía… Un placer, como siempre, leerte.
    Un fuerte abrazo

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