Opinión

Musicoterapia

 

Una de mis «ocurrencias» anteriores la dediqué a una imagen que vino a mi mente, recordando aquel lugar querido al que –¡ay!– no volveré.

 

Y supongo que mejor que así sea, porque, si vuelvo, ¿cómo me lo encontraría? Seguro que tan cambiado que se me caería el alma a los pies.

De modo que dejando las cosas como están, aquel lugar será siempre mío y de nadie más.

Pero llevemos más allá el hilo de mis pensamientos: Ese paisaje mío, tan mío, sólo mío, ¿es el mismo cuando lo ve otra persona?

¡Pues no! Supongamos que se trata de una ensenada norteña, con su playa de cantos entre agrestes acantilados boscosos, coronados por pequeñas verdes praderas, donde pacen o reposan tranquilamente vacas o caballos. Los granjeros de los alrededores lo ven sin ninguna poesía, hartos de su quehacer diario… Los pescadores, como un sitio donde recalar sus botes en las oscuras noches o durante las tormentas, refugio de sus inquietudes… Los explotadores, con la pertinaz idea de transformarlo, de construir villas o urbanizaciones veraniegas… Cada cual ¡verá la verbena según le va en ella!

Marina. (Óleo de Tito Jiménez, 1990).
Marina. (Óleo de Tito Jiménez, 1990).

Y un geólogo ¿cómo la ve? Unos buscando un mineral, un estrato o un fósil. Otros, la mejor foto para acompañar sus explicaciones. O deduciendo como ha sido la evolución de aquel paisaje a lo largo de siglos, milenios o millones de años…

Vayamos aún más allá. Sabido es que las personas tenemos tres personalidades: la que creemos que es la nuestra, la que de nosotros tienen los demás, y la verdadera, la que ni yo, ni nadie, conoce.

¿No ocurrirá lo mismo con los paisajes? Yo tengo mi imagen del que tanto quiero. Pero ese mismo ha sido visto infinidad de veces en el trascurso del tiempo por otras personas y cada uno puede creer que la que siente suya es la auténtica. ¡Pero no lo es! ¿Cuál lo es? ¿La suya, o la mía?

¡NINGUNA!

Entonces, ¿cuál es la auténtica?

Supongamos que pudiésemos parar el tiempo. Esa imagen, esa característica mía, inamovible como hecho físico, como un relieve estable, con un mar o un río que no se mueven… ¡sería como una hermosa fotografía o –mejor– como un cuadro impresionista!

Pero el tiempo no se puede detener y esa imagen es tan sólo el reflejo de un instante. ¿Cuál es, pues, la realidad de ese paisaje? ¿Dónde está su eternidad? ¿Dónde su alma? ¿En la mía?

Difícil pregunta, que no tiene respuesta, como no la tiene la referente a nuestra verdadera personalidad, que no es la que yo creo que tengo, ni la que los demás piensan en mí.

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Y todo esto, ¿cómo surgió en mi mente?

Pues fue en una sesión de musicoterapia, que revivió en mi alma el escondido anhelo de ver aquel lugar

¡La Música! ¡Uno de los más grandes dones que nos fue concedido! Cuando recreo la  sinfonía «Pastoral» o las obras de aquellos excelsos compositores que supieron plasmar en el pentagrama las sensaciones que les produjeron aquellos «sus» paisajes, aquellos instantes de sublimidad, pienso si no serían concesiones de Dios para alivio de la Humanidad…

Aquel lugar querido, que volvió a mí en una sesión musicoterapéutica con los ojos cerrados y el alma abierta, vino gracias al impacto de unos sonidos singulares producidos por el simple movimiento de un «palo de lluvia»: oí la sinfonía eterna del mar, que dirigía el acorde de las olas en el instrumento de aquella playa pedregosa…


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8 comentarios

  1. Muy bueno Emiliano y muy bueno el cuadro de Tito. Preguntas dónde se encontrará la realidad de un paisaje, la realidad o la esencia de un sitio y acertádamente lo enlazas con la personalidad. Es lo mismo: Ni un paisaje tiene una realidad alguna ni una persona personalidad. Todo cambia y en los mejores momentos hay, eso sí una clara e inconfundible tendencia a la claridad, a la limpieza. Si podemos apreciar eso en un paisaje o en una persona ¿Qué más podemos pedir? Pero es tan difícil ¿Verdad?

    Un abrazo

    1. ¡Dificilísimo! ¡Imposible! Y precisamente ahí está su gracia, que casi nadie comprende. Si lo comprendiese, no lo destruiría.
      Un abrazo, querido amigo.

  2. Gracias por compartir tus paisajes y por «colgar» la sexta de Beeethoven. Una delicia para el cuerpo y para el espíritu!!

    Un abrazo
    David

    1. Muchas gracias, David. Pero la idea de colgar la Pastoral no ha sido mía, sino de la «mejor periodista «de esta calle»». (¿Entendéis el sentido de lo que digo? Pues os lo voy a explicar. Eran tres grandes fabricantes de violines, en Verona. Vivían en la misma calle los tres. Y cada uno puso un cartel que anunciaba que eran el mejor del mundo, de Verona y de «esta calle», respectivamente.)
      Un fuerte abrazo, David

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