Opinión

¿Para cuándo la democracia en China?

Seguimos hoy con la historia de Tiannanmen, en la senda a una libertad más que incierta.

¿Qué hay de la quinta modernización que soñó Chu Enlai, tanto tiempo relegada? Aparentemente, nada ha cambiado desde Tiananmen-1989, según un eslogan implícito muy claro: “primero la economía… y ya vendrá la política”. En otras palabras, lo que entonces se planteó, con una previsión cabalmente verificada después, es que la vía Gorbachov supondría la destrucción de la URSS y de cualquier proyecto socialista o comunista en Rusia; siendo rechazable por ello mismo para el caso de China por los dirigentes del lado más duro del PCCh.

Dicho de otra forma, en un país con la ingente población que tiene la República Popular -concentrada en menos de una cuarta parte de su territorio, donde alcanza una densidad efectiva de casi 500 habitantes por km2-, la expectativa incumplible a corto plazo de importantes mejoras del nivel de vida para las capas de ingresos más bajos, merced a la llegada de la democracia, conduciría a un malestar incontenible; con la posibilidad de las más fuertes turbulencias, que acabarían significando el hundimiento de la senda de la más fuerte expansión.

En el contexto analizado, lo de introducir mayor democracia en el partido, podría parecer un mero eufemismo, pero lo más seguro es que -sin elogiar semejante propósito-, podrán propiciarse comportamientos de control, transparencia y de lucha contra la corrupción. Y no precisamente para una minoría de aparachiks, sino para una parte muy amplia de la población china; a poco que se recuerde que los afiliados al PCCh son unos 85 millones de personas, representativas del 8 por 100 de los adultos del país. Proporción significativa de que China se encuentra actualmente en una fase comparable -con las restricciones que se quiera- a algunas democracias censitarias del siglo XIX en el mundo occidental. Cuando solamente votaban los incluidos en el censo de contribuyentes, con una nómina de electores que raramente superaba el 10 por 100 de aquella población que con el sufragio universal podría haber ido a las urnas.

En esa comparación es preciso destacar la particularidad de que el criterio censitario en China no es el nivel de pagos a la hacienda pública, sino el censo de los afiliados al PCCh. En el que ya están inscritos muchos de los archimillonarios, los más beneficiados del crecimiento exponencial de la República Popular. En definitiva, cabe decir que nos encontramos ante una fase de revolución burguesa autoritaria.

Por otra parte China necesita asumir políticamente sus problemas de medio ambiente, de importancia capital a fin de salir del productivismo a toda costa, algo que resulta absolutamente perentorio, sobre todo con el Acuerdo de París de 2015, en la evolución crecimentista de la República Popular, que ha alterado profundamente toda una serie de equilibrios naturales, generando las contaminaciones más diversas. Con toda una serie de consecuencias más que preocupantes para la salud humana. Lo que se traduce en crecientes protestas de una población más alertada y menos sumisa que en tiempos pretéritos.

En esa línea de desarrollo futuro, el anterior Primer Ministro, Wen Jiabao, en la apertura de la sesión anual de la Asamblea Popular Nacional en Pekín, en marzo de 2011 reconoció que los problemas de desigualdad han creado un gran resentimiento entre la población, aunque se cuidó mucho de citar cualquier clase de medidas. “Debemos mejorar el nivel de vida de la gente, ese es el pivote de la reforma: desarrollo y estabilidad y garantizar el que el pueblo esté contento con sus vidas y sus trabajos, la sociedad esté tranquila y en orden, y el país disfrute de paz y estabilidad duraderas”.

Hay gente joven desencantada que comparte las críticas más mordaces sobre los líderes del PCCh en internet, hasta que los censores de turno borran las entradas de sus blogs. Pero la mayoría de los expertos occi­dentales coinciden en que los go­bernantes comunistas no corren peligro de ser derrocados a corto plazo. “Han demostrado ser mu­cho más flexibles que los de Egipto y de Túnez”, se dijo durante la primavera árabe casi totalmente frustrada.

[pull_quote_left]El actual Presidente de China y Secretario General del PCCh, Xi Jinping, ha concentrado poderes que algunos consideran superiores a los que en su día tuvo el propio Mao: ¿es la forma de prevenir veleidades democráticas?[/pull_quote_left]Por ello, de momento nadie cree que vaya a haber una revolución jazmín, aunque la teoría de los cisnes negros advierte precisamente de que lo inesperado siempre acaba por llegar. Además, como plantea el abogado Zhang Zhiqiang -otro crítico del sistema- es consciente de que la mayoría de la población no quiere un cambio: “sólo una diminuta minoría está dispuesta a hacer sacrificios: en Pekín hay más de 10.000 abogados y sólo 50 aceptamos defender a gente que tiene problemas con las autoridades. Luego están los millones, sobre todo en el campo, que siguen contentos por la tendencia a seguir mejorando económicamente. Sienten que la vida actual es mejor que antes».

No obstante, el abogado Zhang espera que la mentalidad de la población china cambie, aunque sea con lentitud. «Cada vez más gente quiere algo mejor, incluso dentro del partido, y además los problemas sociales son más graves»: los precios de la viviendas -la célebre burbuja inmobiliaria-, la inflación alimentaria, los campesinos que pierden sus tierras, la corrupción, el desempleo, la insuficiencia del seguro médico, incluso la falta de mujeres provocada por el hecho de que nacen muchos más hombres por cada 100 mujeres por el aborto selectivo.

Efectivamente hay algunos miedos, pero también complacencia con el régimen; como subraya Andrew Jacobs, del New York Times. Así lo expone cuando se refiere a los jóvenes profesiona­les que calzan Nike y visten de Abercrombie&Fitch, profesan abiertamente su admiración por el Gobierno del PCCh. “Cualquier cambio en el sistema político, sumiría a China en el desorden”, opina Guo Ting, una auxiliar administrativa de 30 años. Y es que los profesionales con estu­dios como Guo son el símbolo de una clase media china en expansión, segura de sí misma y dispuesta a ser comprensiva con el Gobierno, a pesar de la censura y las imperfecciones que pueda haber. Según ese grupo, el impara­ble crecimiento económico -aunque ahora quede por debajo del 7 por 100 anual sobre el PIB- pesa más que los defectos de un Gobierno autocrático.

Por lo demás, lo veíamos hace días en un debate sobre el último libro sobre China que he leído, el de Christian Careaga, el actual Presidente de China y Secretario General del PCCh, Xi Jinping, ha concentrado poderes que algunos consideran superiores a los que en su día tuvo el propio Mao: ¿es la forma de prevenir veleidades democráticas? El PCCh, a pesar de su nombre, ya no es comunista, porque predomina la propiedad privada. Pero sigue siendo leninista por su centralismo democrático: la dictadura del partido es evidente, y no parece tener un enemigo a su nivel. Pero ciertamente, hay una concesión que hacen todos: en la vida de los hombres no hay nada eterno y el PCCh con su monopolio tampoco lo será.

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