Opinión

Tarancón, cardenal de España (y II)

Termino hoy la referencia a mi paso por Castellón, Diputación Provincial, a propósito del homenaje rendido al Cardenal Tarancón, a quien conocí hace muchos años en el simposium sobre «Problemas del campo y desarrollo agrario», en los tiempos que Don Vicente Enrique y Tarancón era Obispo de Solsona.

Sus intervenciones de aquellos días nos llamaron la atención a todos: era el efecto como si se hubiera abierto una ventana en un ambiente enrarecido, por el cual entró el aire fresco del campo, dejando aparte los clichés de siempre. Y a partir de esa intervención, en ese simposium, la tónica inicial de conformismo se alteró en el marco de la Iglesia española, y las voces críticas se generalizaron, hasta el punto de que el director general de la entidad patrocinadora de aquellas jornadas fue cesado en su cargo.

Ya siendo Arzobispo de Madrid y Cardenal, nos vimos varias veces en las oficinas archiepiscopales de la Catedral de la Almudena. Y recuerdo muy bien una mañana de domingo en que estaba sin nada especial que hacer y me fui a la catedral de San Isidro –la Almudena, con su impresionante cripta neogótica aún estaba en obras— a la hora de su misa. Llevaba un tiempo sin verle, y días antes había circulado el rumor de que se enfrentaba con problemas cada vez más agudos en su relación con el Régimen de Franco.

Cuando entré en el templo, casi no reconocí al público tradicional encopetado más o menos de pequeños burgueses. Los fieles eran muy otros, escuchaban con atención la voz armoniosa y llena de sonoridad del arzobispo. Seguían su plática sin pestañear, en un ambiente en el cual el interés se combinaba, sin problemas, con la plena distensión. El Cardenal habló durante unos diez minutos. Se refirió al papel de la Iglesia en la lucha por el ejercicio de los derechos del hombre:

— En el pueblo de Dios está nuestra razón de ser de la Iglesia, la alegría de nuestra vida, y la base misma de nuestra esperanza. Vuestros pesares y vuestros anhelos, son preocupaciones y empeños comunes. Y en el propósito de conseguir la justicia en la libertad, no vacilaremos en estar al lado de quienes luchan por ella, quienesquiera que sean, cualesquiera que puedan ser sus ideas religiosas. Con la razón y el valor, a nadie podemos ofender, y quienes pudiendo sentirse ofendidos piensen que atentamos contra su autoridad, que mediten sobre si su poder se apoya sobre una base sólida y sana que lo fundamente en su plenitud. Reflexionad sobre estas palabras.

Un acorde del gran órgano de la catedral apagó los murmullos que siguieron a las últimas palabras de Su Eminencia. Y el cántico general se sintonizó con la música de viento y del coro que pareció convertir en una sola voz el anhelo de la multitud. Después, todos los presentes enlazaron sus manos en el “daos la paz”. El espectáculo era realmente impresionante para quienes tenían alguna conciencia de lo que había sido antes la Iglesia del nacionalcatolicismo.

— Estuve en la catedral a oír a Vicente Enrique y Tarancón — le comenté a un amigo mío.

— ¿Qué te pareció el predicador? —me preguntó sonriente.

— Que de cara al pueblo es todo un poder —y le devolví la sonrisa.

— Así es. Tiene un gran potencial para convencer. Ni siquiera necesita maniobrar para disponer del control de la Conferencia Episcopal. Es formidable su capacidad para persuadir, en apariencia sin esfuerzo. Lo hace con toda la naturalidad del mundo.

— ¿Fue Tarancón quien te inculcó esas ideas tuyas sobre el cristianismo evangélico que dices tener?

— Algo puede haber —contesté pensativo—. Pero Tarancón no es el único «culpable». Sabes que me crie en un ambiente cristiano aunque en el colegio al que fuimos mis cuatro hermanos y yo (el Liceo Francés de Madrid), evidentemente el catolicismo se impartía sin grandes entusiasmos. A los quince años dejé de practicar, pero no para convertirme en ateo. La verdad es que hace falta estar muy seguro de todo para ser ateo, es la antifé. Y junto con la falta de seguridad en todo, siempre conservé la idea de algún tipo de trascendencia del hombre, o más bien de la humanidad en sentido general. Idea que encaja con el reconocimiento de los valores del mensaje bíblico como un intento de desvelar, más que de revelar, la trascendencia humana.

[pull_quote_left]Algunos encuentran el sentido de la vida con un cierto escepticismo (estoicos), o en el objetivo del placer (hedonismo), tal vez en la Ciencia (cientifismo) o en la religión (fe, o al menos principio de esperanza)[/pull_quote_left]— ¿Y ahí te has parado en el tema?

— No, en absoluto, ahora pienso mucho en todo eso y creo que la fe es un raro privilegio. La esperanza es más frecuente y alcanzable. Y en ese sentido, algunas de las más lúcidas reflexiones sobre la esperanza nacieron precisamente entre los escombros de la II Guerra Mundial. Son los años en los que Bloch –a quien alguien ha llamado “catedral laica de la esperanza”—, escribió su gran libro El principio esperanza. En sentido contrario, Albert Camus dejó escrito: “Lo importante es pensar con claridad y abandonar toda esperanza”. Obviamente, no es la tesis de estas líneas –como dice Manuel Fraijó— porque sin esperanza todo se seca, la vida se torna lánguida e imposible.

— Y sobre Kant en esta materia, ¿qué piensas?

— ¿Qué me cabe esperar? Esa es la tercera cuestión que planteó Kant, y desde un principio está claro que no es lo mismo vivir con esperanza que sin ella, y sobre el tema cabe indagar más: si no se espera nada, ¿qué consistencia puede tener la vida? Si no hay algo que estimule y propicie el esfuerzo, indudablemente flaquearemos. De ahí la búsqueda, muchas veces angustiosa y compulsiva, de la diversión, del placer y el aturdimiento, que son los síntomas de la falta de esperanza, de algo que nos compense. Y también de ahí la pesquisa por lo infinito; sea en el amor, el conocimiento de la ciencia, o en la propia idea de Dios. De modo que algunos encuentran el sentido de la vida con un cierto escepticismo (estoicos), o en el objetivo del placer (hedonismo), tal vez en la Ciencia (cientifismo) o en la religión (fe, o al menos principio de esperanza). Son cuatro destinos diferentes con incluso un mix que puede resultar de lo más interesante.

— ¿Todo eso te queda de Tarancón?

— Eso y mucho más… Tal vez otro día volvamos a hablar de él, del gran Cardenal de España que fue.

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