Opinión

Quijotes y sanchos

En varios lugares de La Mancha, de cuyos nombres temo no acordarme, hemos ido viviendo la paradoja cervantina. El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha es un título contradictorio ya que loco e ingenioso son antagónicos. Con todo, eso es otro tema. Nuestro periplo, llanura eterna con escasos oteros, está protegido por un ejército de colosos astados. Preveíamos besanas e interminables viñedos, pero hemos encontrado también inesperadas plantaciones. Queríamos recorrer la ruta del Quijote conociendo además los pormenores del asunto catalán. A cada paso -con acelerado vaivén- iban sucediéndose informaciones viejas, si no opuestas, al segundo siguiente. La cuestión interesa, preocupa. Una insólita sacudida recorre, quizás vertebra, mesas de redacción y noticiarios audiovisuales. Personalmente, todavía tengo dudas de si Cataluña, y su artificial coyuntura, merecen la histeria político-social engendrada. Si bien es cierto que llevamos juntos siglos, que don Quijote y Sancho unieron centro y periferia con instinto viajero, cada cual puede estrellarse a gusto si su empeño impide soluciones serenas, ilesas o poco lesivas.

Iniciamos viaje (mi señora y yo), junto a otra pareja amiga, el pasado jueves día diecinueve. Jalonábamos castillos, molinos, historia, literatura y buen yantar, con notables deseos de escuchar notas aclaratorias, definitivas, emanadas del sentido común. Vana esperanza. Acompañando el retiro nocturno, tras frugal -casi monacal- cena, confiábamos cuerpos y almas a la información. Nada nuevo ni tranquilizador. Los políticos catalanes, jaleados por una muchedumbre enfebrecida, agresiva, seguían echando un pulso estúpido al Estado, a la sociedad restante. Cerraban, sin resquicio alguno, toda posibilidad de avenencia. El adoctrinamiento educativo-mediático carece de freno.

Belmonte y Mota del Cuervo, dos perlas conquenses, conformaron la primera veta de hidalguía, de buen comer, que fue recurrente a lo largo y ancho de otras jornadas. Bajo estos atributos vertebrales (largueza y soberbio alimento, repito), tras Campo Criptana y sus famosos molinos siguió El Toboso de Dulcinea hasta recalar en Alcázar de San Juan. Exhaustos, pero satisfechos, recibimos la muy grata bienvenida de Beatriz, encanto hecho recepción. Las tierras cervantinas, pragmáticas, llenas de realismo sanchopancista, siguen preñándose de trigo. La viña, con europea subvención, fue arrancada sustituyéndose por el oriental pistacho y olivo mediterráneo. Es la visión del agricultor sagaz que surge del entorno seco, mísero. Quedan, sin embargo, quijotes que completan esa dualidad tan española. La Asociación de Amigos del Museo del Carro, en Tomelloso, aporta excelentes muestras que constatan el esfuerzo desinteresado. Gentes con espíritu recio, solidario, perseverante, llevan décadas para conseguir un sin par museo etnográfico, “bombo” descomunal incluido.

Argamasilla de Alba parece copar el núcleo representativo. En esta villa, los contrastes (canal y aridez) constituyen la esencia, la encarnadura, de un territorio que cabalga -como nuestros protagonistas cervantinos- entre un realismo tosco, rural, casi indigente, y una sensibilidad noble, limpia, generosa. Aquí, donde según cuenta la tradición estuvo preso Cervantes, reside Lorenzo. Orondo de figura pero proceder recto, un Sancho Panza gigantesco, encierra el talante liberal del Quijote sin recovecos, presto. Nos dio bien de comer. Individuos como él, orgullosos de su tierra, engalanan balconadas de hermosas labranzas con banderas nacionales. Todos los pueblos estaban llenos de ellas.

Puerto Lápice recibe al visitante mostrando su Plaza Mayor. Uno, si bien ya advertido, queda raptado por el encanto, la fascinación. Lo despide esa venta -transformada hogaño en moderno restaurante- ataviada con ropaje antañón. Almagro colma las esencias de la ruta, más allá de palacios y casonas blasonadas, con un trío bastante novedoso: Plaza Mayor, Corral de Comedias y Museo del Teatro. La primera comporta un amplio espacio rectangular con portales laterales para guarecerse del sol, supongo, que no de la lluvia. Sin adjetivos, pese a padecer sobrexplotación turística. Gozamos de una breve representación teatral que compendiaba diferentes piezas del Siglo de Oro. Por cierto, si quieren un consejo, no paren a comer en Moral de Calatrava. De los diez-quince euros habituales y viandas deliciosas, pasamos a los veinticinco de cocina normal. La viña del señor, nunca mejor dicho por estos lugares de buen vino, deja sorpresas ingratas.

Como exponía al principio, estos días conjugamos fantasía e indelicadeza, invención y realismo. Algunos, sin moverse del despacho-camilla de psiquiatra, confunden ambas. En Alcázar de San Juan, viernes noche, nos topamos con un independentista catalán. Su dogmatismo, ese apuntar ciego, me llevó a concluir de golpe un diálogo imposible. Le había inquirido sobre el escenario actual por aquellos lares conflictivos. La respuesta fue suficiente para entrever una argumentación única, pasiva, irreversible. A poco, todas las cadenas informaron que, ante la postura radical del “govern”, el gobierno central pondría en marcha de inmediato el artículo ciento cincuenta y cinco. Cabe algún matiz del PSOE, como mínimo, amén del retroceso no de Puigdemont (arrebatado por la vorágine, tal vez estulticia) sino del PDeCAT económico. Me extrañaría que el auténtico poder burgués permita tanto signo psicótico cuya consecuencia será la ruina autonómica, sin conocer la verdadera razón. ¿Prurito o tapadera?

No obstante, los soberanistas montan a Clavileño picando espuelas hacia una utopía, un delirio, que conduce al suicidio colectivo. Su engendro puede terminar con Europa si esta no pulsa el resorte político y económico que confine a aquellos impidiendo su contagio. Probablemente la fractura social supere cualquier medida interna, pero el boicot internacional debiera ser suficiente para evitar epidemias. Esta locura, sanchopancista más que quijotesca, tendrá consecuencias difíciles de subsanar pues se ha abierto un abismo social que tardará generaciones en cerrarse. De nuevo ha surgido la división, las dos Españas, la de quijotes y la de sanchos. Cataluña, ahora, ha sido el punto de ignición.

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