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Salamanca asustaba a los niños con calabazas antes de Halloween

 

Halloween ha venido después. Después de varios milenios celebrando esta fecha de la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre. Antes, incluso que existiera el calendario Gregoriano, que es con el que actualmente se cuentan los días, semanas y meses.

Todo este preámbulo, para explicar que lo que realmente se celebra esta noche mágica es que han pasado 40 días desde el equinoccio del otoño. “La celebración de esta festividad viene del mundo antiguo, pre-cristiano, es una deuda que tenemos con el pueblo Celta, ellos lo llamaban Shamain, que es la fiesta de los muertos”, explica Francisco Blanco, etnólogo, filólogo y director del Instituto de las Identidades de la Diputación.

Cementerio de Martinamor. Fotografías de Pablo de la Peña pertenecientes a la exposición "Corrales de muertos", organizada por el Instituto de las Identidades de la Diputación de Salamanca.
Cementerio de Martinamor. Fotografías de Pablo de la Peña pertenecientes a la exposición “Corrales de muertos”, organizada por el Instituto de las Identidades de la Diputación de Salamanca.

Esta fiesta comunica a los vivos con los muertos, los ritos Celtas iban encaminados a favorecer el contacto de los espíritus. “Los muertos solo nos favorecen a los vivos. Sus rituales consistían en brebajes alcohólicos, como desinhibidores para contactar con sus muertos”, puntualiza Blanco.

Dejando atrás a los Celtas y centrando más nuestra cultura, el Cristianismo adoptó la fecha, pero le dio un cariz distinto. “Hacia los muertos, temor. En el siglo XIX y principios del XX, las campanas de las iglesias estaban toda la noche del 1 al 2 de noviembre doblando por los muertos. Los encargados de hacer sonar las campanas eran los mozos o los quintos. Debía de ser tremendo estar toda la noche oyendo tocar a muerto”, apunta el etnólogo y filólogo.

Hay una tradición que sí ha permanecido inalterable con el paso del tiempo: la comida. Era tradición en las familias que se reunieran a la mesa, mataran una machorra -una oveja yerma, estéril- para que todos juntos recordaran a sus fallecidos.

En el sur de la provincia, era costumbre asar castañas en el calbote o calboche. “Se hacía una hoguera, una cena y esto contacta directamente con la cultura Celta“, señala Blanco.

Las castañas tienen su porqué. Antes de que se descubriera América y que vinieran las patatas, las castañas formaban parte de la dieta alimenticia de las familias por su aporte calórico. “Es un fruto totémico”, matiza el director del Instituto de las Identidades de la Diputación.

Lo del ‘truco o trato’ de los anglosajones, a su modo, también se encuentra o forma parte de la tradición salmantina, pero no tenía nombre comercial. “En los pueblos se ponían trampas para dar sustos. Se colocaban calabazas con velas en lugares estratégicos y así asustabas a los atrevidos que trasnochaban en esta noche de difuntos”, explica Blanco.

Los disfraces no están en nuestra cultura, pero sí la de contar historias de miedo. Seguro que los más viejos del lugar recuerdan aún aquella leyenda de una viuda pobre y su hijo, al que mandó a la carnicería a buscar una asadura para cenar… Esa frase de “vengo a buscar la asadura que me has robado“, aún produce escalofríos.

Cementerio de El Cabaco. Fotografías de Pablo de la Peña pertenecientes a la exposición "Corrales de muertos", organizada por el Instituto de las Identidades de la Diputación de Salamanca.
Cementerio de El Cabaco. Fotografías de Pablo de la Peña pertenecientes a la exposición “Corrales de muertos”, organizada por el Instituto de las Identidades de la Diputación de Salamanca.

La costumbre de tañer las campanas está asociada a levantar con su sonido una muralla para que no entren los espíritus. Muy lejos de la cercanía con la que los Celtas trataban a sus difuntos.

Actualmente, se visita los cementerios, se adecentan y adornan las lápidas. Es honrar y recordar a los que ya no están.

Y el día 2, festividad de los Difuntos, en algunas localidades salmantinas se llevaba a los niños nacidos ese año y se los colocaba sobre las tumbas de sus antepasados para que los protegieran. También se recogían los faroles que habían alumbrado esa noche a los suyos.

Los huesitos de Santo y los buñuelos… Una dulce merienda para acordarse de los que ya no están.

 

 

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