Opinión

El zapato

 

¡Como cambian las costumbres con los años! ¡Y qué distintas pueden ser, según el lugar donde estemos!

 

Por ejemplo, los entierros. ¡Qué diferencias tan grandes hay en cada sitio a lo largo del tiempo!

Sin ir más lejos, cuando yo era niño era costumbre que las mujeres no fuesen al cementerio a acompañar a los finados… No sé si en toda España se tenía esta costumbre, pero en los lugares que conocí así era, tanto en los pueblos como en Madrid. En la capital, recuerdo el entierro de la madre de un amigo, teniendo yo 15 años. Se cogía un autobús, alquilado para la ocasión, al lado de la Plaza de Toros Monumental de Las ventas, que llevaba al Cementerio del Este. ¡No había ni una mujer! Y lo mismo ocurrió en otra ocasión similar, tres años después, sin autobús –un tranvía te dejaba cerca–, en el Cementerio de Carabanchel. Algo similar pasaba en los pueblos que conocí.

Pero trascurrió el tiempo y todo cambió, sin saber cómo ni por qué.

Lo que voy a contar sucedió al principio de los años setenta. No es un cuento. ¡Ocurrió y salió en el periódico! ¡Y recuerdo perfectamente el pueblo donde pasó –estuve en él muchas veces– pero no voy a decir su nombre! Como dice la letra de la inmortal jota de Tomás Bretón: “¡Que ella lo diga si quiere!

Es el caso que en un entierro, en aquel pueblo, fueron algunas mujeres. Y varias, para ver mejor –¡nunca entendí el morbo de querer contemplar como desciende el ataúd a la fosa!– se subieron a una tumba cercana.

¡Y ocurrió! ¡La losa mortuoria se rompió y una mujer cayó dentro del sepulcro! Ya os podéis imaginar los gritos que daría aquella pobre señora, que serían acompañados por los de todas la féminas de su alrededor.

Parece que estoy viendo, cuando leíamos esto en el periódico, a mi querido suegro, que decía: “¡Si ya decía yo que las mujeres no deberían ir nunca al cementerio! ¡No hacen más que gritar y poner nerviosos a todos con sus llantos!”. A lo que yo respondía: “¡Que los tiempos han cambiado, abuelo! ¡Que ahora las mujeres se meten en todas partes!”. Y él cerraba el diálogo con su “¡Así nos va!

Sigo con lo que pasó en aquel entierro. La mujer tenía un ataque de pánico. ¡No era para menos! Debía tener cierto volumen y no podía salir de la fosa. Tuvo que bajar a ayudarla, empujando como pudo, uno que –parece ser– era médico. Supongo que el sepulturero no lo haría por no poner las manos en… ahí. ¡Los médicos sí pueden tocar sin que nadie piense mal!

Ya arriba, y un poco calmada la mujer, resultó que un zapato había quedado abajo. Aquel sufrido médico tuvo que descender de nuevo a la fosa y rebuscar, hasta que lo encontró y lo tiró fuera.

Pero la mujer gritó: ¡ÉSTE NO ES MI ZAPATO!

———-

No sigo. No hace falta.

En toda historia hay siempre una moraleja. La de ésta es: “No piséis nunca una tumba. No ya sólo por respeto. ¡Por lo que pueda ocurrir!”

Dibujo: Emiliano Jiménez.
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8 Comments

  1. Tremenda la historia de hoy, Emiliano. Menos mal que la he leído por la mañana. Y aún así no sé si me dejará dormir. Buenísimo el dibujo, tal y como uno se puede imaginar la escena. Muchas gracias y hasta pronto. Un abrazo Emilio

    1. Resulta que ayer me dijo una persona que esa misma historia se la había contado su abuela hace tiempo. ¡Y yo que creía que estaba olvidada!
      Un abrazo, Emilio

  2. Buena moraleja, no meterse donde a uno no le llaman; o no pisar finos y frágiles suelos que puedan arrastrarnos a simas no queridas; no subirse donde no ha lugar; no hablar si no corresponde; no lucir lo que creemos plumas de pavo real cuando solo son deshilachados hilos que muestran decrepitud…

    Un fuerte abrazo Emiliano y gracias siempre por traernos con tus líneas a parajes de reflexión pensamiento.
    David

    1. ¡Has complementado muy bien lo que quería decir en la moraleja!
      Un abrazo muy fuerte, David

  3. Emiliano:
    Me parece un documento interesante con algunas anécdotas más podrías escribir una novela costumbrista. Tus vivencias de la postguerra en Madrid también son muy elocuentes.
    Yo puedo añadir una anécdota increíble pero real. La mujer de mi padrino de bautismo, entre otras muchas cosas me contó que al quedarse viuda y para sentir más dolor se arrancó las uñas de los pies.
    Un abrazo

    1. Eso me recuerda, querido Marcelino, lo que hacían los indios en aquella inolvidable película, “Un hombre llamado Caballo”. Afortunadamente muchas costumbre s se ha suavizado, aunque a veces hay gente que parece más salvaje. ¡Cómo cambian los tiempos!
      Un abrazo, Marcelino

  4. Me gusta y disfruto, todo lo relacionado con anécdotas, historias transmitidas por tradición familiar ó
    simplemente cuentos, que núnca se sabrá el verdadero orígen.
    En los años 50, Diego, que atendía en el Bar Restaurant El Clavel, muy cercano a Pozo Amarillo, me contó
    algo relacionado con el sitio de Madrid, cerca ó en la Ciudad Universitaria. Las dos trincheras estaban
    tan cercas que se establecían conversaciones todos los dias, dándose el caso, no inusual, de saludarse
    familiares que la Guerra Civil por pura casualidad, habían puesto como enemigos. Pero, como íba a
    faltar lo quijotezco. A cierta hora de la tarde el Comandante o Capitán de dichos grupos, se ponían de
    acuerdo y había el equivalente de un alto el fuego y salían de cada trinchera para saludarse y
    preguntar por la familia ó conocidos. COMO NO PODÍA SER DE OTRA MANERA, TERMINABAN
    JUGANDO AL FÚTBOL.
    Mucho me gustaría conocer si hay conocimiento de estas anécdotas, que puedan corroborar lo
    antes escrito y, naturalmente, otros y nuevos casos.
    Gracias anticipadas. Como siempre, el más grande y sincero abrazo para Emiliano.
    Héctor Carvajal Garcia , email : hector elena11@gmail.com

    1. Querido amigo Héctor: lamenté ayer que, con las prisas, no pudiésemos charlar un poco. Lo haremos muy pronto, espero. Respecto a lo que preguntas sobre confraternización durante la guerra civil, se conocen muchísimos casos. Entre las trincheras rivales, próximas era frecuente, durante las épocas de tranquilidad en el frente, las conversaciones nocturnas. Lo de jugar al futbol no lo conozco. Invito a que si alguien sabe más de esto que se ponga en contacto con nosotros. Un abrazo de tu amigo Emiliano

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