Opinión

Carnaval

 

La verdad es que siempre había mirado las fiestas de Carnaval con aprensión. Sin duda ello se debía a los consejos de mi madre cuando yo era niño. Por entonces, en aquel bendito colegio de párvulos la fiesta se limitaba a llevar una careta de cartulina, con los agujeros en los ojos y boca y la nariz troquelada, que comprábamos por unos pocos céntimos a la «pipera«. Se sujetaba con una simple goma elástica. Algunos llevaban otra más sofisticada, de cartón en relieve, con la cabeza de un zorro, o de un burro, diablo, o lo que fuese… Costaban algo más. Y eso era todo. Nos las poníamos en el recreo o en el trayecto al cole…

 

Contaba mi madre que antes de la guerra no se podía salir de casa cuando llegaba el Carnaval por los muchos desmanes que se producían y que Franco había hecho muy bien al prohibir las expansiones callejeras. Después he sabido que el popular «entierro de la Sardina» se siguió celebrando, un poco como a escondidas.

Martes de Carnaval en Toro. Vino Tinto de Toro.

Lo que si había por entonces eran los bailes de disfraces, que se celebraban en locales y hoteles. Algunos vecinos de aquella casa donde nací no se los perdían, año tras año.

Ese es mi recuerdo madrileño. Al llegar a Salamanca siempre oí hablar de los Carnavales de Ciudad Rodrigo y de Toro, pero nunca sentimos, ni Pili ni yo, una atracción especial por conocerlos. A veces, al pasar por algún pueblo por esas fechas, como, por ejemplo, en Guarrate (Zamora), veíamos, sí, gente disfrazada, pero siempre con la cara descubierta, alegres y despreocupados.

Un martes de carnaval había ido, con Pili, a visitar un punto de posible interés paleontológico en la provincia de Palencia y, al volver lo hicimos por Toro. Aparqué el coche en las afueras para tomar algo y, ya que estábamos allí, nos quedamos a ver el famoso desfile de Carnaval.

Martes de Carnaval en Toro. Caperucita y el Lobo.

¡No es que fuese como cuando vi el mar por primera vez, pero si puedo decir que sufrí un gran impacto al comprobar que las cosas no eran como yo las imaginaba! Los distintos grupos de la cabalgata eran de lo más divertido que había visto y no ofendían a nadie, con un humor desbordante. No vi nada chabacano ni grosero por ninguna parte. ¡Fue como un flechazo instantáneo! Lo que más me gustó de aquel divertido día fue un grupo imitando a los Are Krisna y a otro con uniformes napoleónicos que llevaban un cañón que metía mucho ruido y disparaba confetis. ¡Allí disfrutaba sanamente todo el mundo, sin ver ningún exceso en nadie! Antes pensaba que en Toro, tierra famosa por su vino, cantado por el Arriero, el primero que llegó a las Indias, nada menos que acompañando a Colón en su primer viaje, se verían durante los carnavales muchos beodos. ¡Pues no! Lo que vi entonces y luego, siempre, siempre, fue mucha alegría, mucho humor sano… A veces con un intenso frío, que soportábamos como podíamos… Además, está el Carnaval Infantil, el de los Animales, el de las Bodas… Todo Toro participa muy activamente, durante todo el año, preparando Su Carnaval.

Martes de Carnaval en Toro. El Comensal.

Pili y yo nos apuntamos, desde entonces, a pasar una tarde muy agradable en esa bendita ciudad, que fue, por si algunos no lo saben, capital de la provincia del mismo nombre durante unos años. Ciudad donde ocurrieron importantes acontecimientos históricos de gran trascendencia. Con una Colegiata bellísima entre otros grandes monumentos…

Pasó el tiempo e hicimos una gran y entrañable amistad con gente de allí. Un martes de carnaval, antes del desfile, nos acercamos a un grupo para saludar a Flora: -¿Dónde está Antonio? ¿De qué se ha disfrazado este año?– pregunté. Un indio «sioux«, con su gran tocado de plumas, me saludó con un «¡Ao!» ¡Era Antonio! No había reconocido a ninguno de la tribu.

Pero aquel día Pili ya estaba tocada por el Dedo de Dios y me di cuenta, al comenzar la ruidosa cabalgata, de que aquel jolgorio tan sano y alegre la estaba perjudicando. Nos tuvimos que ir. Con un inmenso dolor cada año, ya no volvimos a tan entrañable y feliz fiesta ni a disfrutar con aquellos queridos amigos, que yo no olvido nunca. ¡Y Pili, si pudiera, tampoco!


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