Opinión

Primer amor

 

Hace unos días cayó en mis manos un libro de Emilio Salgari que no conocía: «Mis memorias«. En aquel tiempo que viví entre la infancia y la adolescencia leí –¡cómo no!– varias novelas de este prolífico autor. ¿Quién, de los mayores de 40 años, no conoce a Sandokán y sus Tigres de Mompracem? Salgari llevaba a sus héroes no sólo a los mares de Malasia; también al Caribe, al Far West, a las selvas africanas y hasta a las regiones polares. Pero no conocía esta faceta suya, que se supone autobiográfica por su título, ni sabía nada de los grandes apuros económicos que padeció. Él, que había enriquecido a sus editores al ser el autor de mayor tirada de su tiempo.

La lectura de su «Mis memorias» me ha llevado a pensar que cuando lo escribió no distinguía la realidad de lo que imaginaba, sintiéndose como protagonista de sus aventuras inventadas, llegando a afirmar la existencia de Sandokán, de quien dice que compartió sus luchas. ¿Lo haría a sabiendas o sería el producto de una mente confusa, que le llevó a una dramática muerte? En cualquier caso hay que reconocer la fertilidad y facilidad de su pluma, que te enhechiza desde las primeras líneas.

Hay algo de su lectura que ha encendido una lucecita en mi cerebro. Al comienzo del libro nos dice que cuando tenía doce años se enamoró –¡infantilmente, claro!– de una niña de su edad, inglesita, a la que vio durante un paseo por su natal Verona. Después de varios encuentros se atrevió a hablarla, pero la institutriz, también inglesa, le cortó bruscamente la palabra. No las volvió a ver, achacando a este episodio la profunda anglofobia que padeció durante toda su vida.

Esto que cuenta Salgari me ha traído recuerdos de mi infancia. Cuando tenía ocho años hice mi Primera Comunión en la Iglesia de San José, de Madrid, mi parroquia. Me resulta sencillo volver a la ilusión de aquellos días, gracias a las fotos que me hicieron en un estudio y en la Rosaleda del Parque del Retiro. Estoy yo en ellas muy ufano con mi traje blanco y todas las prendas y adornos que se suelen llevar en tal ocasión.

Había entonces la costumbre de llevar al neocomulgante a visitar a los parientes y amigos en sus domicilios, y estos le entregaban, a cambio de un recordatorio, un regalito o un dinerito.

Como había mucha gente a quien visitar se empleaba otro día, añadido, para hacerlo. En mi caso, creo que fue dos días después de la Comunión.

Hasta aquí, ya digo, me ha sido fácil recordarlo, gracias a las fotos. Pero ahora, con el libro de Salgari, se han puesto a trabajar mis neuronas, y…

Aquel día iba yo, tan marcial en mi impoluto traje, con mis padres, a visitar a unos parientes que vivían al lado del Puente de Toledo, en una casona de varios pisos, aislada, que estaba antes de la entrada al Puente, a la izquierda, muy cerca de donde ocurrió aquel trágico accidente tranviario.

Habíamos cogido un tranvía y en una parada subió una niña, con sus padres, vestida con sus galas de Primera Comunión. Nos miramos y aquella mirada penetró hondamente en mi alma, haciéndome vivir sensaciones nuevas para mí.

No la volví a ver, pero aquella niña fue durante mucho tiempo la heroína de mis ensueños infantiles. Luego la olvidé. ¡Hasta ahora! ¡Ha vuelto!

¿Cómo era la que entonces fue mi tormento y mi gozo? ¿Rubia? ¿Morena? No lo sé. No consigo verla. Mejor dicho, ¡sí!

¡Sí! Veo su remozado rostro: ¡es la carita infantil de mi Pili, que, por esas maravillas de nuestra mente, ha sustituido totalmente a la de aquella niña, mi primer amor!


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4 comentarios

  1. Querido Emiliano,

    Dicen por ahí que fué un maestro de sus hijos quien escribió las memorias de Salgari. Moraleja, Emiliano, escribe tus memorias antes de que sean otros quienes lo hagan por tí…

    Un abrazo y hasta pronto,

    Emilio

    1. Hola Emiliano; otra vez contigo. Me encantaba haber tomado mi primera C…como otros niños. En un grado de egoísmo creo yo….que se me nublaba algo los ojos ver en otros esos regalitos después de tomar la primera comunión en unión a Jesús. Yo me preparé para ello, en la Iglesia de San Sebastian, en el 53 del siglo pasado, A mi madre…..le preocupa, pues no poseía para celebrarlo, se lo dijo a mi padre….y le respondió: yo que estaba ojiabierto-y auditivo (entonces) me decidí después de prepárame ir por libre una mañana de un domingo a recibir a «Jesús» el corazón me estallaba de jubilo al recibirlo; una sensación plena de luminosidad. salí corriendo después de la celebración de la misa hacia mi casa en la calle Ancha (barrio hacia la Ribera del Puente) y se lo comuniqué. Madre…ya he tomado la -comunión- no hace falta dinero alguno. Siento decirlo pero así fue, me quedé con ganas de mi recordatorio, y ese detallito en forma de rosarito con bolas aperladas y como no¿ con algún regalito?. Mi vida a sido un trajín sin final. ¡¡Ah!! sabes otra historia…de mis antecesores; soy un Ladrón de Guevara Eguíluz Carba, mi tatarabuela fue la «Marquesa de Madrid», que tuvo un hijo y al morir lo reclamó dejando constancia de ese -ser- que engendró con «Ladrón de Guevara» de paso a la conquista del Nuevo Mundo; (no se casó la Marquesa) y si lo dejó depositado en un torno de la -monjas de la Inclusa- en Béjar. Aquel niño, fue reclamado en el pueblo de Garcibuey (Salamanca) y los padres adoptivo los negaron a lo Aguaciles su existencia. Como verás…..mi sensibilidad viene de lejos. Un abrazo. Agur

    2. Respuesta: Sí. Hay esa versión. Otras dicen que fue uno de sus hijos, tomando las notas que dejó su padre… Evidentemente hay más fantasía que realidad en esas Memorias. Ahora, hay que reconocer que su lectura es fascinante.
      Un abrazo

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