Opinión

Maceros

 

El pasado 29 de octubre asistí a la entrega de la Medalla de Oro de la Ciudad a la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzhéimer de Salamanca. El acto fue presidido por el Alcalde, Alfonso Fernández Mañueco, que hizo entrega de tan alta distinción, la más alta, a la Presidenta de AFA, Magdalena Hernández Mediero.

No creo que haya un homenaje más merecido. Esta Asociación fue hace 30 años la primera de este tipo en España. La siguieron muchas similares, y no sólo en nuestro país, haciendo que Salamanca sea un referente en la lucha contra esta terrible enfermedad que afecta a tantas familias enteras.

En muchas ocasiones he dicho, y lo seguiré diciendo siempre, que en ningún sitio como en la residencia Boni Mediero, de AFA, he visto el cariño y la entrega de esos ángeles que son las cuidadoras y todo el personal –¡los Ángeles de AFA!— que atienden a esos otros ángeles que son los tocados por el Dedo de Dios, los enfermos de alzhéimer. En ese lugar es obligatoria y facilísima la sonrisa –¡cómo no, rodeado de tantos ángeles!— y está prohibido el desaliento. En su puerta habría que colocar un letrero, como aquél de la «Divina Comedia», pero en éste estaría escrito «Dejad aquí toda tristeza».

El Ayuntamiento de Salamanca, a quien tanto debe la Asociación, se puso de gala para esta ocasión, con guardias de honor y maceros.

Yo, como Familiar de AFA que soy, me erijo aquí como portavoz de todos para ofrecer nuestro más emotivo agradecimiento por este reconocimiento público que, ojalá, marque un antes y un después en la existencia de la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzhéimer, de Salamanca.

Durante la ceremonia, una lucecita se encendió en mi cerebro. Fue al ver a los maceros del Ayuntamiento de Salamanca.

Y recordé, de pronto, que el padre de mi gran amigo de la infancia, Jesús, fue macero en el Congreso de los Diputados, de Madrid. Muchas veces le buscaba en las fotografías que salían en los periódicos cuando había algún gran acontecimiento; ¡y allí estaba él, vestido con el histórico tabardo y portando la gran maza del poder!

Se llamaba Senén González y era natural de un pueblecito al norte de León, donde él y su hijo pasaban algunos veranos. Jesús fue mi entrañable compañero en el colegio, cuando yo tenía 6 a 10 años y él 2 más. Luego yo hice el bachillerato en el Instituto Cervantes y él en el Colegio de San Antón. Pese a esa bifurcación de nuestros caminos estudiantiles, fue mi inseparable acompañante en nuestros juegos, leyendo los tebeos y en nuestras correrías por el Parque del Retiro o en la Casa de Campo. Vivía en el último piso de un edificio de la calle de San Bartolomé y, siempre que tenía un momento libre lo pasaba en mi casa. Mi madre, que le quería como a un hijo, había veces que le mandaba a él a los recados en vez de a mí, que me hacía el remolón.

Macero de los Reyes Católicos, en el cuadro «La Rendición de Granada» de Francisco Padilla (1882).

Recuerdo que su madre falleció de leucemia en el año 59. Era un domingo, y algunos amigos subimos a su casa a consolarle. Al día siguiente acudí al entierro en el cementerio del Este, en uno de aquellos autobuses que se alquilaban para esas tristes ocasiones.

Se me atropellan en la mente muchos, muchísimos, momentos que pasamos juntos, con otros amigos de la calle Barbieri, cuando íbamos todos a un cine de sesión continua, después de jugar una partida de billar. Es curioso que habiendo tantos cines de barrio que conocíamos, siempre se me viene al pensamiento el Dos de Mayo, cerca de la plaza del mismo glorioso nombre.

Otros momentos inolvidables eran los que pasábamos bailando en los guateques que organizábamos en la peluquería del padre de Luis Sierra, donde nos disputábamos sacar a nuestras chicas preferidas… Sombras difusas de rostro borrado…

Maceros de Segovia, en Zamarramala.

Yo le metí en el mundo del rugby, en aquel equipo fundado por «Cachorro» y por mí, el Arguelles, que fue campeón de Castilla de 2ª división en la temporada 1961-62.

Después la vida nos separó. Yo vine a Salamanca y él marchó al Canadá, donde inició una nueva vida. Al cabo de mucho tiempo empezamos una relación epistolar, que continúa… Al otro lado del mar le llaman Luke, derivación de su segundo nombre: Lucio.

Pero para mí, querido Luke, siempre serás Jesús, y te veré al lado de mi madre, ayudándola a hacer las riquísimas rosquillas y caracoles de Navidad, en aquella casa que me vio nacer, donde fuimos tan felices…


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