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Un invidente de Valdecarros arregla los coches de memoria

Poldi dice que “no por eso hay que dejar de vivir”

 Leopoldo Vicente es un vecino de Valdecarros cuya discapacidad visual no le ha impedido disfrutar de su pasión: la mecánica, a la que dedica la mayor parte de su tiempo de manera “altruista”.

 

Texto: Beatriz Jiménez/ Ical

Fotos: Jesús Formigo /Ical

Valdecarros es un pequeño municipio de Salamanca, que cuenta con cerca de 350 habitantes. Allí todos los vecinos conocen a ‘Poldi’, como llaman de forma cariñosa a Leopoldo Vicente. A sus 65 años y aunque padece una discapacidad visual, nada se le pone por delante. Sus manos son el reflejo de una vida entre motores, baterías y piezas que repara o repone en un garaje del pueblo que usa a modo de taller. Leopoldo las muestra orgulloso porque no tiene “ni una cicatriz” en ellas. Siempre va “con mucho cuidado” y procura asegurarse bien antes de empezar la tarea. En este espacio pasa la mayor parte de las horas, a veces acompañado de la radio y otras del silencio o el rugido de los motores.

Nunca se ha dedicado a la mecánica “de manera profesional” como él dice, pero todos los que conocen a Poldi le consideran como tal. Son más de 40 años en el mundo del motor, “casi nada”, relata entre risas, por lo que es todo un profesional con “mucha memoria y tesón”.

De aprendiz a autodidacta

Su padre tenía una herrería donde él comenzó como aprendiz. Allí fue donde fraguó su interés y “ese gusanillo” por los mecanismos y el funcionamiento de las cosas. Mientras se coloca sus gafas de sol, cuenta que “de aquellas” cuando era joven, tenían en la familia una cosechadora que a veces se estropeaba y había que “arreglarla como fuera” y es así como logró aprender. Se considera “autodidacta”, dice que muchas de las cosas que sabe las ha conseguido “con el tiempo y la práctica”. También durante unos años aprendió el oficio en Salamanca, pero confiesa que con lo que de verdad se adquiere rodaje “es con la experiencia”, y remarca de nuevo, “y de trabajar mucho”.

De esta manera, Poldi llegó a ser “el mecánico de Valdecarros”. Sin dejar las herramientas de lado, explica que “como no había nadie en el pueblo que arreglara estas cosas cuando se rompían”, él decidió ponerse manos a la obra y ayudar a sus vecinos. “Así aprendí”.

Superando barreras

Su discapacidad visual le ha impedido, en cierto modo, ejercer un empleo, según relata Leopoldo, aunque en el campo desempeñaba el trabajo como uno más. Confiesa que “siempre he visto poco” debido a una enfermedad degenerativa, pero no fue hasta hace diez años cuando perdió la vista “por completo”. Aunque “era poco”, veía y se defendía. Hace años pasó por una operación en Barcelona para intentar solventar el problema, pero “no volvió a ver más”, aún así incide en que “no por eso hay que dejar de vivir”.

Reconoce que tiene muy buena memoria, por eso a este vecino de Valdecarros no se le pone nada por delante, para él “no hay barreras” como tal y asegura defenderse “de maravilla” por su pueblo. Va de un lado a otro sin problema con la ayuda de su vara, a la que deja a un lado en cuanto toca las piezas de su taller. Ahí se siente seguro, rodeado de sus cosas, sus trapos y sus máquinas. Hace un tiempo instaló un elevador que le ayuda a mantener los coches en alto para poder reparar las partes bajas o cambiar las ruedas, como hace mientras habla.

Tiene pequeños “trucos” que le facilitan los arreglos, como por ejemplo, colocar siempre en el mismo sitio las tuercas y piezas en orden, para saber dónde tienen que insertarse de nuevo. Para Poldi esto forma parte del día a día, supera de manera natural “esas posibles barreras”, con la mejor de las sonrisas. “No hace falta ver para arreglar un motor”, se trata de “recordar y saber hacerlo bien”.

La mecánica como pasatiempos

Entre cosechadoras, piezas, y coches, pasa sus horas este salmantino. A veces “el tiempo se hace largo”, pero intenta refugiarse en su garaje, porque “siempre hay algo que hacer”. Lo tiene todo “a mano” así que no hay problema, además, “lleva toda la vida en esto” asiente con serenidad.

Para no aburrirse “se dedica a lo suyo”, y es que en estos momentos tiene entre manos un par de coches a los que debe que reparar unas piezas y la rueda de otro. Afirma que hay días en los que “no hay ni ganas y menos con el calor”, pero su fuerza de voluntad le hace acudir y seguir, apunta mientras abre y acaricia el coche de su sobrino, que tiene que revisar para pasar la ITV.

Leopoldo Vicente dice que la gente del pueblo y los conocidos, como sabían que se le daba bien, desde siempre le confiaban sus máquinas. Él con su buen hacer y sencillez lo repara, “yo les digo que a lo mejor tardo un poco más, pero se lo llevan arreglado”. Muchos aún se fían de “Poldi, el mecánico”, afirman los que pasean por allí. Una muestra de ello es la cosechadora de un vecino del pueblo de al lado que está en su taller para reparar el motor. “No paro, pero eso me gusta”, explica.

Nada es imposible

Cuando necesita hacer tareas “de ver”, acude a su sobrino, como por ejemplo para “cosas del ordenador y así”. No quiere “a nadie” en el taller, porque dice que “no tiene ningún problema” y se vale por sí solo y si no sabe algo, “lo pregunta y aprende de ello”.

Entre risas, asegura que “todas las máquinas son más o menos iguales” y en un par de días “se puede aprender el manejo”, pero, claro, “hay que querer”, remarca. “Entendiendo una, se entienden todas”, es pura intuición y para eso no hace falta ver. “Uno se apaña investigando y haciendo injertos”. Para él la mecánica no tiene secretos, pero eso sí, “hay que andar con cabeza” para no tener ningún accidente.

Cuenta que muchos se quedan mirándole “como si viera algo”, “porque dirijo los ojos hacia lo que estoy haciendo” y es cierto que se maneja con gran destreza y soltura. En ese sentido, asegura que “no todo es fácil, pero nada es imposible”.

Los clientes de Poldi traen las piezas que generosamente él arregla o repara. No suele cobrar un jornal, porque lo hace “por gusto” y porque le “entretiene”, así que explica que muchos le dan gratificaciones.

Entre sus mensajes, destaca que “uno no puede quedarse parado porque haya una barrera”, y dice que siempre hay motivos para seguir. Sin duda, Leopoldo, el mecánico invidente de Valdecarros, es un ejemplo de superación y una lección de vida, para la que “no hace falta ver” con los ojos, sino con el corazón.

 

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