Opinión

Cazado

Existe toda una batalla en torno a dilucidar la cuestión de si Pedro Sánchez es el peor presidente de la reciente historia democrática española. Y esa batalla se está librando sin contemplaciones y, en el ámbito mediático, situándola por delante de la preocupación real por  poner en valor el avance contra “la curva de expansión del coronavirus”.

Una crisis como la que ha desatado la pandemia exige medios, capacidad de dirección, registros comunicativos y reconocimiento de errores. El cómputo de estos, por parte de los dirigentes gubernamentales, estuvo ausente en las primeras semanas del proceso, hubo que arrancarlos con fórceps en los momentos posteriores y, solo últimamente, hemos escuchado la aceptación de alguno de ellos. En el campo de los registros comunicativos habrá que convenir que el espectáculo ha sido, en ocasiones, calamitoso: desde la presencia de los uniformados en las explicaciones públicas del “Comité técnico de gestión del coronavirus”, pasando por los desajustes temporales entre el anuncio de las medidas y la publicación de las mismas, terminando por la frecuencia de ocasiones en las que ha habido que desdecirse. Todos ellos ejemplos que no han ayudado a la tranquilidad de la ciudadanía, ni permitido la relajación de los cuñaos y, por ende, han alimentado la agitación de los voceros del apocalipsis.

Sobre la capacidad de dirección se podrá discutir lo que se quiera pero el Gobierno de coalición progresista fijó desde el inicio cuatro objetivos esenciales: Control de la pandemia, Protección para los sectores sociales en riesgo, Sostenimiento del tejido productivo y Protagonismo en la articulación de una respuesta europea. El primero, frente a los que dicen que ya está alcanzado y exigen rapidez en la desescalada, digamos que está en camino. En cuanto al segundo y al tercero, la firma del acuerdo, el pasado 11 de mayo, entre Gobierno, asociaciones patronales y organizaciones sindicales por el que los ERTE por fuerza mayor se desligarán de la declaración del estado de alarma y se prolongarán hasta el 30 de junio, sirve para confirmar que avanzan adecuadamente. Indiscutiblemente, el último se encuentra en la fase de marear la perdiz, aquella a la que los contrarios al avance de la cohesión social europea acostumbran a conducirnos.

Es evidente que se respondió tarde y de manera inadecuada, pero sobre la escasez de medios y el potencial aniquilador del virus responsabilidades gubernamentales las justas.

Y en cuanto a los medios pues podremos hacer la valoración que consideremos pertinente, pero siempre que tengamos en cuenta dos cuestiones no baladíes. Primera, que el gobierno llevaba en funciones apenas dos meses, es decir, los recursos con los que contaba realmente eran los que habían dejado a su disposición los gobiernos anteriores. Segunda, que el grueso de las competencias sanitarias llevaban transferidas a las Comunidades Autónomas desde el año la picor o la polca o la nana, a gusto del lector. Es evidente que se respondió tarde y de manera inadecuada, pero sobre la escasez de medios y el potencial aniquilador del virus responsabilidades gubernamentales las justas.

Sin duda, muchos de los que me lean pueden decir que esta argumentación es banal, que las explicaciones son nimias y hasta que, en su conjunto, todo ello es un cúmulo de falsedades. Salvo esto último, se admite lo anterior y, llego a aceptar, sin entrar en profundidades, que el actual Gobierno de Sánchez sea el peor de nuestra reciente democracia. Al menos así viene considerándolo sistemáticamente el subsistema mediático del conservadurismo español.

El mismo que, durante la última semana del mes de abril, estuvo trabajando para convertir la sesión de la prórroga del Estado de alarma en el chupinazo de sustitución del inicio de los sanfermines. Ellos por su cuenta y riesgo había decidido que, este año, el 6 de mayo sería San Fermín: desenjaule en sede parlamentaria de las diferentes ganaderías, devolución del toro a los corrales con el rechazo a la propuesta de prórroga, representación del fracaso del maestro en su lidia, con salida entre abucheos y almohadillas y, a ser posible, empitonado para forzar su retirada y alcanzar ansiada gobernación según “el Manual de funcionamiento democrático como dios manda”. Cuya clave de explicación siempre han poseído nuestras élites dominantes y el único que, en su opinión, pueden y deben entender las clases subordinadas de nuestro país.

Pero, inexplicablemente, la cosa no ocurrió así. Y, salvo los enredas, los gruñones, los jeremíacos y los cínicos del apocalipsis, la ciudadanía española tendríamos que formularnos la pregunta que corresponde: ¿Por qué? ¿Cuál es la explicación? Y yo, llegados aquí, me atreveré a avanzar una respuesta. El plan no salió así porque Sánchez y su Gobierno disponen de una ventaja inconmensurable: ningún presidente democrático ha dispuesto de la suerte de enfrentarse a una oposición tan maula como la actual.

Y digo maula y no mala porque esta caracterización conlleva una dimensión moral que sólo le corresponde a la que encabezó un dirigente político en los fines del siglo XX. Y digo maula porque con apenas tres gestiones de la Vicepresidenta, como apoderada, dos salidas a los medios, como picador, del Vicedós, unas banderillas de Ábalos, el apoyo de la moza de estoques, la Asturianita y el brindis del lidiador a una distinguida del público, la supuesta jugada maestra quedó diluida.

Pablo Casado está atrapado. Cazado por el marcaje de Vox y por la jaula de hierro que José María Aznar pretende ejercer sobre los líderes de la derecha española, que han sido después de él. Cazado por quienes organizaron y estuvieron en la Plaza de Colón

Y digo maula porque la pieza central de esa oposición, el Partido Popular, carece de músculo político frente al frágil adversario gubernamental. Y, como colofón, Pablo Casado, para ejercer una oposición en condiciones, carece de autonomía frente a sus soportes económicos, a sus deudores ideológicos y ante quienes compiten en su mismo espacio. Y, desde luego, en presencia de su Padrino. Pablo Casado está atrapado. Cazado por el marcaje de Vox y por la jaula de hierro que José María Aznar pretende ejercer sobre los líderes de la derecha española, que han sido después de él. Cazado por quienes organizaron y estuvieron en la Plaza de Colón.

Donde, por cierto, Inés Arrimadas no estuvo. Se puede argumentar que no estuvo por agenda personal, por circunstancias particulares o, incluso, por dejadez personal. Pero el hecho incuestionable es que ella no aparece en las fotos. Esa es su ventaja y esa es su fortuna: ella es partícipe del naufragio, pero no consta su autoría y puede reflotarse. Y como dispone de autonomía, en la sanfermín del coso parlamentario, pudo y supo moverse. Y la articulación de esa oposición es tan débil que un mínimo gesto, apoyar una propuesta razonable, ocasionó un terremoto que llegó a Marbella.

Con un automatismo inusitado, el buitre que allí reside se puso a grAznar. En apenas unas horas  la fundación que preside, FAES, emitió un comunicado descalificatorio contra Ciudadanos en el que, de entrada, señalaba que “su apoyo a la prórroga suena a expiación autoimpuesta o a una tardía búsqueda del tiempo perdido”, de seguido acusaba de que el respaldo a los Ertes suponía “una humillación excesiva a (los) recién ganados, al menos por lo precoz”, y terminaba con un desplante maleducado: “cuando la recomendación esencial para no contagiarse es mantener las distancias, deciden arrimarse”.

Ustedes verán, pero como decimos en Galicia: “Home pequeno é bo se quere, obligación non te”. Así vamos.

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