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Yo creo que es indie

 

Desde le principio de los tiempos, desde que el ser humano desarrolló el lenguaje y con él la comunicación, y uno de las necesidades era dar sentido a todo aquello que le rodeaba desde lo mas complejo a lo más simple. De esta manera nombraba y dotaba a todo su entorno clasificándolo dentro de un significado y una familia semántica. Esta idea simple relacionada con el saber humano ha ocupado todas las disciplinas y con ello también el arte, de modo que cada vez que ha surgido un nuevo movimiento artístico o una innovación dentro de uno ya existente, se ha nombrado y catalogado.

Por: Gonzalo Barrueco Otero

La música, la literatura o la pintura son claros ejemplos de ello, teniendo cada uno una lista innumerable de géneros o corrientes conocidas internacionalmente, y en el cine no va a ocurrir lo contrario. Esto a priori no es malo ni mucho menos, es parte de nuestra condición, sin embargo catalogar todo en exceso puede llevar a una serie de malas prácticas que pueden ser contraproducentes para la propia disciplina.

Cojamos de nuevo el ejemplo de la música. Imaginemos una situación típica en un bar a media tarde. Dos amigos están tomando una cerveza cuando uno de ellos repara en la música de fondo y le pregunta al otro: “¿Qué tipo de música es esto? Me suena mucho”  “No sabría decirte, yo creo que es indie”.  ¿Cuántas veces puede habernos ocurrido esto?

Si no ha sido así, entonces es para alegrarse, pero al menos por experiencia personal más de una y dos veces me ha ocurrido. Lo que ocurre aquí con el género indie es que se convierte en el cajón en el que se tira todo aquello que no pueda catalogarse, llenándolo de una miscelánea de canciones que seguramente muchas de ellas no comparten nada en común. En este caso, el indie olvida su definición cuando venía a referirse a “independiente” refiriéndose a aquellas canciones que no contaban con una producción y una discográfica profesionales detrás, sino que normalmente se auto-editaban.

En el caso del cine, ese cajón es el cine experimental. Cuando una película desplaza los límites del lenguaje audiovisual y del cine narrativo convencional sea del tipo que sea, podemos llamarlo cine experimental, sin embargo lo que ha acabado ocurriendo es que se ha pervertido esta definición. El cine experimental se ha acabado convirtiendo en un género propio que engloba todas aquellas películas “diferentes a lo normal” o incluso aquellas películas que no entendemos, convirtiéndose a su vez en algo incluso despectivo. Aunque peor destino tiene el documental, que muchas veces no se entiende como una película por el público, sino algo a parte, incluso menospreciando todas las posibles formas que tiene acaba siendo esa pieza sobre leones y ñus de después de comer.

Todo esto creo que se debe a que cada vez la mayor parte de la producción cinematográfica se está homogeneizando en cuanto al público al que va destinado y las películas o series acaban pareciéndose más y lo que sale de ahí pasa a ser experimental. La sociedad avanza hacia un mundo de consumo rápido y sencillo debido también a la sobre información en la que vivimos. Nuestro gusto se vuelve más uniforme y menos experimental (en el sentido de probar cosas diferentes), prueba de ello es el famoso algoritmo de las plataformas, que escogen contenidos parecidos a lo último que hayamos visto para ofrecernos una experiencia similar y así nuestras preferencias acabarán siendo siempre las mismas.

Por ello la gente cada vez consume más series, un formato no tan extenso como un largometraje que es adaptable al ritmo de vida. Hace un año, cuando Scorsese sacaba Irishman, la red se llenó de comentarios en torno a su extremada duración e incluso algunos publicaron como dividir la película en trozos para poder verla salteada. Evidentemente por motivos de fuerza mayor hay personas que no pueden dedicar más de tres horas a una película, pero para aquellas que sí, ¿el problema es la duración? ¿O que nos hemos desacostumbrado a ver formatos que superen las dos horas?

Y otro asunto ya no es únicamente la duración sino el ritmo de la película. Las producciones comerciales son cada vez más frenéticas y no hay respiro, todo para mantener al espectador pegado a la butaca o al sofá. La última película de Christopher Nolan, Tenet, es un ejemplo de ello, un festival de fuegos artificiales para que no pestañees ni te de tiempo a parar a pensar lo que está ocurriendo. En comparación, un cine más “lento” parece todavía más lento y a este paso llegará el día en el que una película de Steven Spielberg pase a entenderse como cine lento.

Catalogando o no, el peligro es la generalización y la pérdida de significado. Quizás nos hemos instalado en una parcela de confort contraproducente para muchas historias que necesitan de una mayor duración para ser contadas, o que para ser más interesantes escapan de las narrativas o las formas convencionales, pero no por ello van a ser peores.Evidentemente también habrá muchas malas películas y muchas malas series que en su intento por separase de lo convencional acaben siendo experiencias audiovisuales terribles, pero habrá muchas otras que estemos dejando a un lado y sean experiencias maravillosas.

No todo aquello que escape de lo convencional es cine experimental, pero lo que sí es, es cine con el que podemos experimentar emociones igual de convencionales.

 

 

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