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Opinión

¿Y quiénes son?

 

Caí en la cuenta, no hace mucho, de que no tengo ni pajolera idea de quiénes son los diputados y senadores que me representan en Madrid. Mirándome al espejo de las sinceridades, fui notando una mueca de satisfacción a medida que percibía con fuerza esta incultura política que ya ni me preocupa.

Lo curioso del desaguisado político que padecemos es que todos los cercanos, a quienes les he lanzado la pregunta de marras, comparten conmigo esta ignorancia con suma alegría, añadiendo la famosa frase que recuerda el precio de un huevo de pato viudo.

Vamos que, en el foro donde me muevo, los representantes políticos de esta tierra son bultos en sospechoso anonimato que deberían cuestionarse si este desconocimiento de su identificación es general entre los ciudadanos. Leñe que, si se tiene un poco de decencia existencial, puede infundir un enorme trauma el sentirse formando parte de una banda de ignorados por parte de quienes los sostienen en las atalayas del poder con su voto.

Lo bueno que tiene esto es que nuestros políticos, a parte de sus prebendas, disfrutan la gracia de moverse por nuestras calles sin que les incordiemos con cualquier minucia que pueda ponerles rojo el careto al no ser reconocidos.

Este es sin duda uno de los grandes defectos de esta democracia que hace aguas en el espacio de las proximidades, donde el votante debería sentirse representado con verdad y tener un lugar donde poder ir a darle el coñazo si fuese preciso al diputado de turno, pero sobre todo ostentar la fuerza en un voto democrático que pueda penalizar la elección de quien se escaquea de sus obligaciones o premiar a quien se merezca la confianza de un particular y reflexivo apoyo.

Lamentablemente la barraca se montó para que unas listas cerradas enmarquen los intereses de los grupos políticos, entre gangas, agradecimientos y paupérrimas sumisiones que en el fondo interpretan un guion de antemano establecido. Y así comprobamos cómo esas votaciones herméticas en las Cámaras no contradicen la línea diseñada en los cuarteles de la cosa suya por los jerarcas del condominio.

Otro gallo cantaría en el corral de la democracia, si el sillón se tuviese que conseguir en la calle dando la cara ante el ciudadano, desde unas listas abiertas que permitiesen nuestra elección en base a preferencias o descartes. El Parlamento por fin vería cómo se desploma este sucedáneo espíritu participativo que como un engaña bobos llega cada cuatro años para meternos en ese carrusel de promesas farsantes que una y otra vez inflan nuestro hartazgo.

Claro que de sobra saben los moradores de la política reinona que el cocido lo tienen tan bien condimentado con sus intereses, que aspirar a una democracia con almíbar solo es puro galimatías metafórico de soñadores.

Por esto me importa media brizna de polvo rancio, quiénes son sus señorías. El mismo interés que tienen ellos por conocerme, a la reciproca lo hago mío, con más fuerza si cabe.

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