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Opinión

De la negrura de aquellos años

Fui uno de los manifestantes en aquella convocatoria tan especial que se llevó a cabo durante el año 77 en las ramblas de Barcelona. La concentración estaba organizada por el Front d’Alliberament Gai de Catalunya (FAGC) y uno de sus principales objetivos era conseguir la derogación de la ley de Peligrosidad Social.

Barcelona en aquellos años congregaba todas las noches múltiples corrillos de culés que se reunían en Las Ramblas para compartir las maravillas del Barcelona de Cruyff, mientras que instruidos militantes anarquistas y comunistas se infiltraban en aquellas reuniones callejeras para reconducirlas hacia la discusión sobre las ayudas arbitrales que recibía el Madrid y el centralismo patrio que mermaba los derechos de Cataluña.

Al final aparecían los gritos que denunciaban el fascismo, el recuerdo al dictador y a los fieles mariachis que seguían resucitando su memoria desde los balaustres del poder. Al final se remataba con la proclama que a voces decía: ¡policía asesina!

Y claro, en cuestión de minutos aparecían las lecheras preñadas de grises que surgían como auténticos maderos experimentados en hacer bailar la porra. Podría escribir un libro sobre aquellas noches entre fuegos, tanquetas de agua y detenciones irracionales que mostraban todavía el largo reinado de la bestia. Eran las palabras contra la fuerza bruta que surgía de los engranajes de un régimen viejo y caduco que aún manejaba los hilos de aquellos negros y chirriantes años.

En ese ambiente de palizas con olor a acera y amenazas con hostias como panes en las siniestras comisarías, llegaba aquella manifestación que desafiaba las buenas costumbres de un nacional catolicismo agonizante, entre reivindicaciones de derechos para los homosexuales que eran tratados como basura social.

Recuerdo, en una neblina densa de balas de goma y humos de mala leche, aquella estampida donde nos vimos atrapados entre los que aspiraban a seguir hacia la Plaza de Cataluña y los que huían despavoridos buscando salida por las calles adyacentes a Las Ramblas. La Policía Armada (vaya nombrecito) estaba repartiendo obleas y golosinas tratando de despejar la calle. Las palabras y reivindicaciones de libertad volvían a derramarse por las cloacas del sistema, que entonces trasmitía carruajes de involución y desesperanza.

Por aquellos días un amigo gay que solo atendía al nombre de Pilarita nos mostraba una finísima sensibilidad que tocaba todo lo que veían sus ojos. La pluma exagerada que nutría sus gestos y su voz, así como la manera provocadora y extravagante de vestir, eran una forma de protestar ante la discriminación plagada de insultos y faltas de respeto que sufría.

Pilarita, ahora que tras su jubilación vive feliz junto a su marido, asegura que mereció la pena aquella lucha en la que se dejó el alma, pero critica con fuerza la sobre exposición que propagan desde las militancias en los terrenos de la sexualidad, que según él sobran por no venir a cuento en este tiempo que vivimos. Después reconoce que siguen vivos los retratos anecdóticos de esa gentuza que no es capaz de respetar a quienes militan o ejercen sus derechos a vestir o ser como les venga en gana.

Pilarita, haciendo memoria, asegura que nunca pensó en aquel tiempo que podría llegar a convivir con un hombre bajo el amparo protector de la ley y según él, eso colma sus casi olvidados sacrificios…

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