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Opinión

Demagogia y sinsentido

Llega un momento, en esta corta y acelerada vida, en el que te sientes obligado a dar un golpe en la mesa de las afectividades, creencias y bagatelas mundanales que nos van llevando hacia el redil del conformismo,donde nos espera nuestra propia autodestrucción moral. Todo por ser correctos y no caer en esa desgracia de que allegados y compadres de barra y vino puedan llamarte facha, facho, rojo, roje o cualquier otro descalificativo pintado de chorrada.

Lo peor es que, en la camada de mis buenos y decentes amigos, de izquierdas, derechas, de arriba ode abajo, creyentes y no creyentes, hemos llegando al buen tino donde convergenlas variopintas y plurales opiniones, de tal forma que la discusión acalorada con tintes políticos es una extrañeza.

Es verdad que, tanto en un lado como en otro, siguen vivas las excepciones que atizan el contrapunto en quienes no dan el brazo a torcer cuando se trata de defender teorías -desde mi punto de vista- sin fuelle por caducas y trasnochadas.

Este acercamiento de ideas tan dispares entre nosotros,hace cuatro días, a la menor disputa se rompía abriendo el canasto de las vivencias para atizar el mimbre. Tan pacífico compadreo se lo debemos -todos coincidimos- a este gobierno mantequilla que una y otra vez muestra su inestimable propiedad de ser untado sobre el pan de nuestros cabreos con enorme facilidad por extraños los comensales que a su lado dan la nota.

Podemos taparnos la nariz y coger, llenos de asco, el voto de nuestras conveniencias para introducirlo en la urna; podemos disculpar chulerías y desplantes, menoscabos en el respeto que se merece la prensa y sus lectores;podemos incluso asimilar -porque no queda otra- que los que sueñan con destruir el sistema democrático, mediante la legalidad vigente, pueden tocar la felpa patronera y todos los parabienes de la peor casta reconocible, gracias al valor del Palacio moncloíno.

Que un niño sea acosado junto a sus padres por hacer valer un derecho constitucional en su propio país, es para no entender ya de ninguna forma el maldito y asqueroso juego de quienes deben garantizar el cumplimiento del articulado constitucional que soporta los pilares de la democracia.

No es difícil encontrar en la memoria noches de agujas largas, cristales rotos y hombres marcados como animales…, no es difícil cuando la demagogia y el sinsentido van tomando acomodo y cuerpo de normalidad entre aquellos que simplemente por mantener las llaves del reino, hacen estragos en la historia democrática y lúcida que comenzamos a escribir entre todos bajo el amparo del espíritu del 78.

 

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