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Opinión

Burocracia y enchufismo

Debe ser idiosincrasia pura la manía que nos da por fabricar el enchufismo y la prebenda para que funcione a nuestro favor cualquier nimio detalle.

Y es que, mientras manufacturas paciencia al por mayor en cualquier sala de espera, puedes ver cómo reciben, rindiéndole honores, de repente a don fulano.

Que esto acaeciera durante la interminable dictadura, cuando la leche en polvo era imperativo colegial y el pan pringao en aceite aspecto culinario de primer orden, puede ser hasta entendible. Pero hoy es mucho más grave que estas lisonjas de poco calibre sigan marcando la pauta más paleta del tercermundismo cachivache, que da cancha a los caciques para que saquen pecho en el entorno de la cosa administrativa.

En un ventanuco de cualquier tinglado público pueden asegurarte la imposibilidad de darte fecha para extirparte el divieso antes de seis meses y que nada puede hacerse por mucho que remuevas el mondongo. Pero -mira por donde- se produce la milagrosa aparición del amiguete, que farda ser de la salud un señorito con poder, porque es catedrático de no sé qué, y te cuela al día siguiente por el morro.

Claro que lo mejor es tener un conocido que sea concejal para conseguir, sin pérdidas de tiempo, que te pongan el andamio medio metro más allá de la ventana o que te muevan el contenedor de la basura que da el cante dos calles más abajo. Porque, a fin de cuentas, como dice un colega que conoce por dentro las vísceras públicas de lo cercano, los técnicos de un Ayuntamiento son meros servidores del condominio político que corta el magro en cada momento puntual de la ceremonia ciudadana.

El caso es que, por mucho que se critique, si alguien nos resuelve el panorama desalentador de la espera interminable, olvidas de repente lo que tanto has criticado, y festejas como Dios manda la bondad del amiguismo presumiendo encima del asunto.

Y unamos a estos atropellos enchufables, la cara dura de quien en tu morro descuelga el teléfono para decirle a la parienta que añada ajo al mondongo, aprovechando ya que está metido en harina, para contarle el último chisme de la compañera, que parece ser que la ha dejado el último novio que tenía.

Y mientras tanto ahí estamos nosotros con el numerito de marras, transformándolo en una pelotilla para pasar el rato.

Por eso, el otro día, casi le doy cantando las gracias a un funcionario de la Junta, al que solo le faltó salir a despedirme a la puerta de la calle. Coña, es que hasta sudaba de satisfacción mientras me atendía cariñosamente con tanta solvencia.

Sería injusto no reconocer a esa mayoría de funcionarios que funcionan, pero lógicamente como pagador del tinglado vía impuestos y todo tipo de asaltos al bolsillo, me cubre, nos cubre el derecho a opinar como nos venga en gana. Faltaría más…

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