Decía Ramón Gómez de la Serna, ilustre madrileño, que «las cosas inconfundiblemente madrileñas producen siempre sensaciones calurosas, hasta el punto de que un Madrid sin moscas, sin horchata y sin bochorno nos parecería un Madrid sin entrañas».
Desde luego, no es bochorno lo que falta, aunque aún no sea verano, tras la triunfal visita de la presidenta de la Comunidad de Madrid a México (perdón, a «Méjico», como lo escribe ella, contraviniendo las normas de la RAE y el uso común en toda Latinoamérica). Ya había puesto el listón muy alto en el viaje anterior a EE.UU., cuando impuso a Trump la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid por «su labor en favor de la Hispanidad» y ser «el principal faro del mundo libre» (!). Justo cuando su policía de fronteras perseguía a los latinos para expulsarles y disparaba a los manifestantes a quemarropa. Cuando acababa de capturar a Maduro y a su esposa, dejando Venezuela intervenida, y amenazaba con castigar a Panamá, México, Cuba y Nicaragua si no se plegaban a sus designios imperiales. Toma Hispanidad.
Pero ese meteoro político que es la presidenta de la Comunidad de Madrid avanza imparable día a día hacia nuevos y cada vez más amplios horizontes de acción pública. 30 viajes a 15 países desde que está en el cargo, repitiendo en la Argentina de Milei y en EE.UU. Casi sobra el ministerio de exteriores. Y el de Cultura (y no es por lo que dice). Tras defender Madrid como quintaesencia de España toda, Ayuso pasó a reivindicar la ciudad como «capital europea del español», creando una Oficina especial con el ilustre académico Toni Cantó al frente. Normal. ¿Acaso la Real Academia, el Instituto Cervantes, el ministerio del ramo o los Centros del español de Burgos, Salamanca y La Rioja han sido capaces de frenar el avance del catalán y del eusquera, punta de lanza del separatismo? y ¿quién se encarga si no de españolizar a los niños catalanes y vascos?
Pero si evocar la Hispanidad ante Trump es ridículo, hacer lo mismo en México cae en la provocación (y más si llamas al país «narcoestado»; no hay que mentar la soga…). Bastante es que tengamos que aguantar las provocaciones en casa, como cosas de familia. Pero a Ayuso le suena bien el concepto de Hispanidad (con sus bonitos relatos del «Descubrimiento», la evangelización, la Malinche, Hernán Cortés…) sin darse cuenta de que la idea nació ya caduca hace un siglo, cuando la influencia política y económica de EE.UU. en Latinoamérica era mucho mayor que la de España. El conservadurismo español y dos dictaduras han contribuido a desprestigiar esa idea polvorienta y hoy sería difícil decir si significa algo. En América se habla español, sí, pero se usa entre otras cosas para expresar una discrepancia radical con esa efeméride (como la que hubo con el V Centenario en 1992). En Bolivia, el 12 de octubre es el Día de la Descolonización, en Argentina, del “respeto a la diversidad cultural” y en Venezuela y Nicaragua el de “la resistencia indígena”.
Nadie podrá dudar, sin embargo, del carácter internacional de la villa de Madrid. Ya el Tesoro de Cobarruvias, al especular sobre su etimología, la deriva de mater, «por serlo de tantas naciones que concurren a ella». (Aunque añade que, según otros, la palabra vendría del griego matrilion, que significa casa de putas, con perdón).
Así que en ese ombligo del mundo libre seguiremos viviendo «a la madrileña», con mucha marcha, cañitas y terrazas, y siempre esperando ver con qué ocurrencia nos sorprenden mañana la Srta. Ayuso y su maquiavélico consejero, y qué nuevos callos pisan.
Y es que el mundo ya no es el mundo: ahora es Madrid y sus alrededores.





















