Opinión

La actualidad del Frente Popular

El presidente Pedro Sánchez comparece en el Congreso de los Diputados.

El pasado día 14 presentamos en el C.D. de la Memoria Histórica el libro El Frente Popular de izquierdas del historiador Carmelo Romero. Lo hicimos en forma de diálogo con él y, aunque duró casi dos horas, quedaron algunas cuestiones en el tintero. Una de ellas puede interesar hoy, si la historia ha de ser, como decía Cicerón, magistra vitae. Puede enunciarse así: ¿qué lecciones pueden sacarse hoy de esa etapa final de la II República?

Romero señala que ahora asistimos «a un rebrote de la extrema derecha y de neofascismo en buena parte del mundo» y por ello, a 90 años de la experiencia del Frente Popular, tiene interés ver cómo enfrentó entonces una situación semejante. La historia nunca se repite, pero no es difícil ver fuertes analogías entre 1936 y 2026: auge de fuerzas de extrema derecha, regímenes que tienden a limitar o suprimir las libertades (a veces, cínicamente, en nombre de la propia «libertad»), polarización social y política, amenazas o actos de intervención en terceros países, riesgos crecientes de guerra general… El Frente Popular, tanto en España como en Francia, fue fruto de una amplia querencia social de unidad frente a esas amenazas. A la vez, en España se trataba de continuar el programa reformista del primer bienio (1931-1933), que abordaba los problemas seculares de España: la miseria y el atraso del mundo rural, el analfabetismo, la subordinación del poder militar al poder civil, la separación iglesia-estado y la formación de un estado autonómico y descentralizado, entre otros.

El F. P. fue fruto de la sensatez y la generosidad de las organizaciones firmantes, dispuestas a ceder parte de su ideario para consensuar una misma línea de acción política y un gobierno. Sabido es que en cuatro meses apenas pudo empezar a aplicar estas reformas. Las derechas y ultraderechas españolas venían conspirando contra la II República desde el mismo 14 de abril de 1931 y en la primavera del 36 aceleraron los preparativos del golpe militar que acabó de modo sangriento con la experiencia democrática. La España que «embiste cuando se digna usar de la cabeza» hundió al país en una Guerra civil, un largo aislamiento internacional y un atraso económico de décadas (el racionamiento duró hasta 1952).

Hoy la situación es potencialmente más grave que entonces. La población mundial casi se ha cuadruplicado desde los años treinta y también han crecido paralelamente los recursos de todo tipo. Pero así mismo han aumentado los riesgos existenciales para la humanidad: los arsenales nucleares disponen desde los años sesenta capacidad destructiva sobrante para acabar con toda vida en el planeta; los desarreglos medioambientales y climáticos dibujan una situación de emergencia, según señalan los especialistas; los riesgos de nuevas epidemias siguen en el aire y, lo peor de todo, la manipulación de las redes sociales y de algunos canales de información minan las capacidades cognitivas de las sociedades, envenenan su carga emocional y, con ello, anulan su capacidad de reacción frente a los avances del desastre. Así anestesiadas, «las masas» son capaces de votar y jalear a un líder que persigue y dispara a los disidentes y los inmigrantes, mientras anuncia la destrucción «de toda una civilización» en cuestión de horas.

Así pues, la necesidad de una conciencia y de un compromiso solidario es mayor que nunca, tanto dentro como fuera de los límites nacionales. Hoy asistimos al enfrentamiento entre dos mundos posibles. Uno donde impera la ley del más fuerte, la desigualdad social y entre naciones y la agresión al medio natural. Este es el que se va imponiendo, de momento. Otro donde valgan los principios de la Declaración universal de derechos de 1948, que hace a «todos los miembros de la familia humana» sujetos de esos derechos, principalmente la libertad, la justicia y la paz. Un espíritu universalista o ecuménico que es casi tan viejo como la propia humanidad y que tiene un eco lejano y local en el Frente Popular español. Al que los demócratas, los progresistas y los ubicados en el «no sabe/no contesta» deberíamos prestar más atención y apoyo, si no queremos acabar mal.

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