Con una asistencia bastante notable ?unas 30.000 personas, según el alcalde? se celebró el Día de Castilla y León en Villalar, que este año cumplía medio siglo. Por ello algunos veteranos hemos recordado las primeras convocatorias no autorizadas, cuando había en la campa casi más policías y guardias que paisanos y algunos de estos volvían a casa ‘calientes’ (y no por el sol).
Pero los recuerdos se difuminan con el tiempo. Me llamó la atención que en 2021 se pasara casi por alto en Salamanca el quinto centenario de la derrota de la rebelión comunera (no así en Valladolid). Algo chocante, pues, como señalé aquí hace un año, Salamanca fue uno de los lugares más comprometidos en la revuelta, aportando tropas a la Junta Santa, así como un programa político: la Carta de los frailes, elaborada por franciscanos y dominicos a petición del Concejo de Salamanca en enero de 1520. Se trataba en ella de limitar el poder del rey poniendo frente a él el de las instituciones de la ‘Comunidad’, entendida esta como ‘el común’, el pueblo, lo que más adelante sería el ‘Tercer Estado’. Como sostuvieron José María Maravall y Joseph Pérez, la de las Comunidades fue «la primera revolución de los tiempos modernos», precedente, por tanto, de la inglesa del s. XVII y de las de EE.UU. y Francia del s. XVIII. Una revuelta frustrada por la que Salamanca pagó un duro castigo.
He aquí que ahora se está celebrando el V Centenario de la Escuela de Salamanca, que sus promotores relacionan con el origen del derecho internacional, la libertad de conciencia y el pensamiento moderno, según dicen las webs oficiales del evento. Líbreme Dios de menospreciar la gran aportación teórica de la escuela a problemas inéditos, derivados del choque civilizatorio que implicaron los descubrimientos de los siglos XV y XVI, la colonización posterior y la aparición del capitalismo moderno. Pero me temo que esos conceptos no son del todo idóneos para una ‘Escuela’, que, por otra parte, no tuvo una postura unánime, ni siquiera afín, en torno a algunos asuntos clave (por ejemplo, la colonización americana, el tratamiento de la pobreza o el concepto de precio justo).
La Escuela de Salamanca tenía unos claros límites ideológicos e institucionales que le impidieron adquirir un carácter plenamente moderno o, menos aún, revolucionario. Recordemos que en 1522 la Inquisición estableció el estatuto de limpieza de sangre en las universidades castellanas (expulsados ya los judíos y conversos a la fuerza los moriscos), vigiló a los heterodoxos (llegó incluso a castigar aquí a Ignacio de Loyola y a fray Luis de León) y vetó o expurgó muchas obras, entre ellas las de Copérnico, Galileo, Descartes o Newton. Ente los más de 2.200 libros que pronto tuvo su “Índice de libros prohibidos” estaban La Celestina, el Lazarillo o el Cantar de los Cantares en castellano; incluso el Quijote vio cercenada alguna frase. ¿»Modernidad»?
Por ello, del mismo modo que los principios comuneros disputan a la Escuela de Salamanca ese carácter de modernidad, al menos en lo que a la política se refiere, no cabe, ni mucho menos, hablar de ‘libertad de conciencia’ respecto a ella. Precisamente los días anteriores a la batalla de Villalar Carlos V tuvo que ausentarse y acudir a Alemania para presidir la dieta de Worms, donde se esperaba que Lutero se retractara de sus postulados. No fue así y Lutero hubiera acabado en la hoguera de no haber sido protegido por los príncipes alemanes. Lutero defendía el libre examen; en cambio en España, expulsados los judíos y convertidos a la fuerza los moriscos, la Inquisición persiguió a muerte a los judaizantes y a los luteranos, pero también prohibió a los erasmistas, que profesaban un cristianismo más interiorizado y tolerante. Por no hablar del ‘requerimiento’, que también salió de un autor adscrito a la ‘escuela’. ¿»Libertad de conciencia»?
Así pues, quizá hubiera merecido una mayor atención memorial de las instituciones el V centenario de los comuneros. Pero ya se sabe que, si la memoria personal es selectiva, se convierte en casi arbitraria cuando se trata de algo oficial. Unas cosas se olvidan, otras se celebran dos veces, como el VIII centenario de la USAL, y otras no pierden nunca actualidad, como la memoria de cierto rector (y no me refiero al actual). Con todo, no conviene contraponer a los comuneros con la numerosa y brillante pléyade de la escuela salmantina, sino ver a unos y otros como parte de un amplio movimiento de apertura social y cultural muy avanzado, quizá demasiado, para su época.




















