El Ayuntamiento de Ciudad Rodrigo y el consejero de Cultural Sr. Santonja están de enhorabuena: Fernando Arrabal ha decidido por fin legar su patrimonio artístico al Ayuntamiento mirobrigense, que lo albergará en el Palacio de los Águila. Allí se creará un Museo del Surrealismo, según declaró el mismo Arrabal el año pasado, cuando acudió a recoger el premio de las letras de Castilla y León; un centro que, según él, será más importante que «la MoMA» (sic) de Nueva York, el Pompidou de París o el museo de Dalí en Figueras, y que hará de Ciudad Rodrigo «la capital cultural del mundo».
Yo recogí aquí hace un año la idea de ese legado y estaba convencido de que pronto se haría realidad. Desde luego, Ciudad Rodrigo se lo merece, pues le ha prodigado gestos de reconocimiento en las últimas décadas, como lo hizo también el Ayuntamiento de Morille en 2009, cuando enterró en el «Cementerio del arte» de la localidad un libro de poemas y dibujos de Arrabal dedicados al filósofo Spinoza.
Algún mal pensado debió de pensar entonces que él iba a enterrar también toda su obra, que hace tiempo está olvidada, al menos para el público español. Sin duda es algo injusto, como lo es el hecho de que sea recordado más por sus esperpénticas apariciones en la tele. Pero en buena medida paga así su desmedido afán de publicidad y exhibicionismo impúdico. Arrabal lleva demasiado tiempo encarnando la pose del surrealista exiliado y genialoide, siempre dispuesto a salir disfrazado ante los focos para hacer el payaso y soltar alguna boutade (alguna «parida», vaya). Un papel de «exiliado profesional» que, de un modo más discreto, representó también Juan Goytisolo, así mismo merecedor de un mayor recuerdo y estima literaria.
Arrabal vive en París desde hace casi 70 años y su casa es un auténtico museo, que recuerda bastante el torreón de Ramón Gómez de la Serna en Madrid. (Por cierto, evocado Ramón, es inevitable señalar que él fue en España el prototipo de este género de artistas y escritores desaforados, siempre propensos a salir a escena para llamar la atención con sus atuendos, visajes y frases lapidarias. Recuerdo a Giménez Caballero con sus gafas de rombo, el paraguas rojo de Azorín, los foulards de Umbral o la persona entera de Dalí).
La casa de Ramón estaba literalmente llena de cachivaches de todo tipo, incluso en las techumbres. Fotos, estampas, espejos y cuadros en las paredes; un esqueleto colgado en una esquina, un maniquí femenino de tamaño natural en el sofá, mesas cubiertas de pisapapeles, pipas, estilográficas, mapas-mundi, et cetera. Buena parte de ello fue a parar a un museo. Y algo así se veía en la casa de Arrabal cuando la abrió para una tele: una mesa con relojes a distinta hora, librotes viejos, obras de Picasso, Miró, Dalí, Magritte, Botero… pero quizá lo más impresionante es un enorme garrote vil, donde sujetó a la reportera entre grititos.
Me pregunto de dónde lo habrá sacado, pues está completo. En las cárceles españolas donde se usaba estará, si se conserva, solo la silla, pues el tórculo o manivela posterior que rompe las cervicales lo llevaba el verdugo desde su casa en un maletín (como se ve en la película de Berlanga). No me cuesta mucho concebir el imaginario con el que asocia Arrabal el lúgubre artefacto, teniendo en cuenta sus antecedentes paternos. Y puedo decir que a mi también me recuerda algo: la cárcel Modelo de Barcelona, donde se ejecutó a Salvador Puig Antich en 1974. No llegué a verle cuando estuve allí, pues estaba en otra galería y yo lo ignoraba. Me enteré después de ello, como de que fue la última ejecución mediante garrote vil en España y en el mundo.
Así que, si este letal artefacto acaba en el Museo del Surrealismo de Ciudad Rodrigo (un fantástico complemento del no menos surrealista Museo del Orinal), servirá para el conocimiento de algunos aspectos sombríos de nuestra historia no demasiado lejanos.
TVE le dedicó un Impresdindibles, aquí.




















1 comentario en «El garrote vil de Fernando Arrabal»
Artefacto que no tiene nada de sub-real, por cierto.