Jesús Málaga

La mancebía

El ayuntamiento de finales del siglo XV aprobó unas ordenanzas higiénico-sanitarias en las que, entre otras cosas, se prohibía a las pupilas de la mancebía yacer con hombres cuando estuvieran menstruando. A estas medidas preventivas se les unían otras de tipo religioso, la mancebía cerraba sus puertas durante la cuaresma, la Semana Santa y la Semana de Pascua. Para evitar toda tentación durante el tiempo de cierre de la casa pública, las prostitutas, acompañadas por el Padre Putas, se trasladaban a una residencia propiedad del municipio, en el cercano pueblo de Tejares. Las ordenanzas municipales fueron aprobadas definitivamente por el Rey Felipe II, siguiendo el modelo de las casas de lenocinio de Sevilla.

Una protituta le roba la cartera a un joven. Lámina del siglo XVI.

La mancebía, que estuvo abierta durante más de cien años, estaba situada junto al Puente Romano, en el Arrabal de la margen izquierda del Tormes. Era un edificio ciego hacia el exterior, con un claustro al que se abrían las dependencias o celdas de las inquilinas a las que se les daba diariamente los jergones y la ropa de cama que precisaban para sus menesteres.

Al mando del prostíbulo estaba el Padre Putas, que hacía de cobrador y abría la mancebía al anochecer tocando una campana. Discretamente, los usuarios se acercaban para pernoctar con las mujeres que llevaban como distintivo mantillas amarillas cortas y sayas largas parduzcas terminadas en picos, de ahí el dicho castellano, vigente hoy día, “ir de picos pardos”. De madrugada, un padre franciscano oficiaba una misa para las mujeres públicas en la capilla de la mancebía y, a continuación, antes de que la ciudad despertase, se cerraba la casa. Estudiantes, ganaderos y hortelanos, entre otros, podían así, sin escándalo alguno, retirarse a sus aposentos, y las prostitutas a sus casas, ubicadas, generalmente, en los alrededores de la mancebía.

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