Dicen los ecologistas que hay que tener a los gatos en los pueblos enclaustrados en casa, tal y como estuvimos nosotros durante el covid, porque están exterminando fauna silvestre protegida. Hablan de cifras muy altas, especialmente de reptiles y aves que mueren atacados por ellos, algo que choca con el parecer de los animalistas, que creen que eso vulnera el derecho de libertad de sus amadas mascotas, que no podrían ni salir al jardín.
Ecologistas y animalistas -que no son lo mismo-: los primeros defienden el equilibrio del ecosistema y los segundos, los derechos de los animales, dos visiones que a veces entran en conflicto, como en este caso.
Yo también soy ecologista, pero un ecologista con un profundo respeto por el conocimiento de nuestros antepasados, aquellos de los que hemos heredado una tierra bien conservada -y dudo que dejemos igual a los que vienen detrás- y de los que todavía tenemos mucho que aprender.
Mi abuela nació en la primera década del siglo XX. En la aldea del Campo Charro donde tenía su casa, en el corral había un gato desnutrido, esquelético; se le veían las costillas. Aunque me daba mucha pena, me tenía prohibido darle de comer. Decía el conocimiento popular que, si le dabas de comer, no cazaba ratones, y tiene bastante lógica: seguro que el Friskys que comía mi ‘Micho’ en la ciudad estaba más rico que un ratón o un insecto.
Ella no entendía que tuviéramos un gato en el piso si allí no había ratones. Y es normal, pues el gato no se convirtió realmente en mascota hasta el siglo XIX, cuando comenzaron los concursos de razas entre la burguesía -de burgo, ciudad-. Así pasó de ser un animal utilizado para controlar plagas a convertirse en animal de compañía.
El caso es que mi abuela seguía usándolo como controlador de plagas, principalmente para evitar que los roedores entraran en el granero, y era súper efectivo. Menudos espectáculos de Tom y Jerry -pero en vivo, en directo y en carne y hueso- veía yo de niño en aquel corral.
Por su edad, usaba técnicas de otra época; hacía las cosas como siempre se habían hecho. El resto del pueblo usaba veneno.
Recuerdo que, cuando mi padre me llevaba en coche a ver a la abuela allá por los años 80, el parabrisas del Renault 12 quedaba estampado de insectos aplastados. Hoy haces el mismo trayecto y el parabrisas queda impoluto; no hay insectos por donde pasó el coche. Serán los pesticidas. Y si no hay insectos… ¿qué comerán los pájaros y los reptiles? ¿No le estaremos buscando los tres pies al gato?
Cuando nos dicen que algunos productos fitosanitarios son inocuos, tengo la sensación de que nos están dando gato por liebre. Pero los fabricantes de esos productos tienen buenos bufetes de abogados y grandes agencias de comunicación; los michinos, no.
También ocurre que la burguesía dejó el burgo y se fue a vivir al bucólico e idealizado campo. Gracias a su poder adquisitivo construyeron lujosas urbanizaciones en parques naturales y reservas de la biosfera.
Los pueblos siempre tuvieron como fuente económica la agricultura o la ganadería; las nuevas poblaciones viven del turismo o de las pensiones de jubilados ingleses. Quizá sea ahí donde el gato no deba estar. Un animal impacta en el ecosistema o vive en equilibrio con él , dependiendo de cómo encaje en ese entorno. El ecosistema del pueblo agrícola tradicional español atraía suficientes ratones e insectos a pajares y graneros para que el gato se hartase y no tuviera que cazar un lagarto ocelado.
Volviendo a la sabiduría ancestral de mi difunta abuela: ¿para qué tienen gatos en esas urbanizaciones, pululando por las calles, si no tienen ratones que les coman el pan?
No hay que plantear la cuestión como una elección radical: o gato encerrado permanentemente, o gato campando libremente sin control.
Quizá, como señaló Aristóteles, la virtud esté en el punto medio: una ley para que el gato esté encerrado o no según el municipio y el entorno en el que se encuentre





















