Aventuras de una fumadora y su médico

¿Cómo es el ‘mono’ de un fumador?

Este no es un blog de autoayuda al uso. Tampoco es un texto de consejos médicos. Ni siquiera es una conversación entre médico y paciente. Son, por encima de otras cosas, las reflexiones personales de una fumadora impenitente de cigarrillos, Lira Félix Baz, y de un médico, Miguel Barrueco, que trata de ayudar a los fumadores a dejar el tabaco como jefe de la Unidad de Tabaquismo del hospital Clínico de Salamanca.

 Siempre hay un momento en el que un fumador quiere dejar el tabaco. Aprovéchalo, porque es como los trenes… (21º Post)

 

El segundo día me encontré un poco más nerviosa de lo habitual, pero nada alarmante. Además, me esforcé en que las personas que me rodeaban, en especial mi pareja, no sufrieran mi malestar. Pero sí es cierto que mi cuerpo comenzaba a reaccionar, aunque todavía no de forma punzante. Mi mente estaba alerta y preparada, por lo que por ahora lograba contener a Endriago en su madriguera.

El tercer día lo que más note fueron los bostezos constantes. No podía dejar de abrir la boca. Mientras trabajaba, mientras tomaba un café, mientras hablaba… Era un acto inconsciente. Lo anoté en el libro y pensé -seguro que Miguel me dará una explicación científica sobre los bostezos.

Otro síntoma que percibí en mi cuerpo fue el estreñimiento. No iba al servicio. Me encontraba hinchada. Esa sensación de malestar corporal, unido a que la mente estaba cada vez más cansada de sostener los ataques de Endriago me hacía preguntarme por qué tienes que pasar por ello, con lo sencillo que es bajar las escaleras, acercarte al kiosco y comprar un paquete de tabaco. Con ese simple gesto se acaba todo.

Es sólo un instante. Me decía a mi misma y lo que es mejor, era muy consciente de ello. Por una sencilla razón, era la séptima vez que lo dejaba.

Precisamente en este momento es cuando comienza la verdadera batalla. Qué en muchas ocasiones es terrible. Endrigao se despierta rugiendo. Te asustas. Gritas. Arañas. Mueves los brazos con fuerza. Intentas huir. Miras a todos los lados con ojos asustados. Buscas con desesperación un lugar donde esconderte. Quieres saltar, correr, pero tus piernas parecen paralizadas.

Tiemblas de pavor. Sudas. Se te erizan el vello. Te muerdes los labios. Te rascas la cara, los brazos, las manos, las piernas. Son miles de hormigas las que corren por tu cuerpo. Vuelves a asustarte. De nuevo intentas gritar. Correr. Huir, en una palabra. No puedes contenerte y en realidad no te has movido del sitio. No has hecho nada, porque lo que te ha parecido una eternidad, algo así como la guerra de los cien años, queridos compañeros de batalla, no ha durado más de unos segundos. Eso sí, son los más duros que se pueden vivir.

Esa ficticia y dura contienda, que no se la deseo ni a mi peor enemigo, porque consume, agota y desequilibra, incluso las mentes de los más sesudos pensadores, donde las balas silban por doquier, encima de tu cabeza, rozándote brazos o piernas, porque realmente sientes como roza tu piel, o pasa a escasos centímetros de ti. Y cuando menos te lo esperas, Endriago saca a la artillería pesada y son los torpedos o quizá los misiles los que atacan tu refugio y las trincheras parece que ceden.

Pues todo este despliegue de armamento, de violencia, de crueldad, de intensidad… Todo este ruido incesante de guerra, toda esta inseguridad y miedo, que bien podría ser la primera escena de le película Salvar al soldado Ryan o El día más largo, basadas ambas en La batalla de Normandía, de la Segunda Guerra Mundial, o Apocalypse Now, de Coppola, sobre la guerra del Vietnam. Y siguiendo con este director y escenas sumamente violentas, como las que se pueden recordar de la saga de El Padrino. Y otro tipo de violencia, en este caso la sexual que retrata Roman Polansky en Repulsion, donde Catherine Denueve pasa un autentico calvario entre alucinaciones y violaciones imaginarias. Pues al igual que en el cine, donde estas secuencias duran un tiempo determinado. Más o menos largo. Más o menos violento. Más o menos orquestado. La lucha con Endriago no pasa de los diez segundos. De verdad, o quizá menos. Y el maldito monstruo vuelve tranquilamente a dormitar en su madriguera, como si allí no hubiera pasado nada.

No puedo por menos de sincerarme y decir que son interminables. Son los diez segundos más largos de mi vida. Si logras superarlos, si logras contener a Endriago, si no cedes ante sus alaridos, si te muestras firme, se te olvida que tienes ganas de fumar.

Haz la prueba y cuenta hasta diez. Es un suspiro. Pues es lo que dura la batalla, que no la guerra. Eso es otra cosa. Napoleón dijo: Abandonarse al dolor sin resistir, suicidarse para sustraerse de él, es abandonar el campo de batalla sin haber luchado.

Luchemos entonces.

Continuará…

Este blog está protegido por los derechos de autor. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este texto. (SA-79-12)



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Un comentario

  1. A mí me parece que debo tener un endriaguillo personal, pues los primeros síntomas, bostezo, estreñimiento, sudor frío, los tengo a veces. ¡Bastantes!. ¡Y no fumo!
    Ahora bien, sentir los segundos síntomas, a eso no he llegado y no sé si sin fumar se llega a ello. ¡Se debe pasar muy mal!
    No conocía la magnífica frase de Napoleón. Pienso aplicarla en toda mala ocasión.
    Un abrazo

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