Opinión

El cine

collageMis sobrinos Joaquín y María José me han regalado un libro con grabados de edificios madrileños que ya no existen, con alguna explicación histórica. Varios están dedicados a locales de cine con fachadas modernistas.
Entre esos grabados hay uno dedicado al Cine de la Flor, que ha destapado el baúl de mis recuerdos… Cerca de él estaba el Alhambra y algo más allá la plaza del Dos de Mayo, donde aquel día heroico estuvo el Parque de Artillería de Monteleón, gloria de Daoiz y Velarde. Pero de eso os hablaré otro día…

El Alhambra era un local de los hoy llamados «de barrio», de los muchos que había en aquel Madrid de mis años infantiles y mozos. El de la Flor era de los más económicos, junto con el Doré, que estaba adosado al Mercado de Antón Martín y que es el más antiguo de la capital y no sé si de España –creo que hoy lo han restaurado y en él se asienta la Filmoteca Nacional. Casi todos los demás han sido barridos por el tiempo y la especulación. Eran de «sesión continua», con dos películas que cambiaban semanalmente. Algunos abrían a las 10 de la mañana.

El cine era la principal distracción en todos los niveles, infantil, juvenil, familiar, de novios…: barata y que te hacía olvidar los problemas cotidianos del hacer diario. O que te permitía una intimidad con tu amor. ¡Cuántos noviazgos se iniciaron entre sus penumbrosas paredes! ¡O se rompieron!

En el Cine Alhambra me ocurrió lo que os voy a contar. Estaba con mi compañero de bachillerato Jorge Sánchez Cela –hoy brillante meteorólogo, que ya se habrá jubilado. Una de las películas era «El misterio de otro mundo», bastante mala. Como ya la habíamos visto nos entretuvimos tirando pelotillas de papel con una goma elástica, que se iluminaban al entrar en la proyección. ¡Gamberradillas juveniles! ¿Qué creíais, que yo no las hacía? En esto estábamos cuando nos alumbró una linterna: ¡el acomodador! – «¡Ya tenía yo ganas de pillaros!»– dijo. Nos cogió del brazo –no de la oreja, que era lo que nos merecíamos– y nos echó del local. No pasó nada más, pero creo que la vergüenza que pasé me hizo no incurrir más en tonterías de ese tipo.

Pero, ¡qué os voy a contar! Ya me imagino que todos, todos, habréis vivido una parte importante de vuestra vida en aquellos cines de barrio que había por todas las ciudades y pueblos. Un sentimiento reflejado magistralmente en aquella «Cinema Paradiso».

Llegados mi mujer y yo a Salamanca continuamos con nuestra pasión cinéfila en aquellos locales charros, de los que no queda ninguno (Taramona, Bretón, Victoria, España, Llorente, Coliseum…)

Todos hemos hecho nuestra clasificación de películas que más nos gustaron, y que fuimos cambiando conforme crecíamos. De niño, mi favorita fue «Robín de los Bosques»; en el colegio, cuando nos preguntaban que qué les habíamos pedido a los Reyes Magos, muchos compañeritos confesaban que un arco, un gorro, un traje, un cinturón, de aquel mítico personaje interpretado por Errol Flynn. Jugaba con mis amigos Felipe y Jesús a batirme con un palo, o con la mano, imitando lo que pasaba en «La espía de Castilla»... Mi imaginación se desbordaba con el encartonado Victor Mature, en «Sansón y Dalila»… Y nos reíamos con Bob Hope en «Rostro Pálido»…

Después vinieron «El prisionero de Zenda» y «Scaramouche», ambas con Steward Granger. Y más tarde, ya en mi adolescencia, las esculturales piernas de Cyd Charisse en «Melodías de Broadway 1955» y la inolvidable «Cantando bajo la lluvia», que nunca, nunca, me canso de ver.

Y, en todo momento, las imágenes imborrables de Walt Disney en «Los tres caballeros», «Pinocho» y «Dumbo». «Fantasía» significó para mí, y para todos mis amigos, el despertar al maravilloso mundo de la música clásica.

¡Cuántos recuerdos! Otros niños hacían colección de cromos. Yo también, pero mi afición era el cine y leía con aplicación las críticas en el «ABC», que firmaba Donald. Con él aprendí lo que era bueno y lo que no tanto.

¿Qué película es la que me dejó mejor recuerdo? Es difícil juzgarlo. Cada cual tiene sus favoritas. ¿Cuál es la mejor de la historia del Cine? De vez en cuando se hacen listas, en cuya clasificación no todos coincidimos: están las de Chaplin: «La quimera del oro», «Luces de la ciudad», o «Lo que el viento se llevó», «Doctor Zhivago», «La hija de Ryan», películas en las que la interpretación y el argumento sobrepasan los efectos –como debe ser, digo yo. Y hablando de argumentos, ¿lo habéis visto más ingenioso que el de «Ser o no ser», de Lubitsch? ¡Eso sí que era CINE!

Podría estar horas y horas hablando del Séptimo Arte, pero por hoy ya está bien. ¡Sentaos y recordad vuestro tiempo en aquellas acogedoras salas donde cogíais de la mano a vuestro amor, o simplemente, os inhibíais de toda preocupación!


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5 comentarios

  1. Querido Emiliano,

    Un acierto hablar de cine en un dia lluvioso como el de hoy. A mi me gustaba ir al cine de cuando en cuando pero nunca he sido muy, muy aficionado. En parte porque viviendo en un medio rural, no urbano como el que tu describes, creo que siempre prefería si era posible estar al aire libre.

    Un abrazo y mis mejores deseos para el 2016.

    Hasta pronto,

    Emilio

    1. Muchas gracias,, tocayoide. Me parece muy bien, pero hablar de cine se puede hacer cualquier día, haga el tiempo que haga. Cualquier tertulia se animaría si se propusiese, p.e., hablar de actrices (si la tertulia es sólo para hombres). ¿Quién sería declarada más guapa? ¿Ava o Marilyn, o…? Da pie para muchas cosas.
      Un abrazo
      Emiliano

  2. Gracias Emiliano por este viaje\recuerdob al cine de juventud. A los asientod de madera del cine Paris en Riaño y la alucinacion del cinemascope en ben-hur o los diez mandamientos…

    Cine…cine…cine
    Fuerte abrazo

    1. ¡Ya sabía yo que os iba a impactar si recordabais vuestros cines!. El Séptimo Arte da pie para muchas cosas que se me están ocurriendo. Pero es tan personal el tema, que no sé si atreverme…
      Un abrazo
      Emiliano

  3. Interesante recorrido por películas y vivencias. Me quedo con algunos títulos para verlos en cuanto pueda. Gracias. Un abrazo

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