Opinión

Los del rodillazo

Os acordáis de aquel maravilloso dibujo del gran Mingote, en el que Velázquez aparece diciendo algo así como “Hay días en que no se le ocurre a uno nada”, mientras las Meninas, Infantas, enanos y perro entran corriendo en el taller del pintor? Fue portada de su periódico y dio, merecidísimamente, la vuelta al mundo.

Algo parecido me pasa a mí hoy. Pero cogeré el pincel, digo el bolígrafo, y ¡algo me saldrá…!

Y hurgando en el baúl de los recuerdos me vienen a la memoria mis compañeros “del rodillazo”.

¿Qué es eso? ¿Quiénes son “los del rodillazo”?

Pues veréis. Cuando llegué a Salamanca era un pobre profesor adjunto de Universidad que servía –servíamos—para sustituir al catedrático cuando éste tenía otra cosa que hacer que dar su clase o enfermaba. Y –eso sí—para encargarnos de las prácticas de la asignatura. Se daban en un aula gigantesca en el desaparecido Tito Blanco, en la trasera del Palacio de Anaya. Y en muchas ocasiones, al mismo tiempo y en el mismo lugar, las de Química, Física y Geología. ¡Y salían bien!El sueldo era muy exiguo; apenas suficiente para pagar el alquiler de la vivienda. Así que había que buscarse la vida como cada uno pudiera; generalmente nos apañábamos con becas.

Con Antonio Arribas mejoró algo la situación. Se consiguió que por cada clase extra nos diesen un dinerillo. ¡Algo es algo!

Poco a poco, con el andar de los años, se fueron arreglando las cosas, hasta que –¡por fin!– llegó al Ministerio José Luis Villar Palasí. Me imagino que, como todos los que ocuparon antes y después tan elevado cargo, tendría sus más y sus menos –¡como todo el mundo!—pero nosotros, los entonces docentes universitarios de medio paño, lo tenemos en un altar, porque a él se debe la creación del cuerpo de profesores adjuntos de Universidad. ¡Se acabaron los contratos por cuatro años, con el consiguiente peligro –si al “jefe” se le antojaba así—de “irnos a la calle”! ¡Y se acabó el no tener Seguridad Social! ¡¡Bendito sea aquel ministro!!

[pull_quote_left]A los que allí juramos se nos llamó “los del rodillazo”, no sé si despectivamente o con envidia. ¡A mucha honra! ¡Qué piña más fuerte formábamos! ¡Cómo nos preocupábamos unos de otros![/pull_quote_left]Y allá nos vimos, el 31 de marzo de 1973, en el Teatro Real de Madrid, mil y pico profesores adjuntos de toda España, sin familiares (no cabían en el recinto), con la toga y el birrete, que alguien nos dejó, prestando el juramento de acatamiento al caudillo y a las leyes fundamentales del movimiento. El número 1 del nuevo cuerpo hizo el juramento completo. Los demás, simplemente, nos arrodillamos, y puesta la mano en la Biblia, decíamos “juro”. Más de uno tuvo que repetirlo por no hablar con voz clara y potente. Allí estaba el ministro, los rectores magníficos de todas las universidades –eran menos abundantes que ahora—pero no el Príncipe de España, al que todos esperábamos, pero no pudo asistir. Julio Rodríguez Villanueva nos acompañó en tan festiva ocasión.

A los que allí juramos se nos llamó “los del rodillazo”, no sé si despectivamente o con envidia. ¡A mucha honra!

¡Qué piña más fuerte formábamos! ¡Cómo nos preocupábamos unos de otros! ¡Qué gran recuerdo de todos ellos! Os voy a hablar de uno de nosotros: de Jesús Seco, que siempre tuvo como máximo honor – más que ser catedrático—haber sido profesor adjunto de Física.

Siempre tuve problemas con mis ojos. ¿Recordáis cuando llevaba yo aquellas gafas tan gruesas? Hacia 1987 yo estaba casi ciego. Hacía ya mucho que no éramos oficialmente profesores adjuntos, sino titulares. Un día, al salir yo de clase, él me vio (yo apenas le veía) con cara preocupada y me preguntó la causa. “Me podían operar –le dije–, pero… ¿cómo pagar la costosa operación?

Y él me contestó –“No te preocupes más, Emiliano, y alegra esa cara, que yo les hablaré a los adjuntos y entre todos pagaremos tu operación”.

Así. Así era Jesús Seco Santos, profesor adjunto de Física de la Universidad de Salamanca. Uno de “los del rodillazo”.

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