Cosas de la vida

La escuela de los 60 y sus anécdotas

 

José Hidalgo García, alumno de la escuela de Las Veguillas, cuenta cómo eran en la década de los sesenta ir al colegio

 

José Hidalgo García nos cómo era ir a la escuela, en Las Veguillas en los años 60. «Era un edificio amplio dentro de un entorno natural lleno de pájaros, árboles, donde había frutales y varios chopos altos por el centro, un gran campo de deportes y un pluviómetro que por entonces instalaron en una esquina para medir las precipitaciones».

Había dos entradas anchas con muros de ladrillo frente a cada escuela y una oficina que el secretario Ricardo utilizaba.
También existían inconvenientes; igual que casi todas las escuelas. «No tenía calefacción y en los días más fríos de invierno había que dejar el abrigo encima o alguna vez utilizar una braserilla que colocábamos bajo el pupitre».

En los pupitres había un tintero de china blanco para escribir, hasta que llegaron los conocidos “BIC” .

«Utilizábamos un sólo libro, la famosa Enciclopedia Álvarez que contenía todas la asignaturas y cuyas últimas ediciones eran en color», recuerda José Hidalgo García.

Sus queridos maestros eran don Eugenio y doña Bernarda, «grandes personas de los que aprendimos muchas cosas».

Acostumbraba don Eugenio, con cierta frecuencia a escribir una carta a su entonces novia, y que luego les pedía llevar al buzón de correos. «Un día fui a llevar la carta personalmente y frente a la iglesia, junto a la fila de casas adosadas había un regato entonces sin alcantarillar, por el que en época de lluvias corría el agua rápidamente. En un descuido la carta cayó al agua y empezó a deslizarse regato abajo».

El se precipitó unos metros detrás de ella para evitar que entrara en la zona alcantarillada, cerca de la tienda del señor Matías, «y conseguí recuperarla. Pero aquí empezó el problema».

Al contacto con el agua la tinta se había extendido y la dirección aparecía muy borrosa. El dilema era qué hacer con la carta ya que casi era ilegible. Finalmente para cumplir el mandato y resolver el conflicto decidió enviarla; atravesó la plaza y fue a casa del señor César “el Correo” y la eché en el buzón del portalillo de su casa.

«Nunca supe si la carta en cuestión llegó a su destino o no. Intuía que sí porque no se me preguntó por ella posteriormente, y lógicamente, por mi parte no di explicación de los avatares de aquella carta desde que fue escrita hasta llegar al buzón».


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