Iberosuchus. Dibujo de Mauricio Antón, sobre indicaciones de Francisco Javier Ortega.
Iberosuchus. Dibujo de Mauricio Antón, sobre indicaciones de Francisco Javier Ortega.
Quién se imagina nuestro paisaje tan cambiado? Con tupidas e impenetrables selvas tropicales, ríos caudalosos, lluvias cerradas y  extraños animales pululando de acá para allá.Pues así era esto hace 40 millones de años. Nos lo dicen los fósiles que en estas tierras se han encontrado.Trasladémonos mentalmente a ese remotísimo  pasado, no como suele hacerse, imaginando un paisaje amplio, a vista de pájaro. Si nos ceñimos a un punto concreto, Villamayor, y nos subimos a un alto árbol –como si fuéramos uno de aquellos monitos de entonces—veríamos un estrecho valle alargado, flanqueado al oeste por fragosas colinas y al este por un acantilado vertical. Desde su borde contemplaríamos un ancho río ondulante de achocolatadas aguas y, oreándose en sus estrechas playas, numerosos cocodrilos y racimos de tortugas.En un claro de la selva ramonean unas achaparradas bestias de diverso volumen, todas con cuerpo rechoncho y cortas patas. Y de pronto, la bucólica paz de la escena se rompe, al salir de la tupida floresta unos horrorosos diablos, corriendo como locos tras los empavorecidos herbívoros.Si pudiésemos enfocar con poderosa vista aguileña veríamos que estos satánicos predadores, corredores a dos patas, saltan al lomo de sus presas y muerden con gigantesca boca su cuello.Pronto cesa la algarabía. En el calvero sólo quedan los matadores desgarrando su pitanza y, rodeándoles, otros diablos más pequeños, intentando apañar algo. No tardan en llegar los gigantes carroñeros, pesados y torpes, rugiendo y reclamando aquello a lo que creen tener derecho, no por su velocidad, sino por su fuerza y peso... Y se suceden las luchas por la comida, horribles combates  entre estas extrañas criaturas, de cuerpo lleno de picos, bocas espantosas, garras afiladas, rugidos horrísonos, sangre por todas partes, muerte...

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¿Lo habéis percibido, a través de mi mente y de mis ojos?  Pues no es producto de mi imaginación, sino de mi experiencia. Las cosas debieron pasar, más o menos, así hace 40 millones de años.
Iberosuchus fue el último cocodrilo terrestre de la historia del planeta. Fue barrido por la competencia de los Carnívoros y otros mamíferos predadores, cuando estos llegaron con los cambios climáticos y geográficos, hace unos 30 ó 35 millones de años
Los que aquí he llamado diablos fueron unos terribles cocodrilos corredores que Miguel Telles Antunes llamó Iberosuchus macrodon, de los que corporalmente se han dado algunas interpretaciones. La mía es algo diferente a la que magistralmente ha plasmado el artista Mauricio Antón siguiendo instrucciones de Francisco Javier Ortega. En mi opinión corrían sobre las dos patas traseras y su cola era gruesa y corta.Lo más destacado, lo que sirvió para saber que aquí había algo diferente, es su dentadura. Sus dientes, reptilianos, poseen dos carenas de pequeñísimos dentículos, a modo de cuchillos-sierra. Son exactamente iguales a los del gran Tiranosaurio, pero de un tamaño diez veces menor. Sus ojos son estereoscópicos, no periscópicos, y su nariz está delante, no sobre la tabla craneal.Iberosuchus fue el último cocodrilo terrestre de la historia del planeta. Fue barrido por la competencia de los Carnívoros y otros mamíferos predadores, cuando estos llegaron con los cambios climáticos y geográficos, hace unos 30 ó 35 millones de años.Pero... ¿de verdad vivió este superpredador en Villamayor? Pues sí. Precisamente de aquí es el mayor diente de Iberosuchus  que se ha encontrado, de una longitud de 6 cm. ¿Cuánto mediría, de pie, este portento? Quizá 4 metros. Fue entregado por Enrique de Sena a la arqueóloga Socorro López Plaza y ella me lo pasó a mí. Puede verse en las vitrinas de cocodrilos de la Sala de las Tortugas de la Universidad de Salamanca.Otro día hablaré más de este “risueño” reptil. Y del otro cocodrilo villamayorense, el Diplocynodon tormis. Éste sí era de río, como Dios manda hoy, pero no ayer; y, ¡cómo no!, del ejemplar que tenía el gran tamborilero Medes y otras historias. Pero eso... será otro día.

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Sobre el autor

Emiliano Jiménez

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