Opinión

Mi chispa

Me preguntan algunos lectores que de donde saco esa “chispa” para escribir. La respuesta  es muy sencilla: ¡es que yo soy chispero! ¡Chispero de San José!

Me explicaré. Yo nací en Madrid. ¡Sí! Ya sé que me creíais y me consideráis salmantino, pero nací en la calle de Augusto Figueroa 29, en la misma casa que Enrique Jardiel Poncela y donde se hospedó Wenceslao Fernández Flórez. Fui  bautizado en la iglesia de San José, en la calle de Alcalá, muy cerquita de La Cibeles.

Fui a mi primer colegio a los cuatro añitos y dos después a otro situado en un primer piso de la calle Belén, esquina a la Real Calle del Barquillo.

Aquel bendito colegio, muy pequeñín, acogía a los niños de la Escolanía de San José, a la que yo pertenecí.

¡Vaya sorpresa! ¡A qué sí! ¡Emiliano cantando la Misa Mayor todos los domingos en San José! Pues así fue hasta que cumplí 10 años.

Después la vida separó a aquellos felices párvulos, viviendo cada cual como Dios lo quiso. Algunos fuimos camaradas de adolescencia y juventud, pero ninguno compartió sus estudios conmigo, ni en el Instituto ni en la Universidad. Después me “salmantinicé” y en esta querida tierra charra tuve a mis hijos y a mis nietos. Con aquellos niños de San José mantuve con los años escasa relación, casi siempre telefónica.

Pasó mucho tiempo y un día me enteré de que algunos se reunían cada tres meses en un restaurante de mi viejo y querido barrio natal. Sin familiares. Sólo ellos.

[pull_quote_left]Buscad a vuestros compañeros de infancia y que forméis un grupo estable, con reuniones gastronómicas periódicas. Sin golferías; disfrutando sanamente de aquella limpia amistad de vuestra niñez. ¡Olvidad, por una vez, a la familia! ¡Hacedlo! ¡Me lo vais a agradecer![/pull_quote_left]Y allí me presente. ¡Qué sorpresa y qué alegría! No era la típica comida de colegas o de compañeros de estudios o de trabajo, en sus bodas de tal o cual metal. No se trataba de provocar la envidia de los demás. ¡No! Era una antigua amistad, la más antigua de nuestras vidas, sin reproches y sin alardes. Con nuestros recuerdos de las barrabasadas infantiles y de los castigos corporales que nos daba nuestro querido Maestro, que no nos producían ningún traumatismo psicológico. Con nuestras alegrías y alguna penilla. Con el recuerdo de nuestros primeros bailes “guatequiles” con aquellas chicas –¿qué habrá sido de ellas?—y nuestros celillos de entonces. Con el continuo ¿Te acuerdas de…?

En aquella mi primera comida con ellos pregunté “Bueno… ¿y cómo nos llamamos?”.

“¡Yo, Pepe! ¡Yo, Jesús! –contestaron riendo algunos.

“No, hombre, quiero decir en grupo”

Y uno dijo espontáneamente “LOS CHISPEROS DE SAN JOSÉ

¿Habéis oído hablar de los chisperos? Son los madrileños castizos de mi barrio natal, cuyo eje es la Real Calle del Barquillo. Se llamaban así porque eran del lugar donde estaban las fraguas y herrerías, de las que salían las chispas que les dieron nombre. Los chisperos, junto a los manolos y los majos –y muchas de sus mujeres—, se cubrieron de honor un 2 de mayo, eternizando su glorioso nombre.

La vida me obligó a dejar de ir a aquellas comidas trimestrales. Pero igual que se reza por los que se fueron, todos lo hacen también por mí para que Dios me ayude. ¡Amigos míos del alma!

Bueno, pues ya sabéis quienes son los CHISPEROS DE SAN JOSÉ. Yo tengo a orgullo ser uno de ellos. Poca gente tiene ese privilegio. ¡Ay, cada vez menos!

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Pero no sería yo quien soy si no sacase una moraleja de todo esto que yo llamo “mis ocurrencias”. La de hoy es que busquéis a vuestros compañeros de infancia y que forméis un grupo estable, con reuniones gastronómicas periódicas. Sin golferías; disfrutando sanamente de aquella limpia amistad de vuestra niñez. ¡Olvidad, por una vez, a la familia! ¡Hacedlo! ¡Me lo vais a agradecer!

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