Opinión

La Papisa

 

– ¿Así que estudió usted en Roma?

– Pues sí. Dos años. Estando allí ocurrió aquello tan tremendo. ¡Pero eso ya se lo contaré en otra ocasión…! Fueron aconteceres muy intensos… De conocimientos, emociones y sorpresas… Pero sigamos con nuestros relatos que dejamos ayer…

– Sí. Sí. Me dijo algo de una historia, de la que quería ver unas notas que tomó…

– Bueno. Más que una historia habría que decir que es una extraña leyenda. ¿Oyó usted hablar de la Papisa…?

– ¿La Papisa? Sé que es una carta del tarot, pero poco más… ¿Acaso es un personaje real?

– Pues verá… En Roma me contaron una vieja conseja que se centra allá por el siglo IX. Una dama, Juana de nombre, de origen inglés, aunque viuda en Atenas –no me explico cómo se recalcan esos detalles y no otros más importantes–, se desplazó a la Urbe, donde, ocultando su condición femenina, fue ascendiendo en los cargos oficiales de la Iglesia, llegando, según la leyenda, a ser elegida Papa, es decir, Papisa. Según unos ocupó la Sede dos años; según otros, murió de parto el día de su consagración.

1– ¡No me diga! ¿Y eso es verdad?

– ¡Por supuesto que se trata de una leyenda, inventada dos siglos después! Pero hay ciertos detalles chocantes, que la Iglesia no se ha preocupado nunca en desmentir…, y que se fueron trasmitiendo de generación en generación…

– ¿Y no será que lo dejaron correr como prueba de la impureza de la mujer para ejercer puestos eclesiásticos?

– Es posible. El caso es que la leyenda de la Papisa Juana se respaldó sobre varios hechos muy curiosos…

– ¿Por ejemplo…?

– Pues mire. Antiguamente las ceremonias de consagración de los Papas eran mucho más complejas que hoy. Había unos actos en la Colina Vaticana, pero los principales se celebraban en San Juan de Letrán. Después se organizaba una solemne procesión hasta el Coliseo; curiosamente, pudiendo ir en línea recta por la Vía San Giovanni, al llegar a San Clemente se desviaba a la derecha por la Vía Labicana. En ese punto, a la izquierda, hay un callejón con una vieja capilla, donde dice la tradición que la Papisa dio a luz un niño, muriendo del sobreparto, y que por eso al callejón lo llaman con su nombre. Y se dice que por el espanto que provocó tal suceso se desvió desde entonces la procesión de su camino más lógico, como queriendo alejarse del lugar donde se consumó tan sacrílego acto.

– ¿Y qué pasó con dicha procesión? Porque ahora no recuerdo haber oído que se haga…

– No. Hace siglos que se suprimió. Creo que desde el XV o el XVI. Pero existe documentación, claro. Desde entonces se efectúa todo en el Vaticano.

2_duos-habet-et-bene-pendentes– De todos modos no veo muy claro el hecho de que porque se desvíe una procesión se origine una leyenda tan tremenda. Porque realmente pudo ser por otro motivo menos truculento. ¿Noo?

– Bueno. Es que hay más cosas. Pude leer algunos de aquellos documentos en que se relata el antiguo ritual y es muy curioso. Son escritos del siglo XIV y comienzos del XV y coinciden en que en Letrán, el nuevo Papa era conducido hasta el sitial, llamado «estercolar», para recordarle que ha salido del barro y la basura (en latín stercus). Desde allí arrojaba monedas al pueblo, y marchaba a continuación al palacio de Constantino, muy cerca, a cuya entrada se colocaba una silla curul, en la que se había de sentar para indicar que desde allí podía impartir justicia. Luego subía a la planta del palacio, donde tenía que hacer no recuerdo qué, y seguía una visita al Santuario de San Silvestre, donde había dos sillas gemelas, de pórfido en una pieza y –esto es lo más interesante– que tienen el asiento perforado.

– ¿Perforadoo?

– Sí. Sí. Yo he visto una de ellas en el Museo Vaticano. Fueron famosísimas. Creo que la otra la expolió el mismísimo Napoleón, y está en París. Tienen, efectivamente un orificio central y una gruesa ranura hacia delante, y en ellas se ejecutaba una de las partes más importantes del ceremonial. Estando el Papa sentado en una, se le entregaban las llaves y el báculo de San Pedro; en la otra, la faja roja con las doce piedras colgantes

– ¿Y para qué eran los orificios?

– Parece lógico pensar que eran en principio unas «sillas de alivio». ¿Noo? Pero la verdad es que eran «parteras» y que estaban con el tesoro imperial regalado a los Papas, creo que por Constantino. Sin ningún objetivo concreto, sino como parte del mobiliario. ¿Desde cuándo se usaron ceremonialmente? No se sabe. ¿Por qué se emplearon para la entronización? Tampoco; aunque dicen que fue originalmente para indicar el carácter maternal de la Iglesia en cada nuevo pontificado, a modo de parto. Sea como sea, los dichosos orificios dieron origen, o alimentaron, a la leyenda de la Papisa.

– ¡Pues qué! ¿Acaso parió allí?

– No. No. Dicen que servía para otra ceremonia, la de «verificación», que no figura escrita en los textos que yo leí. En ella, el menor de los diáconos presentes se situaba detrás de una de las sillas y, estando sentado el futuro nuevo Papa, metía la mano por debajo y comprobaba que tenía…, bueno…, eso. Y levantándose a continuación decía la frase tradicional: «Habet duas et bene pendentes«.

– Pero ¿es posible…?

– Ya le he dicho que no hay una certificación escrita sobre ninguna coronación en que tal hecho sucediese, pero durante más de cuatro siglos la leyenda circuló por Roma. Hay un libro antipapista, no me acuerdo de quien, en el que figura un dibujo alusivo. Quizás fuese el motivo final por el que se suprimiese tan recargado ceremonial. Pero ningún documento vaticano habla del porqué con exactitud.

2b– ¿Y usted qué piensa de todo ello?

– ¿Yo? ¡Bueno!. Pues que debió de haber alguna época en que muchos cargos de la Iglesia fueron ocupados por personas, digamos…, ambiguas. Ya sabe que durante siglos, en Bizancio, los principales empleos públicos eran ocupados por castrados o eunucos, que eran incluso sacrificados y educados para poder ejercerlos sin el temor del nepotismo. ¡Y parece que funcionó muy bien el sistema! Pero en Roma era otra cosa. Puede que alguno de estos personajes fuese una mujer, que para ser lo que quería, ocultaba su sexo; quizás muchas. Esto debió provocar innumerables comentarios en la sociedad romana. ¡Y más aún entre el pueblo, siempre propenso a chistear a la autoridad!

«Nunca se sabrá si alguno de estos personajes, éste ya no equívoco, dio a luz públicamente o no, pero quizás del hecho, o de alguna difamación o chascarrillo, o Dios sabe cómo, nació la leyenda, alimentada por los dichosos tronos agujereados. Eso es lo que yo pienso.

– Pues parece raro que la Iglesia no haya querido «desmitificar» la leyenda. ¿Noo?

– Me imagino que lo habrá intentado por todos los medios. En estos tiempos de ataques a las instituciones eclesiásticas, en que se están inventando tantas fábulas, desmitificaciones y exageraciones, no me sorprendería que se volviese a usar esta leyenda para intentar desprestigiar una vez más al Papado.

– Pues yo creo que esta fábula es una patraña tan absurda que caería por su propio peso. Pero en fin ¡ya veremos qué pasa!

– Mañana le contaré otra leyenda ¿De acuerdo?

-¡De acuerdo!


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2 comentarios

  1. Querido Emiliano. Ameno el diálogo y muy interesante la leyenda. la iglesia de San Pedro tiene muchos siglos a su espalda, muchas invenciones e intrigas alimentadas por siglos y por intenciones.
    Gracias de nuevo por esta columna del lunes que refresca, entretiene e ilustra
    Un abrazo,
    David

    1. De nada, David. Voy a intentar explicar cosas de Geología y Paleontología a base de diálogos. ¡Veremos que tal me queda!
      Un abrazo

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